“Hoy lo razonable es desenvolverse en el terreno de la confrontación (“no es posible, no es viable, no hay nada que hacer, no tenemos tiempo, no tenemos recursos…”). Me pregunto si es posible un pensamiento afirmativo.

Marco Aurelio decía que no vagabundeemos más, que muchas veces hemos vivido en una suerte de ignorancia sin darnos cuenta, pero que tenemos que aprender a vivir nuestra propia vida. Marco Aurelio no era solo un filósofo, sino un hombre muy ejecutivo, puesto en campañas y en la acción. Por lo tanto, conviene considerar sus pensamientos. 

Hay algo de adolescente en todos nosotros. La adolescencia consiste en creer que uno es víctima, que los otros tienen la culpa, que nadie me comprende... Dicen que esto pasa en torno a los 15 años, pero tengo mis dudas. Todos somos un poco quejumbrosos y quejicosos. Vivimos en el mundo de la lamentación, que no es lo mismo que ser crítico. Una cosa es tener espíritu reivindicativo, pero ese permanente quejar es infecundo, no nos engañemos. Incluso, a algunos les ha llevado a pensar que eso es ser realista, ser exigente y ser una persona con criterio (“Si tendrá criterio, que no está de acuerdo”, dicen). 

Se entiende que estar de acuerdo es una rendición, una claudicación, una falta de personalidad. Así que, si ustedes quieren medrar, de vez en cuando digan “no” con firmeza. No se suele decir que no para hacer valer las propias razones, para reivindicar los derechos o para mostrar indignación ante la injusticia, sino que este tono lastimoso, lacrimógeno, quejumbroso, paralizante, auto justificativo nos lleva a que todos somos víctimas, pero nadie responsable. 

Tengo ganas de encontrarme con alguien capaz de equivocarse, capaz de culpabilidad, alguien que diga “he sido yo”. Asumamos alguna vez en la vida la responsabilidad de haber decidido algo y las consecuencias que se derivan de esa decisión.

Muchas veces llamamos culpable a quien simplemente es responsable, pero es necesario que alguien pueda ser culpable; si no, es que nunca pudo ser sujeto de una decisión imputable, es decir, nunca pudo ser autónomo y libre. Lo que me hace ilusión no es ser culpable, sino poder serlo. El líder puede ser culpable.

Algunos confunden la contundencia con el arrojo, la precipitación con la decisión, el arrebato con la imposición del valor, es decir, algunos confunden la valentía con el desparpajo. Igual que otros confunden el realismo con el pragmatismo tecnocrático poco fecundo. Esos son lo que yo llamo “gente avícola”, gente que, en todas las reuniones, dice “hay que ir al grano”. Mucho cuidado con aquello a lo que llamamos realismo, cuando es resignación, claudicación y asunción del estado de cosas, y por tanto imposibilidad de transformarlas y de generar una realidad distinta. 

Kant nos decía “atrévete a pensar”, atrévete a ser tú mismo, a decidir. Esto no significa no tener límites, sino establecer tus propios límites; de lo contrario, otro te los pondrá. Al que viene dispuesto a plantear algo con un cierto horizonte, al que tiene ideas, reflexiones, duda e incluso imagina, se le dice que es muy valioso, pero un soñador. Kant decía que hay algunos que tienen añoranza de una vida despreocupada. Yo no tengo ni idea de lo que es eso. Desengáñense, vamos a estar siempre fastidiados. Cuanto antes lo asumamos, mejor. 

Para Nietzsche, el fastidio es un estado de ánimo que obedece a unas causas eliminadas las cuales no se elimina el fastidio. Hay un no coincidir el uno consigo mismo, no estar uno nunca del todo a gusto, no ser uno del todo nunca el mismo, no ser contemporáneo ni de sí mismo; hay un fastidio constitutivo. Esta sensación de que la incomodidad en la que estamos no debe ser atribuida a otros significa también que el liderazgo es la interiorización de la propia limitación. Lo que nos convierte en patéticos no es tener límites, sino no ser conscientes de ellos. 

Les propongo que se quieran mucho; no digo gustarse mucho, sino quererse. La gente que no se quiere es peligrosa, al igual que la que se gusta mucho. Quererse es estar en proceso permanente de confirmación, de configuración, de ocuparse de sí mismo, de cuidarse, de crecer y de aprender. Quererse es saber que uno está dispuesto a dejarse decir algo. El líder empieza por saber, consciente de sus límites, qué necesita. Si uno no es capaz de investigar sus propias necesidades, sus propios deseos, sus propias limitaciones; si uno no es capaz de asumir la coyuntura en la cual es desafiado a ser alguien distinto de quien es, si no es capaz de transformarse a sí mismo, no va a transformar el lugar en el que está. Estamos rodeados de expertos en lo que deben hacer los demás. Me pregunto si el liderazgo consiste en ser experto de lo que tienen que hacer todos, sin incluirse uno en ese asunto. 

Conozco a muchos desanimadores, gente que crece contra los demás, a costa de los demás, pero incapaz de hacer crecer, de sacar lo mejor de uno mismo, de potenciar las cualidades de los demás, de aliviar también sus defectos y de hacer verdaderamente equipos. Es mejor perder con otros que ganar solo, es mejor jugarse algo con alguien, correr riesgos con alguien. Si encuentran seres a quienes todo les parece imposible, inadecuado, inviable… ¡Huyan de ellos!

Busquen la honradez con intensidad, con energía, con firmeza y con emoción. No piensen que siendo honrado es imposible tener éxito. Todos somos capaces de hacer crecer en nosotros algo bueno, y además se puede ejercitar. Por ejemplo, pueden ustedes hablar todos los días bien de alguien. Hegel decía que “el verdadero ser del hombre es su obrar”. Si uno tiene la generosidad de hablar bien de alguien cada día, acabará haciéndose identidad. Así como se puede ser buena gente y ser muy mal directivo, no conozco a ningún buen directivo que no sea buena gente.

Lo que los grecolatinos llamaban el cuidado y el cultivo de sí mismos no se expresaba en una interioridad o interiorización, sino en un modo de proceder: en la forma de andar, de vestir, de comer, en la higiene corporal, en las relaciones con otros, en las lecturas que hacían, en las meditaciones, en los lugares en los que se reunían… Esto incide en nuestra vida cotidiana de una forma tan radical que no significa hacer grandes heroicidades ni ayunos, sino tener un poco de cuidado. Un buen líder nunca es un descuidado.

Marco Aurelio dice que la percepción moral es pasar cada día como si fuera el último, que es lo mismo que decir que hay que vivir con mucha intensidad y pasión, pero en realidad esa intensidad y pasión la tiene que poner uno. Hay cosas que solo se tienen si se dan, como las gracias, el amor y el sentido de la vida. 

Las cosas tienen el sentido que nosotros le damos. Cuando damos sentido a un momento, nosotros también tenemos sentido. Hay personas que tienen tal intensidad, tal pasión, que viven cada momento tan dando sentido que nos dan sentido a todos. Hay otros que creen que aquello que tiene sentido es lo único que nos produce inmediatamente provecho.

Plutarco nos habla del arte de escuchar, de que hay que preparar las conferencias no solo que uno da sino a las que uno va. Dice que en el arte de escuchar está lo dispuesto a dejarse decir algo, no creyendo que uno lo sabe todo y mejor que los demás, pensando que no hay que elogiar. Hay gente que cree que elogiar es ordinario, y le pasa como con el dinero, que lo que da uno a otro parece que se lo quita a sí mismo. Yo no soy partidario de esta ontodinerología, es decir, de la percepción de que aquello que se da ya no lo tienes, sino que, en los asuntos importantes de la vida, exactamente aquello que se entrega solo lo tienes en el momento de darlo.

La capacidad de convencer está muy vinculada a la capacidad de argumentar, que no es lo mismo que demostrar. Demostrar significa establecer una serie de premisas de las cuales se deduce una conclusión. Hay gente que en las reuniones se pone muy demostrativa. Argumentar es proponer una serie de buenas razones a partir de las cuales se accede a un espacio que requiere una decisión, es decir, una resolución. Así como en la demostración se llega a una conclusión, en la argumentación no se llega a una conclusión, sino que se genera el espacio que requiere una decisión. Decidir es preferir, y gobernar es preferir, elegir y decidir. Quien no tiene capacidad de decidir, no puede gobernar. Cicerón dice que las grandes decisiones de la vida se hacen por la vía de la argumentación, nunca de la demostración. Él pone tres ejemplos de esas grandes decisiones: con quién viviré, a qué dedicaré mi vida, y me empeñaré o no en esta lucha, en esta batalla.

El espacio de la decisión es duro y difícil, aunque también se puede compartir y ser más o menos incluyente. Abrir este espacio de la resolución significa también la implicación en las consecuencias, y por tanto la mutua pertenencia a un desafío común. La argumentación convoca, tiene en cuenta al otro, como el buen líder. En castellano decimos “me gustan los que hablan de tú a tú”, pero esto solo se puede hacer si uno se pone en el lugar del otro desde el momento mismo en el que se pone a hablar. Entonces se pone como un tú para el otro. Esto, en el mundo clásico, se llamaba amar. Amar no era el movimiento del uno al otro, sino el movimiento que llevaba a ambos en la dirección de algo otro y, por tanto, tenía más que ver con empeñarse juntos en algo, con buscar algo juntos, con perseguir algo. El liderazgo es ponerse al lado a luchar con otro por algo, el líder se implica e implica. No es el liderazgo ejemplar, sino el emulado por, el que motiva. 

La palabra fundamental para que el liderazgo exista es mover, del latín movere, que tiene cuatro consideraciones: mover, motivar, movilizar y emocionar. Si no se consigue eso no hay mucho líder. Algunos se preocupan de las emociones, pero se asustan de ellas. Les parece que es inquietante, que detrás de algo que les ha emocionado hay una mentira. Sin embargo, sin afectos no hay conceptos.

Para ser líder hay que ser simpático, que no gracioso. No les recomiendo que sean graciosos, sino simplemente que tengan sentido del humor. El sentido del humor es la distancia de uno respecto de sí mismo, y es muy importante que uno sienta alguna distancia como para saber que no acaba de coincidir nunca consigo ni con lo que acaba de decir. Este sentido del humor, que significa también una percepción de que el pathos es compartido con otros, es el simpático, es el que sabe compartir, el que tiene una pasión común con el otro, una compasión. Tener un pathos común con alguien, ser capaz de escucharle, de sentir algo de lo que dice, caracteriza verdaderamente a un líder.

Hay que ser muy valiente. Tener valor es estar a la altura de la propia valía, no ser un osado ni un insensato. Ser valiente es estar a la altura del propio valer y hacerlo valer. El valiente es capaz de soportar y sobrellevar su propio miedo, porque el liderazgo es la gestión del miedo, empezando por el propio. La vertebración liberadora del temor implica un cierto pragmatismo. Ser pragmático no es ser utilitarista ni estar únicamente pensando en la rentabilidad inmediata. 

La educación no es un adiestramiento para la adquisición de conocimientos ni la preparación como alguien dócil para ser un amable empleado. La educación es la formación de ciudadanos activos y libres. Entendiendo esto así, es necesario estar muy al día, pero no confundir el presente con la actualidad. A veces estamos cegados por el afán de noticias y creemos que ser una persona de nuestro tiempo es estar permanentemente en la actualidad. El presente es lo que configura nuestro propio tiempo, hay ser capaz de comprenderlo y generosamente entregarse. 

El liderazgo es una relación, el líder es para nosotros no para uno mismo. Son los otros los que te hacen líder. Por eso, uno solo puede ser singularmente quien es, porque es irrepetible, insustituible e incomparable. Asumir esa singularidad y el derecho a desarrollar nuestras legítimas rarezas es muy importante. Ser raro significa derecho a la diferencia. Y en ese derecho, cada uno tiene también su propia palabra. 

Nuestra palabra es nuestra forma de vida. Tenemos que ser artesanos y artífices de la belleza, de nuestra forma de vivir y de decir. Aristóteles distingue a los animales de los hombres en la palabra. Los animales no son seres de palabra, tienen voz con la que expresan el gusto y el disgusto, pero solo los humanos tienen palabra para expresar lo justo y lo injusto. Tampoco hay que confundir el hablar con el decir. Hay gente que habla mucho y no dice nada. 

El buen líder procura salud social, su mera presencia articula y vertebra. La salud no es solo ausencia de enfermedad, sino que tiene mucho que ver con una vida armoniosa, gozosa, equilibrada y justa; tiene que ver con la capacidad de generar filias y espacios amigables. Necesitamos seres horizonte, seres de referencia que sean un estímulo.

Decía Kant que “el ser humano nunca es un medio, siempre es un fin”. Dar sentido humano a algo significa que nunca debemos utilizar a nadie como un medio. La humanidad no está formada por quienes estamos hoy en el mundo, sino también por quienes ya no están e incluso por quienes no están todavía. Por tanto, tenemos que ser generosos con el legado recibido y construir algo mejor a partir de eso, que en la visión de humanidad haya una proyección sostenible, una introducción del futuro en nuestras decisiones y una percepción de más largo alcance que el interés inmediato de aquello que es eficaz. El gran líder de una organización es el que introduce el futuro en las decisiones. 

Ser agraciado y agradecido con el pasado es una garantía de calidad de liderazgo. Esto no significa que no haya que ser innovador, transformador, generador de nuevas posibilidades, creador de otros mundos, pero a partir de la asunción de lo recibido. Desconfíen de quien dilapida el pasado.

Kant decía que la honradez es la mejor política; y algo más, que la honradez es mejor que la política. Yo digo que la mejor política es la honrada. Con esto quiero decir que la ética es la creación de condiciones y espacios de justicia y libertad. La ética no es una intuición interiorista, eso es la moral; la ética no es la moral. A veces vivimos en un país donde hay mucha moralina y poca ética. En una institución ética te ves llevado a un cierto comportamiento. El líder tiene curiosidad ética.

Curiosidad es ver si la vida puede ser de otra manera a como es, si podemos pensar de otro modo a como pensamos, si podemos ser otros a quienes somos. El líder sabe que no está acabado, completo, íntegro, sino en un proceso permanente de aprendizaje. El líder aprende siempre porque tiene la integridad y el coraje de hacerlo. 

Me gustaría despedirme saludándoles. Cuando les saludo al final es porque, después de haber hablado, ya creo que puedo decirles que les deseo mucha salud. Los revolucionarios franceses decían salud y fraternidad, que era la llamada a la generación de una sociedad donde poder vivir de tú a tú, fraternalmente, y no de arriba a abajo. Por eso, yo prefiero discutir a que me riñan, porque si discuto es de tú a tú, pero si me riñen es de arriba a abajo. Así que, si son líderes, discutan lo que haga falta, pero no riñan.


El catedrático de Metafísica Ángel Gabilondo formó parte del plantel de profesores del programa “Transformational Leadership”, del International Center for Leadership Development (ICLD), de la Fundación CEDE. Las palabras anteriores fueron pronunciadas en dicho Foro.

 Publicado en Executive Excellence nº112 mayo 2014

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