Estar con David Roberts es estar con un protagonista de biopic americana. Agente especial del Servicio de Inteligencia y oficial múltiples veces condecorado, pasó al sector privado (banca de inversión y M&A en Goldman Sachs) para luego volver al público. 

 

Como no podía ser de otra manera, por el camino se graduó en el MIT, con honores, en Computer Science, Inteligencia Artificial e Ingeniería Biocomputacional. Ha liderado trabajos en el desarrollo de sistemas de defensa complejos, algunos secretos, que incluyen satélites, drones y centros de fusión.

Es, como los grandes, MBA por Harvard. Tras volver al sector privado se transformó en un emprendedor impenitente recibiendo más de 100 millones de USD de Kleiner Perkins, Cisco, Oracle, Accenture… Es CEO de HaloDrop, una compañía revolucionaria en robótica, orientada a respuesta a accidentes y seguridad a través de drones; CEO de 1Qbit, la primera compañía mundial de software para Quantum Computers; consultor de Made-in-Space, responsable de las primeras impresiones en 3D en la estación espacial internacional. Sus startups han sido premiadas: Internet World’s Net Rising Stars, Red Herring (catch y top 100 private companies in the world), USA Today Tech Reviews Best Picks, Best of the web de PC world y Apple Computers Premier Systems Integrator Award. Ha sido portada de The Wall Street Journal, USA Today, Business Week, CNN, NY Times o Fortune. 

Los casos sobre su liderazgo, toma de decisiones o gestión empresarial se imparten en los campus de Harvard, Stanford o Berkeley. También VP de Singularity University, ha sido dos veces responsable de los programas de graduados.

Es considerado como el mayor experto mundial en tecnologías disruptivas, pero, además de su CV único, como ser humano destaca por su preocupación por la humanidad. Pausado, objetivo, empático y tremendamente paciente a la hora de explicar su visión, David Roberts nos aporta una perspectiva que abre camino a la esperanza en la lucha para conservar nuestro planeta. Con él estuvimos en la Fundación Rafael del Pino.

FEDERICO FERNÁNDEZ DE SANTOS: Bill Aulet nos exponía en el número anterior la visión del Instituto Tecnológico de Massachusetts, del cual ha formado parte, sobre emprendimiento y tecnologías disruptivas. En un mundo en continua aceleración de la innovación, ¿cuáles son los cambios a los que se enfrenta el entorno empresarial? ¿Qué ámbitos cambiarán radicalmente?

DAVID ROBERTS: El cambio depende del tiempo; no es lo mismo cinco que 20 años. Lo que sí sabemos hoy es que cada vez que una tecnología se convierte en una ciencia de la información, esta se desarrolla de forma exponencial. 

Hemos podido ser testigos de ello en ciertos entornos. Un buen ejemplo son los chips de ordenadores, que siguen la ley de Moore. Ray Kurtzweil, de Singularity University, demostró que el crecimiento exponencial existía, antes de la ley de Moore, en otros ámbitos como en transistores o tubos de rayos catódicos. También observó que no solo son los ordenadores y las redes los que crecen de esta manera. El análisis del ADN y la tecnología computacional que nos permite leerlo e imprimirlo también evolucionan exponencialmente. Si analizar el primer genoma costó 500 millones de dólares, hoy cuesta 800, un cambio abrumador. En breve, su coste será insignificante.

Evidentemente, las biotecnologías, la biología sintética o la bioinformática se están transformando en ciencias de la información y las veremos evolucionar de forma exponencial. Lo que sucedió con la industria del chip, lo viviremos en estas y otras áreas como la construcción a través de la impresión (impresión 3D), la nanotecnología o el software. Derivado de todo esto, podemos deducir que la inteligencia artificial y la robótica también sufrirán crecimientos exponenciales. 

Del mismo modo, algunos aspectos de la energía y sistemas medioambientales experimentarán, por obligación y necesidad, crecimientos increíbles. Las células solares están, de alguna manera, sujetas a ese incremento exponencial, si bien relacionado con el coste de generación (referido a qué rendimiento podemos obtener por 1.000 dólares), y no por la evolución de la eficiencia de las células. 

Campos como la medicina y la neurociencia, cuyo desarrollo se basa en el conocimiento y control del ADN, progresarán drásticamente. Andrew Hessel (Singularity University) explica que, “de la misma forma que elaboramos software para crear una aplicación para nuestro iPhone, seremos capaces de crear virus que ajuste el “software” de nuestro ADN. Sufrimos unas 30.000 enfermedades, y no me sorprendería que la mayoría de ellas se curasen a través de cambios en el ADN, haciendo del futuro algo increíble”. 

F.F.S.: El medio ambiente es uno de los grandes problemas de la humanidad. Hay quienes creen que hemos pasado el punto de no retorno. Ante este problema, algunos abogan por soluciones provenientes del sector privado mientras que otros creen que el sector público ha de liderar las iniciativas. En cualquier caso, y como nos decía el Comisario Europeo de Medio Ambiente (ver entrevista), para enfrentar esta cuestión se ha de tener una visión holística. ¿Cómo se aproxima  a ella su Universidad?

D.R.: En la Universidad estamos convencidos de que la evolución exponencial de la tecnología permite la aparición de una serie de soluciones potenciales para responder a este problema. Algunas de ellas son increíbles y en otras nos cuesta pensar. Si creemos que el rendimiento por precio de la energía solar mejorará de forma exponencial, como lo ha hecho en la última década, estamos solo a 15 años (o a siete duplicaciones) del momento en que la energía solar tenga el rendimiento por precio más económico. En la actualidad, el volumen de energía solar generada se duplica de forma bianual. Siguiendo con este razonamiento, la posibilidad de que el carbón sea la forma predominante de generación de energía en 15 años es muy baja. Además, el carbón es una de las mayores fuentes de dióxido de carbono en el planeta, y creemos que es responsable del proceso del calentamiento global.

La Universidad no se pronuncia sobre si ya hemos pasado ese punto de no retorno. Personalmente, creo que es un tema sobre el que no podemos frivolizar. Acabaremos teniendo grandes tecnologías capaces de impactar drásticamente. Sabemos que el calentamiento global ocurre por efectos humanos; conocemos las causas y las consecuencias. Por ello, deberíamos hacer lo que sabemos que es posible. 

Esto una responsabilidad gubernamental. Cedérsela al sector privado es hacer apuestas arriesgadas con algo que afecta a la población mundial. Los problemas medioambientales repercuten de forma indiscriminada en toda la población, sin diferenciar entre ricos y pobres. Evidentemente la pobreza, el agua limpia o la alimentación atañen más a los estratos inferiores de las sociedades, pero no el medio ambiente. Además, todos los indicadores sugieren que precisamente esos estratos no son los responsables del deterioro.

F.F.S.: Si algo distingue a su Universidad es el énfasis en la RSC. ¿Por qué está orientada hacia entornos empresariales socialmente responsables? 

D.R.: Somos una benefit corporation; no una corporación sin ánimo de lucro, ni una que busque beneficios empresariales. 

Evidentemente, intentamos obtener beneficios que nos permitan el crecimiento, pero ese no es el objetivo. Nuestra misión se centra en dos aspectos: educar a líderes sobre el crecimiento exponencial de la tecnología e impactar positivamente sobre millones de habitantes en el futuro próximo. Queremos crear compañías u organizaciones sin ánimo de lucro (también públicas) que puedan hacer esto, y estamos convencidos de poder conseguirlo. 

Son muchos los problemas que asolan a grandes poblaciones (cientos de millones), nosotros nos focalizamos en: pobreza, educación, salud global, energía, agua, comida y seguridad. Más de un billón de personas sufren por ellos, y los mercados para las soluciones son enormes.

Se pueden crear rentables compañías que no solventen ninguno de estos grandes problemas, pero también es posible crear compañías que sí lo hagan y que además sean rentables. Creemos que esta segunda alternativa es mejor; que es la forma justa, adecuada, y más gratificante, pues nos hará más felices. He estado en posiciones bien remuneradas, pero sin estar convencido de mi contribución a la mejora global y, al final, no me sentía realizado.

F.F.S.: Tras su experiencia profesional como agente especial, responsable de proyectos críticos relacionados con comunicaciones, satélites y sistemas aeroespaciales, ¿cómo se pasa de un entorno gubernamental con elevada clasificación de seguridad a un entorno universitario? ¿Qué motivó ese cambio?

D.R.: Thomas Edison dijo que la invención de la bombilla impactó positivamente a más gente que cualquier político en toda la historia de la humanidad, y esta frase siempre la tengo presente.

Una gran diferencia entre este siglo y los precedentes es que un solo individuo es capaz de crear una tecnología fácilmente escalable y que impacte positivamente a millones personas. Esa es la misión de nuestra Universidad.

El ayudar a las personas a nivel individual es un fin noble. Todos deberíamos hacerlo, pero, en términos de utilidad y escalabilidad en el uso de nuestro tiempo, uno también puede enfocarse hacia tecnologías exponenciales con potencial de impacto global. Si se tiene la oportunidad, es lo que hay que hacer.

F.F.S.: ¿Cuál ha sido su relación con la tecnología?

D.R.: La tecnología siempre ha sido algo excitante y que ha despertado mi curiosidad. El esfuerzo para poner en marcha algo escalable es el mismo que para hacer algo que pueda ser muy productivo y remunerativo. Por eso creo que ante la disyuntiva, hacer algo que afecte positivamente a millones de personas es siempre la elección adecuada. 

Nunca hemos tenido que preocuparnos por un vaso de agua limpia pero, ¡hay personas que nunca lo han tenido en sus manos! 

Con la tecnología podemos superar estos problemas, pero la tecnología no determina quiénes somos. Para que lo haga, es necesario un camino motivado por razones “humanas”. Al final, lo importante no es a dónde nos lleva o lo que nos da; lo importante es quiénes somos y qué dice la tecnología de nosotros. Hoy somos capaces de permitir que un billón de personas sufran por algo que podemos, y sabemos, solventar. ¿Qué dice de nosotros, y de nuestra especie, esta actitud? ¿Qué se puede decir de la humanidad si somos capaces de crear tecnologías asombrosas, al tiempo que seguimos siendo capaces de abandonar al sufrimiento de la pobreza a otro billón de personas?

F.F.S.: Hay cada vez más complicaciones con la seguridad en la información, algo crítico para las empresas. Una de las formas de combatir el terrorismo, que cada vez utiliza más la tecnología, radica en la capacidad de analizar y controlar la información. ¿Qué nos depara el futuro?

D.R.: Hay buenas y malas noticias. El crecimiento exponencial de las tecnologías proporciona capacidad a números reducidos de personas para hacer daño. Hace 100 años era imposible robar a 100 millones de personas. Marc Goodman (Singularity University), en su libro: Future Crimes, explica que los criminales comenzaron a asaltar trenes para robar a muchas personas de golpe. Hoy, unos pocos (incluso dos o tres personas) realizan delitos en Internet que afectan a millones. En el futuro no solo existirán timos o robos, sino acciones que perjudicarán a grandes volúmenes de personas.

Las buenas noticias se basan en la abundancia extraordinaria que crea la tecnología. Los beneficios engendrados superan ampliamente los aspectos negativos. Los criminales adquieren poder gracias a la tecnología pero, para esconderse, tienen que mantenerse alejados de ella. De hecho, Al Qaeda ha podido permanecer oculta durante tanto tiempo porque no utilizaba tecnología. En cualquier caso, creo que en el futuro las ventajas compensarán ampliamente los peligros. 

F.F.S.: Mencionaba antes la responsabilidad de los gobiernos ante el cambio climático. Un colega suyo, Salim Ismail, nos decía que la innovación va muy por delante de los procesos políticos de decisión. Otra dificultad es la lentitud de la toma de decisiones –como en el caso de la COP21, donde deben darse por unanimidad–. En países con una dirección fuerte o en dictaduras (Corea y China), la capacidad de alinear esfuerzos y tomar decisiones es a veces más efectiva que en democracias. ¿Cómo se pueden mejorar estas situaciones?

D.R.: Este problema va a crecer con el tiempo. Es algo que ya hemos experimentado en Estados Unidos, por ejemplo ante la explosión de los drones, para los que hace seis años ni existía legislación. Obama tuvo que “imponer” a la FAA (Administración Federal de Aviación) un periodo de tres años para producir leyes reguladoras. El periodo ha pasado sin producirse regulaciones aplicables. No se entendió el impacto de los drones ni lo problemas que presentaban. Lamentablemente, este desfase continuará con más intensidad y en un número mayor de áreas. 

Desconozco la solución, pero es incuestionable que esto frena el crecimiento. Las áreas de la inteligencia artificial, robótica, o médica se verán obstaculizadas. Podemos tener opiniones sobre cómo solventar la regulación, pero creo que esta no es la clave. Lo importante, y en lo que se deberían empeñar los gobiernos, es en fomentar y crear el entorno para que el emprendimiento florezca. 

Una de las acciones más importantes a poner en marcha en España es eliminar el impacto del fracaso empresarial. Este es el “secreto escondido” de Estados Unidos, y del cual no se habla mucho, porque se da como un hecho. Bill Gates nunca habría dejado Harvard si pensase que el coste del fracaso fuera tan elevado como lo es en España, como tampoco en su país podrían haber nacido Google o Facebook. En Estados Unidos, el coste del fracaso es muy bajo. Si se busca el éxito de emprendedores y empresas hay que cambiar el entorno legal. 

Centrándose en esto, e intentando generar una disrupción en la forma de gobernar –que no en los principios o valores centrales que pueden permanecer inalterables, sino en los procesos y mecanismos a través de los cuales el gobierno obtiene información y la velocidad con la que cambia las leyes–, se pueden tener magníficos resultados. Si los gobiernos no cambian su forma de actuar, ciertas sociedades se van a quedar atrás; ya está ocurriendo.

F.F.S.: ¿Cree que eso es lo que sucede ahora en Europa?

D.R.: Depende de los lugares. Hay países rápidos ante el cambio, como los escandinavos, cuyas leyes sobre drones están mucho más avanzadas que las de Estados Unidos. 

Hace unos años, Estados Unidos comenzó a crear leyes limitantes sobre la ingeniería genética. Resultado: hoy estamos retrasados. En cambio, Corea del Sur está clonando perros para particulares, y esa misma compañía coreana está clonando el mamut, con el objetivo de recuperar todos los animales que se han extinguido a causa de la humanidad en el último siglo. 

Partiendo de causas nobles, como esta última, están investigando crear cerdos capaces de hacer crecer órganos compatibles con las personas. Si hoy hemos de esperar a un fallecimiento para obtener un riñón –aspecto en el cual España es un líder mundial–, pronto en Corea solo tendrán que criar un cerdo.

El retraso en Estados Unidos se debe a una serie de decisiones gubernamentales. Necesitamos prepararnos para un futuro que tendrá una velocidad de cambio mucho más elevada de la actual. ¡Hace 25 años no había teléfonos móviles! Los cambios en los próximos 25 años serán mucho más rápidos: por cinco, diez o 20, y necesitamos adaptarnos.

F.F.S.: Ha dicho que los procesos disruptivos nacen de una visión personal. ¿Se ha de ser capaz de generar la disrupción desde uno mismo?

D.R.: Creo firmemente que si se quiere cambiar el mundo, uno debe generar primero esa disrupción, cambiar cómo aprendemos y pensamos respecto del mundo. Un amigo español me explicaba que su país está lleno de brillantes emprendedores, ingenieros y científicos, pero con una visión y forma de pensar muy alejada de Silicon Valley y de los avances exponenciales del mundo empresarial. 

Observando las compañías más innovadoras y disruptivas salidas de Singularity University en el último lustro, nos damos cuenta de que muchas fueron lanzadas por personas desconocedoras de los campos donde actuaban. Esto es algo sorprendente. Hay dos empresas muy interesantes centradas en el desarrollo de computaciones cuánticas. Una, D-wave, fabrica computadoras cuánticas. La otra, 1Qbit, desarrolla software para estos ordenadores. Su general manager no es científico ni ingeniero, de hecho, desconocía los ordenadores cuánticos hasta hace tres años. 

Algo fascinante de las tecnologías emergentes y los entornos disruptivos es que no necesitan de expertos para tener éxito. Solo requieren de personas valientes y con resiliencia para volver a levantarse tras un fracaso. Personalmente, estas características me parecen más importantes que el intelecto, conocimiento, experiencia o acceso al capital. Si somos capaces de hacer que las personas cambien su forma de pensar, convenciéndoles de que pueden empezar este tipo de proyectos sin experiencia y conocimiento, ayudándoles a saber interiorizar su capacidad (no solo aportándoles conocimiento) para impactar a millones de personas en solo una década de sus vida, tendríamos un efecto indescriptible.

F.F.S.: ¿Cuáles serían sus consejos?

D.R.: Serían diferentes dependiendo de a quién se dirigiesen. A los gobiernos: En primer lugar, reducir el impacto del fracaso empresarial, sustancial y ampliamente. Las leyes que lo afectan se esconden en muchos ámbitos: normativas financieras, burocracia para montar una empresa, para contratar y despedir… Es necesario cambiar la situación para que los emprendedores puedan florecer. En segundo lugar, los gobiernos deben ser conscientes de que las disrupciones ocurrirán a un ritmo acelerado; si no son capaces de adaptarse, entendiéndolas y regulándolas adecuadamente, los cambios generados les harán pagar un altísimo tributo y quedarán relegados. 

A las grandes compañías: No existen industrias a salvo de la disrupción. En nuestros programas retamos a que se descubran industrias libres de disrupción. No hay, o al menos no las hemos encontrado. Si no se está seguro, se ha de innovar. Lo malo es que no se puede cambiar fácilmente de una compañía establecida a una disruptiva. Se han de modificar los límites externos de la organización, creando cosas que incluso generen disrupción a la propia empresa; si no, será esta la que se vea en un proceso de disrupción.

A los empresarios: Darse cuenta de que todo puede ser sometido a un proceso de disrupción, y que para ello solo es necesaria una persona con pasión y deseo. 

La tecnología, que nos da cosas, no necesariamente nos define como personas. Lo importante es lo que lleguemos a ser, no como individuos, sino como humanidad. ¿Qué tipo de especie somos? ¿Una capaz de permitir que un billón de personas pase hambre mientras entramos en un entorno tecnológico de bases espaciales y realidad virtual? 

Este camino es independiente de los avances de la tecnología. Tenemos que tomar decisiones deliberadas respecto de lo que somos y lo que queremos ser. Creo que esa es la pregunta –y no una sobre la tecnología– que debemos hacernos como humanidad.


Entrevista publicada en Executive Excellence nº122 junio 2015.

 

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