“En comparación con lo que deberíamos ser, estamos apenas medio despiertos. Apenas estamos usando una pequeña parte de nuestros recursos físicos y mentales. El ser humano vive de lejos dentro de sus límites”. William James.

Suele decirse que la felicidad no es una meta, sino un camino. De la misma manera, florecer como personas y alcanzar nuestra plenitud es ante todo un proceso en el que morimos a una forma de ser y abrazamos una nueva forma de ser y estar en la vida.

Solo cuando el humilde gusano que se arrastra muere a una forma de ser, se transforma en la esbelta mariposa que se eleva. Si no sabemos cómo volvernos mejores, va a ser difícil que podamos recorrer esta senda que va descubriendo poco a poco, la mejor versión de nosotros mismos.

Aflorar lo más sutil y a la vez más grandioso que hay dentro de cada uno de nosotros es una gesta propia de aquellas personas que han alcanzado la determinación necesaria como para hacerse inasequibles al desaliento. Es la fuerza del carácter la que hace que nos levantemos después de cada caída con un ánimo renovado. Winston Churchill nos recordaba que el éxito no era otra cosa que ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. Por eso podemos afirmar que jamás fracasaremos si tenemos la suficiente determinación por triunfar. Si queremos pasar de una forma de ser a otra distinta, hay que encontrar un verdadero motivo, una auténtica palanca emocional que nos ayude en este tránsito vital.

Hay muchas personas que cuando piensan o dicen “yo soy así”, se están encadenando a una forma de ser, a una forma de pensar, de sentir y de actuar. Hoy sabemos que nuestros genes se activan y desactivan de manera constante, dependiendo en gran medida de nuestro entorno, de las experiencias vividas, de nuestra forma de imaginar, de pensar y de sentir. Solo quien cree que ni su razón ni su voluntad pueden jugar un papel tan importante a la hora de determinar su destino, puede bloquear este tránsito de una forma de ser a otra diferente. En este caso, es la ficción del no poder, del no ser capaz, la que se impone a la realidad del verdadero poder, de la auténtica capacidad. Si nuestro destino es la grandeza, nadie está predestinado a la mediocridad, salvo que así lo elija. Es entonces esta elección personal, y no su naturaleza biológica, la que le está predestinando a estancarse en una determinada forma de ser que le reduce y le limita sus posibilidades en la vida. Hoy, cada vez parece más claro que somos y que también nos hacemos.

Resulta siempre mucho más fácil abandonar el tránsito hacia la grandeza incluso antes de que den el pistoletazo de salida. Por eso, solemos prestar oídos sordos cuando aquellas personas que han llevado a cabo gestas extraordinarias se definen a sí mismas como personas ordinarias con una determinación extraordinaria. Tendemos a pensar que estas personas o son muy modestas, o sencillamente nos quieren animar para que no nos resignemos a pertenecer a una especie de seres humanos mucho más limitada. Estoy convencido de que, cuando Santiago Ramón y Cajal ganó el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1906 y comentó que lo había conseguido no por ser ningún genio, sino por su determinación y su paciencia incombustibles, nadie le creyó. Aunque la realidad se presente ante nosotros de una manera incuestionable, nosotros tendremos a filtrar los datos para que lo que percibamos se ajuste a lo que creemos, y no a lo que es. Cualquier persona que aspire a tener una vida lograda, pienso que haría bien en recordar las palabras de Agustín de Hipona: “Nunca verás si primero no crees”.


 HABILIDADES / TALENTO

Mario Alonso Puig, @MarioAlonsoPuig

Artículo publicado en Executive Excellence nº100 feb13

 

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