Kant nos llama al mayor de los atrevimientos: ‘Atrévete a pensar’. Los jefes siempre nos piden que pensemos…, pero dentro de un orden. ¿De verdad queremos gente arriesgada? ¿Con criterio propio, con ideas innovadoras, participativa, dispuesta a correr riesgos, que aporte propuestas en un contexto de intereses legítimos pero diferentes, que actualice permanentemente sus conocimientos…?

Si es así, les animo a que lo hagan con recato, porque como detecten que lo hacen permanentemente, la vida les va a resultar un poco difícil. No está claro que siempre hayamos preferido personas con iniciativa, dispuestas a movilizar, a reclamar, a generar espacios de decisión compartida...

A veces pedimos que los centros universitarios preparen personas con este cariz, y no simplemente sumisos y asentados empleados. Llamamos discreción a lo que es docilidad, pero en un sistema tan competitivo como el actual, se precisa ser capaz de abrir espacios y de proponer tareas. Todos tenemos que ser más valientes. Hay que elegir entre el temor y el amor. 

“Atrévete a pensar” significa ponerse permanentemente en juego, decir de una manera poética y hacer coincidir lo que uno dice con lo que dice uno, su palabra y su obrar. Para hacer esto, el poeta Meister señala que eso sería casi hablar como los pájaros, donde el sonido y el sentido coinciden, pero nosotros emitimos sonidos que no tienen ese sentido, sino que tienen otro sentido que lo que decimos. El buen líder es el que dice y se dice haciendo coincidir lo que dice con lo que él se dice, de tal manera que su verdadero decir es su forma de vivir. Esa es nuestra verdadera palabra.

Como somos científicos y pertenecemos a la modernidad, tenemos miedo a no tener salud. Descartes, el padre de la modernidad, tenía muy mala salud, tanto que prácticamente no le dejaban hacer ejercicio en el colegio y le mandaban mientras tanto a la biblioteca. Luego se dedicó a viajar por todo el mundo, confiando en que el viaje, la relación con otros pueblos, el salir de uno mismo, iba a procurarle verdaderamente la gran experiencia del vivir, pero un día se dio cuenta de que cuando se iba muy lejos, al llegar estaba él. Así que decidió leer más, porque la lectura es como viajar, como un itinerario. El verdadero viaje es la experiencia del vivir.

¿Qué es lo que tiene que permanecer para que algo cambie? Porque si cambia todo, no cambia nada, dado que nada permanece; y solo hay cambio si algo permanece, como Heráclito y Parménides nos dijeron. ¿Qué es lo que tienen en común quienes defienden lo que deviene con respecto a quienes defienden lo que permanece? Que lo que permanece es el devenir. Entender esto supone entender ese fragmento de Heráclito: “Cambiando, descansa”. 

Esta idea pone en cuestión la gran preocupación de Descartes, que creyó que pensar era asegurar, era garantizar, era solo tener por verdadero aquello en lo que no había duda, aquello que es incontestable. Pensar es, a su juicio, ofrecer garantías. Creo que en esto somos muy cartesianos, muy convencionales, y tenemos muchísimo miedo. Somos burgueses atemorizados, pero les animo a que dudemos un poco más. 

El hombre moderno es el que duda en la resolución y tras la resolución. Es más, solo sabe que se ha equivocado después de haber decidido. Por lo tanto, la duda no es metodológica sino metódica, es decir, que la duda metódica forma parte del ser humano. Se trata de ver en qué lugar ponemos a la duda en nuestro modo de vivir y comportarnos, porque vivimos en un espacio de incertidumbres, nos desenvolvemos en un mundo donde cada vez es mayor el campo de la deliberación, nos movemos en los ámbitos de lo discutible.

¿Cómo se zanjan las cosas discutibles? El gran pensador Perelman, autor de El tratado de la argumentación, distingue al respecto el proceder de los abogados del de los filósofos. Estos últimos conversan durante mucho tiempo, y cuando han terminado de hablar se van. Los juristas también hablan durante mucho rato, solo que antes de irse tienen que tomar una decisión. Él dice, ‘no se imaginan lo diferente que se habla si se sabe que al acabar nos vamos, a si se sabe que al acabar vamos a tomar una decisión’. Esta es una distinción decisiva, la que hay entre la argumentación y la demostración.

En la demostración, a través una serie de premisas, uno llega a una conclusión. La argumentación consiste en que, mediante un conjunto de buenas razones, uno no llega a una conclusión, sino que accede al espacio en el que es necesario adoptar una decisión. Es decir, en la demostración hay conclusión, y en la argumentación se exige una resolución. 

¿Por qué es trágica la decisión? Por varias razones, una, porque es inevitable decidir. Gobernar, liderar, vivir es decidir y es preferir. No digo que no se haga basándose en buenas razones, pero nada elude la tragedia de la decisión. 

Una situación es trágica cuando, además de que es inevitable decidir, decidas lo que decidas te equivocas al menos un poco, y, además solo ves el error después de haberlo decidido. Si el error se ve antes de decidir, si se puede decidir o no y si da la impresión de que, puestos a decidir, ves con claridad y de antemano las consecuencias de lo que has decidido, eso no es tragedia para los griegos. Puede que sea para nosotros un melodrama, pero no una tragedia.

La tragedia de la decisión es el saber que uno en la vida debe adoptar decisiones y asumir las consecuencias, sabiendo que esas decisiones no siempre zanjarán la cuestión, sino que abrirán nuevas problematicidades. 

Les deseo que nunca se vean en la tesitura de tener que tomar una decisión de una vez por todas. Dicho de otra manera, es casi mejor practicar el suicidio cada día que suicidarse de una vez. Esta práctica se parece bastante a la necesidad de los grecolatinos de vivir cada día como si fuera el último, vivir cada instante como irrepetible. Hacer que los días tengan el sabor de las jornadas, de las estaciones del año, de la vida, permitiría que al acabar el día se pueda decir con alegría, como Séneca, “hoy he vivido”. En verdad, solo se vive cuando se tiene la posibilidad de decidir.

La grandeza de uno es también la grandeza de sus decisiones. En toda vida, incluso la más sencilla y modesta, se generan espacios de decisiones determinantes para uno mismo y para los otros. Esto significa que se requiere deseo y voluntad, que la determinación se basa en el deseo y la voluntad, y estos no pueden ser un catálogo de antojos, sino un modo de responder a los principios, las convicciones y los valores que uno tiene. 

La tragedia se combate, y en cierto modo se sobrelleva, generando espacios de decisión compartida, porque es mejor equivocarse con otros que acertar solo, es mejor perder con otros que incluso ganar solo, porque nada une más a los demás que luchar con ellos por algo. El amor consiste en este tipo de relación, no en el amor vacuo, sino en el amor que, como dice Platón, consiste en el movimiento que lleva a dos juntos en una dirección, no un movimiento que lleva del uno al otro, sino que lleva a ambos en la dirección de algo otro.

Asumir la responsabilidad es dar respuesta y sobrellevar las consecuencias de la decisión. A veces hace falta que alguien diga, en algún lugar, “he sido yo”. Asumir las consecuencias de nuestros actos es la máxima expresión del liderazgo.

Vivimos en un país en el que hay mucha gente experta en lo que tienen que hacer los demás, incluso en procurar un cambio global de todo lo que no les incluye. Por eso,  les pido implicación y participación como formas de liderazgo. Eso significa correr riesgos con, y no poner en riesgo a los demás; ponerse al lado dispuestos a jugar su suerte con ellos. Esto no quiere decir dejar de ser sensatos y mesurados, ni tampoco intensos ni apasionados.

La mesura no es el simple término medio, ni medianía ni mediocridad, no es lo que resulta de las adiciones, sino que la mesura es el espacio de la potenciación de cualquiera de los extremos. La mesura es mucho más intensa, más apasionada, más radical y más eficiente que los extremismos. 

La seguridad que algunos proponen es la seguridad de una cierta no acción, que consiste en la proliferación de actividades. La seguridad convive muy bien con el aburrimiento, que además de contagioso es hasta cierto punto muy grato, al menos gratificante, sino nos asienta en lo tópicos. El aburrimiento no es un estado de ánimo, sino el puro durar de lo igual, que todo sea igual, que todo dé igual. 

Pero si nos da igual, nunca encontraremos divertimento en nada. Divertirse es diversificarse, y diversificarse es llegar a ser en cierto modo otro. Quien persigue el divertimento enfermizamente, pero nunca es diferente, le ocurre que nunca puede ser diverso, diversificado y divertido. Los que defienden que no pase nada, logran que no pase nada de nada. Cuando no les pasa nada, se les pasa todo, incluso la vida. Están deseando que acabe el día, el mes, el año… A ver si por fin están acabados. Es muy distinto ser una persona íntegra que acabada, porque la persona íntegra no está nunca acabada.

La persona íntegra es aquella que es capaz de estar a la altura de su propio decir, y que no vive en la falsedad de decir una cosa y vivir otra. Una persona en la que la verdad consiste en la coincidencia entre lo que dice y lo que hace. Si encuentran a alguien así, pónganse a su lado, porque les hará crecer.

De niño, creía que la mentira era decir lo contrario de lo que uno piensa, y sufría mucho, porque como no sabía muy bien lo que pensaba, creía que siempre estaba mintiendo; pero la mentira es, sobre todo, vivir lo contrario de lo que uno dice. Hacer el movimiento de elegir y de decidir es muy importante en el atrevimiento que les sugiero. No se aprende a nadar leyendo solo libros de natación, sino que hay que hacer el movimiento de arrojarse al agua. Si uno no hace el movimiento de la decisión, del arrojo, del atrevimiento, de la valentía, nunca aprenderá a nadar.

Necesitamos tener la audacia, el valor y el coraje de poner algo en valía, de hacer valer, de sobreponernos por encima de las realidades. La verdadera audacia es la audacia de crear. Creer que uno se las sabe todas es ser incapaz de aprender, y esa incapacidad de aprender me dice que el mayor error es no errar. 

No errar es permanecer anclado y atado a lo que uno sabe y vive, es olvidar que la errancia es siempre búsqueda y pensamiento. El máximo error es el miedo, el temor a errar, el eludir los aspectos enigmáticos de nuestra existencia.

Cuando a uno le dan “ataques de realismo”, baja sus ambiciones, sus pretensiones, sus exigencias, sus evidencias. Se va achantando, en nombre de un malentendido y supuesto realismo, y se enclaustra en el principio pragmático de aferrarse a lo que es más útil y rentable para la vida. Poco a poco va siendo eso que denominamos una persona sensata, madura, de bien…, insoportable. Porque no pasa de ser en efecto una denominación. Esta voluntad va minando hasta el punto de temer las ideas, de aburrirle las reflexiones, de que toda disensión le parezca una pérdida de tiempo, porque tiene prisa, y la prisa es el otro nombre del miedo. 

Hay que hacer las cosas poco a poco, pero inmediatamente. Esto nos lleva a que, como Heidegger ha dicho, la esencia de la verdad es la libertad y el error es negarse a la propia libertad. Es no recrearse permanentemente. Es creer que uno ya es así y no hay nada que hacer. Es pensar que lo que uno es no tiene nada que ver con lo que uno hace. Es olvidar que el verdadero ser de uno es su obrar. Hay una relación entre nuestro ser y nuestro obrar. Esto significa que el máximo error no consiste en equivocarse, sino en no saber equivocarse, o dicho de otra manera, el máximo error es no saber.

Los manuales de tiro con arco japonés, el Kyudo, explican que, en realidad, la flecha siempre da en el blanco, el problema es que el blanco no siempre está donde va la fecha. Esto nos enseña que no debemos confundir nuestros proyectos y nuestras estrategias con nuestras intenciones; no debemos confundir nuestra voluntad con nuestra intención, nuestro deseo con el querer algo. Habrá que pensar seriamente qué desear, cuál es la verdad del deseo.

Desiderare significa liberarse de lo dicho, lo hecho y lo dado. Conviene tener en cuenta los deseos para saber que a veces podemos cambiar la ley y no cambiar la realidad. 

Saber que los demás desean es tan importante como temer los deseos de uno, porque donde está el deseo está el peligro. Fíjense en los ojos de aquellos con quienes trabajan porque están todo el rato deseando no solo algo, sino deseando desear. Ser líder es ser capaz de proponer, provocar e incitar el deseo de algo otro. Pero desiderare, desear, es también la misma palabra que desastre. Como dice Heidegger, ‘donde está el peligro, está también lo que salva’. Sin este deseo, todas las decisiones no pasan de ser meras argumentaciones concebidas como ocurrencias. 

Líder no es el que dice sígueme, sino el que dice ven conmigo, más al lado que al frente. Y desde ahí es un aliciente, un acicate, un estímulo. No es el que dice “hazlo como yo”, sino “hazlo conmigo”. Líder es el que es capaz de estimular, de proponer caminos que no están obsesionados por el afán de seguridad, sino caminos con un horizonte de justicia. Vivimos en un mundo donde se ha puesto la justicia al servicio de la seguridad que, considero, hay que entender como un bien común. Quien no está preso de la seguridad, dice Eduardo Galeano, está preso a padecer de miedo. Unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen.

El riesgo es consustancial al pensamiento y a la vida. Lleven en su corazón la última palabra de El Quijote, que es la palabra “vale”, que quiere decir tener el valor de valer por sí mismo. Que seas valiente, que estés a la altura de tu propio valer, que seas capaz de desarrollar tu propia valía y creer en tu propio valer como forma suprema de valentía.

Necesitamos ese ‘vale’ de El Quijote para enfrentar a los peritos en desanimar, a quienes todo lo llenan de prevenciones, precauciones e informaciones; grandes asesores y expertos en consultas que se presentan como imprescindibles, previniéndonos siempre del salto al agua, diciéndonos que es un salto peligroso. Frente a estos, les digo que hay que saltar sin ostentación, lo cual significa saltar siendo lo que uno buenamente ha aprendido a saltar; saltar con decencia, que es saber los límites de uno mismo. Si uno no conoce sus propios límites acabará siendo esclavo de los límites del otro. 

La verdadera desmesura está en ignorar los límites propios, y acabar actuando según un determinado valor y poniendo en cuestión un cierto concepto de pragmatismo que preconiza una inutilidad del trabajo. Les animo a que no se olviden de reivindicar algunas actividades inútiles. Quienes únicamente hacen lo que es inmediatamente rentable, inmediatamente útil, piensan que hay que tener solo el conocimiento que sea inmediatamente aplicable, y hablan de la sobrecualificación. 

La sobrecualificación tiene que ver con la empleabilidad y el mercado de trabajo, pero tener sobrecualificación sería equivalente a tener exceso de salud, por no ser toda inmediatamente aplicable. Nunca la cualificación es un exceso. La cultura, el cuidado y el cultivo de uno mismo están vinculados a la plena realización de lo que uno mismo puede ser. Lean el libro de La utilidad de lo inútil, de Ordine. No hay que confundir el sentido de algo con su utilidad. No todo lo que se propone con apariencia de inútil no tiene sentido. 

Saber escuchar el sentido de lo que alguien presenta pareciendo inútil es también una gran suerte del liderazgo. El liderazgo de quien escucha no solo lo que otro dice, sino lo que al otro le hace decir; el liderazgo de quien escucha no solo lo que el otro dice sino lo que otro busca, persigue, necesita; el liderazgo de la anticipación en la escucha al decir de los demás, es el liderazgo de quien es capaz de hacer madurar y fructificar incluso la palabra del otro. 

Esta energía y determinación es la energía y determinación de la coherencia, de ser insistente, persistente y resistente. Permanentemente nos equivocamos, consistimos en equivocarnos, pero se trata de discernir hasta qué punto necesitamos equivocarnos y hasta qué punto no sabemos. La inteligencia es el arte de saber lo que desconocemos. El que no sabe lo que desconoce es una persona poco inteligente. Conforme más va creciendo nuestro conocimiento, más va incrementando el campo del desconocimiento. Cuanto más sabe uno, más sabe lo que no sabe. Si decrece el conocer, se ilumina el campo del desconocimiento. Así que los que más saben son también los que más desconocen. Los que no desconocen nada, no saben nada.

No les estoy pidiendo que busquen ni procuren el error, porque quien lo hace es que lo considera una verdad. Insistir en el error es convertirlo en nuestro relato, y entonces el error seríamos nosotros mismos. No siempre el error es del todo identificable, salvo que sea un error de calidad, que se identifica con un resultado.

Dos palabras inquietantes: éxito y fracaso. Me da miedo quienes viven para fracasar o para tener éxito. Ni el éxito, ni los honores ni los poderes, ni las riquezas pueden ser el sentido de una vida. El éxito es un don, una entrega de algunos hechos, un efecto del funcionamiento de algunos comportamientos. 

Fracasar no es perder, fracasar es no saber perder, fracasar es no saber valorar la pérdida. El mayor error es la desconsideración de nuestros fracasos. Solo desde los errores y los fracasos se narra el relato de algún éxito posible, solo se crece cuando algo no va bien, y siempre algo no va bien. El verdadero error es no aprender con él.

Pensamos y hablamos porque no nos gusta lo que pasa, trabajamos porque no nos gusta lo que ocurre, vivimos porque siempre hay algo que no acaba de coincidir con lo que efectivamente deseamos. El día que coincida absolutamente lo que ocurre con lo que deseamos estaremos acabados. Será un fin antes de todo final”.


Las declaraciones anteriores fueron pronunciadas en la sede en Madrid de Gas Natural Fenosa, que acogió la presentación de los trabajos de fin de curso de los alumnos de la 4ª edición del programa “Transformational Leadership”, del ICLD (International Center for Leadership Development) de la Fundación CEDE.

Tras la exposición, el profesor Ángel Gabilondo, que tres meses antes –durante la realización del curso celebrado en la Universidad Corporativa de Gas Natural Fenosa en Puente Nuevo (Ávila)– había compartido con ellos sus reflexiones sobre “Filosofía del liderazgo”, fue el responsable de la conferencia de clausura.


Ángel Gabilondo, catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid. Ministro de Educación (abril 2009-diciembre 2011).

Publicado en Executive Excellence nº109 feb14

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