Categoría: Alta Dirección

La Fundación Rafael del Pino acogió la conferencia magistral de Sean Cleary, director general del Center for Advanced Governance, presidente de Strategic Concept y vicepresidente ejecutivo de la FutureWorld Foundation.

Asesor estratégico del World Economic Forum, Cleary vivió muy de cerca el derrumbe del sistema del apartheid como miembro del Facilitating & Preparatory Committee del Acuerdo de paz para Sudáfrica, y tuvo un papel protagonista en el proceso de independencia de Namibia.

Es miembro de los órganos de gobierno de numerosas instituciones internacionales, como Global Economic Symposium, Carbon War Room, Rocky Mountain Institute, Salzburg Global Seminar y South African Foundation for Conciliation. Entre 2006 y 2010 presidió, además, el Consejo Asesor de Abraag Capital.

Durante su exposición, Cleary reflexionó sobre cuáles son los límites a la acción colectiva en el contexto actual de complejidad. Estas fueron sus principales ideas: 

Riesgos sistémicos globales

Debido a la escala de la acción colectiva que hemos decidido emprender, nos enfrentamos a un desafío complicado a escala global y también regional, algo que conocen bien quienes hayan afrontado los retos de la gobernanza europea. 

Una de las dificultades a la que considero que aún no hemos dedicado suficiente atención es la propuesta de que puedan existir escalas más allá de las cuales la acción colectiva, en relación a temas complejos, sea imposible. Por eso, determinar cuáles son las escalas más adecuadas para resolver los problemas de acción colectiva en el contexto de la gobernanza global es un tema interesante que hay que investigar. 

William Butler Yeats, en su magnífico poema titulado La segunda llegada (The Second Coming), que compuso en Italia durante el año 1919, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, describía lo que pensaba de las circunstancias europeas en esos momentos:

“Girando y girando en el círculo creciente / el halcón no puede oír a su halconero. / Todo se derrumba; el centro no puede sostenerse. / La simple anarquía se libera en el mundo. / La marea teñida de sangre se desata en todas partes. / La ceremonia de la inocencia se ahoga. / Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están henchidos de apasionada intensidad”.

A aquellos a quienes la imagen de Donald Trump de repente les venga a la cabeza, están disculpados. 

No necesito recordarles el desastroso enfrentamiento engendrado por la Revolución bolchevique en Rusia en 1917, tampoco el crecimiento del nacionalismo alemán, afilado por las onerosas imposiciones a la República de Weimar después del Tratado de Versalles; ni la desastrosa hiperinflación alemana de los años 1920 a 1923, el programa de tremenda austeridad implantado entre 1930 y 1932, ni los estertores del colapso financiero –que obviamente incrementó el desempleo y aceleró la inflación, permitiendo que Adolfo Hitler y su nacionalsocialismo surgiera–. Otras formas de fascismo también aparecieron al Sur de Europa, terminando todo el proceso en la Segunda Guerra Mundial. Británicos, bolcheviques, banqueros especuladores y judíos fueron empujados hacia un caldero en ebullición lleno de miedo y odio en Alemania. Esto preconizó una catástrofe extraordinaria que asoló Europa y todo el mundo, que culminó con el uso de armas atómicas por parte de los Estados Unidos, lo que llevó a la rendición de Japón, a la división de Europa, al pacto de Varsovia y al surgimiento de la OTAN.

Desafortunadamente, hay ecos de esos tiempos en el presente que vivimos, con actores de miras estrechas que persiguen sus sueños egoístas o sus torturados miedos, insensibles ante el efecto que causarán sobre los demás. 

El continente europeo se vio afectado por dos eventos trágicos el pasado marzo. Un suicida que se explotó en un centro comercial de Estambul el día 19 y los incidentes terroristas en Bruselas a 2.185 km. de distancia, el 22 marzo. Incluso con nuestra gran capacidad de comprensión de los perfiles psicológicos de quienes atentaron, se puede decir con una razonable seguridad que buscaban destruir un orden que les parece repulsivo, y fueron convencidos para que pensasen que sus fines justificaban los horribles medios empleados.

La experiencia reciente de terrorismo en Europa incluye los eventos trágicos de París del 13 noviembre de 2015, de Londres el 7 julio de 2005, por supuesto las bombas en los trenes de Madrid el 11 marzo de 2004, que mataron a 191 personas e hirieron a casi 1.800 en el ataque terrorista más sangriento de la historia europea. Mucho antes de que ninguno de nosotros hubiera oído hablar de Al Qaeda, el Estado Islámico o el Daesh, los londinenses habían sufrido a manos del IRA, los españoles habían sufrido ETA y los romanos y otros italianos habían sufrido a las Brigadas rojas. 

De acuerdo con la base de datos de terroristas, más de 16.000 ataques terroristas han tenido lugar en Europa desde 1970. La experiencia europea devalúa la tragedia de la humanidad. Bagdad, Mosul o Ramadi son los lugares más afectados por el terrorismo. Mientras que las ciudades afganas, egipcias, libias, nigerianas, somalíes o paquistaníes son muchísimo más vulnerables a violencias devastadoras que cualquier ciudad de los Estados Unidos o de Europa. En estos momentos, la tragedia está presente en nuestras mentes, mientras que el Líbano, Jordania, Indonesia y muchos otros sitios del mundo musulmán han soportado la mayoría del peso terrorista en la última década. El terrorismo es solo uno de un abanico de retos sistémicos a los que nos enfrentamos hoy. 

Por supuesto que el terrorismo es más un síntoma que una causa. Otros aspectos que nos generan gran preocupación son la marea de inmigrantes que invade Europa desde el Levante y África, el alto desempleo juvenil, la demanda reprimida, los intereses bajos o incluso negativos que están generando grandes problemas a las economías avanzadas, el acaparamiento de efectivo a niveles nunca antes vividos, la acumulación de instrumentos líquidos por parte de las corporaciones, o el nacimiento de populismo político en muchos países desarrollados. Son todos síntomas de una serie de causas que están ahí. Necesitamos entender y gestionar esas causas, si queremos mejorar la seguridad y el bienestar.

Mientras tanto, muchos, quizás la mayoría de los problemas globales, desde el cambio climático hasta el agotamiento de los recursos, desde las crisis bancarias a las deudas soberanas, desde la implosión de estados frágiles hasta la proliferación de armas de destrucción masiva, han de ser planteados como problemas de acción colectiva para ser entendidos adecuadamente. Nacen de intereses divergentes, de la aplicación inconsistente de valores universales ampliables y extensibles, y de choques socioculturales violentos. Mientras que la huella humana en nuestro planeta no hace más que crecer, al tiempo que la mayor transformación tecnológica desde final del siglo XVIII fuerza la reinvención de conceptos como el empleo y la educación –inspirando profundas preguntas ontológicas y epistemológicas sobre lo que significa “ser humano”–, debemos encontrar formas para disminuir la gran asimetría entre la escala y la profundidad de la economía global, la ausencia de una comunidad global inclusiva y el estado de la política mundial; o nos enfrentaremos a las consecuencias que mencionaba Yeats.

Necesitamos soluciones donde el beneficio agregado para la humanidad exceda a los costes agregados de producirlo, incluso si el coste excede a los beneficios durante un período limitado de tiempo, en casos individuales. Un mundo interconectado con un alto nivel de dependencia necesita soluciones que puedan, plausiblemente, trabajar a favor de la generación que está comenzando a vivir, y no destruir ni disminuir la riqueza de quienes nos siguen. 

10 reflexiones para el cambio

1-. La necesidad de gestionar riesgos sistémicos globales y hacer avanzar los bienes sociales requiere de una mejor gobernanza global. El problema de la acción social colectiva se hace patente y agudo mucho antes de que intervengamos en la alineación de los intereses de los 193 países miembros de las Naciones Unidas. Como han dejado claro las tensiones del euro e incluso de la eurozona, los intereses divergentes y los valores no alineados pueden frustrar decisiones sabias, que son también el interés de todos a una escala mucho menor. 

La tensión entre la responsabilidad política de los líderes nacionales con sus ciudadanos, y la necesidad de restricciones en el interés del bienestar colectivo y el equity intergeneracional pueden viciar el éxito. Múltiples individuos actuando de forma independiente, consultando de forma racional sus intereses personales, agotarán un recurso compartido. 

2-. El orden global de la segunda mitad del siglo XX se moldeó después de la Segunda Guerra Mundial, basado en una premisa normativa centrada en los valores de los países occidentales, que se plantearon como universales. En esa propuesta, los valores eran productos de una cultura y tradición intelectual occidental. Los pilares de la gobernanza global, las Naciones Unidas y sus agencias especializadas, las instituciones tipo Bretton Woods y sus leyes y acuerdos arancelarios y de comercio, que posteriormente se tradujeron en la WTO (World Trade Organization), fueron todos creados sobre la base de los intereses y las normas de, esencialmente, Inglaterra y Estados Unidos. Mientras que estas normas fueron contestadas por la URSS, la doctrina de destrucción mutua generó una estructura que permitió la coexistencia, hasta la implosión de la Unión Soviética en 1991.

3-. La sensación de que las normas políticas y económicas de los países occidentales –definidas por Francis Fukuyama como mercados liberales– y los liberales triunfaron tras la implosión del imperio soviético, alimentaron el ethos de la globalización y el mito de que vivimos en un pueblo global. Henry Kissinger comentó que por tercera vez en el siglo XX, América proclamaba su intención de construir un nuevo orden mundial aplicando sus valores domésticos al mundo. Por tercera vez, América parecía elevarse en la escena internacional. 

4-. Una afirmación agresiva de la tesis anglosajona de la globalización ha generado una antítesis hegeliana que no solo reta los méritos de una economía global integrada –que produciría un mundo plano–, sino que afirma la importancia de otras identidades étnicas, culturales y religiosas, con el objetivo de evitar la homogenización de la humanidad con apariencia anglosajona. Es decir, la globalización al estilo anglosajón supone un desafío para otros valores sociales y culturales que provoca reacciones de naturaleza etnocentrista. 

El movimiento anti-globalización, estimulado por el Forum Social Mundial que tuvo su cénit en Porto Alegre, con el lanzamiento de cócteles molotov a sus contrarios y la demanda de la abolición de la institución Brenton Woods; una mayor asertividad desarrollando políticas globales opuestas a las de Estados Unidos o la Unión Europea en la Conferencia de Cancún celebrada por la WTO, así como la institucionalización del G-20 y los BRICS, son un reflejo del empuje constructivo de este movimiento. Mientras tanto, el crecimiento del fundamentalismo islámico ha reflejado el renacimiento de identidades subnacionales y transnacionales en un mundo que se globaliza, como reacción a un sentimiento ampliamente extendido de exclusión financiera y apropiación cultural. La institucionalización de los BRICS es otro ejemplo, aunque más constructivo, en la misma dirección. 

5-. El reconocimiento de la necesidad de cambio frente a esta reacción contraria. Hemos intentado modificar la estructura de nuestras instituciones sociales. El cambio es necesario para los sistemas de gobernanza global. La descolonización, la globalización y las cadenas de aprovisionamiento global, así como la difusión vía tecnologías de la comunicación (Internet, redes sociales…) y las finanzas han forzado cambios. La recesión global introdujo el matiz de urgencia a toda esta situación. 

La tranquilizadora ficción de un pueblo global ha sido expuesta con estulticia intelectual: una gran parte de la economía global se ha integrado, pero el mundo no tiene ni el sentido de comunidad que define a un pueblo, donde los individuos sirven tanto a sus necesidades personales como a las colectivas; ni tampoco una clase política representativa, que sería la cuadratura del círculo, que permita a la economía global afrontar las necesidades de todos. 

6-. El G-8 carece de la capacidad necesaria (y el G-7 todavía más) para dar forma a la economía global. El crecimiento global y la riqueza agregada se han reorientado hacia las economías emergentes. Se espera que en el año 2025 los países emergentes sean responsables de más del 50% del crecimiento global. Las compañías de estos mercados se unirán a las de Estados Unidos, Europa y Japón, fomentando la globalización. 

El sistema monetario internacional plausiblemente no será dominado por una sola moneda. La inclusión de la moneda china en las divisas que utiliza el Fondo Monetario Internacional es el primer paso. La economía de crecimiento global se centrará en la creación de oportunidades en países en vías de desarrollo, con unas rentas bajas, basados en el comercio y la inversión entre países del Sur. La elección del G-20 de contener la crisis financiera ha tenido un éxito limitado. En la Cumbre de abril del año 2009, los líderes de países que representaban 4/5 partes del PIB global y 2/3 de la población mundial se vieron contra la pared y actuaron juntos para evitar la implosión de la economía mundial. En la Cumbre de Toronto de 2010, sus propósitos se habían evaporado. En noviembre de ese año, en la siguiente reunión, se tensó la situación por el desacuerdo respecto de la conversión de la moneda china y la segunda ronda de ayudas cuantitativas por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos. 

7-. El significativo cambio del poder económico desde el Atlántico hacia el Este (Asia-Pacífico) ha tenido unas consecuencias geopolíticas. Las campañas militares en Afganistán e Irak han reducido los recursos de los países occidentales, no han generado un resultado final y han cambiado el equilibrio del poder, sin pretenderlo, desde el Mediterráneo Occidental hasta Asia central, facilitando el nacimiento de las revueltas árabes. La competición geopolítica exacerbó amplias luchas sectarias. Como consecuencia, Rusia ha intervenido en Siria y oleadas de refugiados y emigrantes económicos se dirigen a la Unión Europea. Tras la menor presencia militar norteamericana en Oriente Medio después de 2014 y el éxito del P5+1 negociando los acuerdos conjuntos sobre programa nuclear de Irán, se necesitan urgentemente acuerdos económicos comprehensivos entre los estados de la Península Arábiga, el Este, el Cáucaso y Asia Central. Hay una apremiante necesidad en la zona de Asia-Pacífico para llegar a acuerdos entre Japón, China, Rusia y las dos Coreas. Las actuales tensiones del Mar de China, asociadas con el crecimiento de su influencia, y también en Corea del Norte, por la insistencia de continuar sus experimentos nucleares, hace evidente el riesgo de fracaso.

8-. Incrementar cambios significativos en las instituciones globales, clarificando y alcanzando acuerdos respecto de los fines que buscamos y las normas por las cuales el nuevo sistema será gobernado. Estas normas deben ser las adecuadas para enfrentarse a los retos de una gobernanza global: deberán respetar la diversidad de culturas y los valores que caracterizan a la humanidad. El renacimiento de los poderes asiáticos hace que los retos de las normas internacionales –hasta ahora impuestas durante dos siglos de dominación occidental– sean inevitables. La historia de China no es la de Europa Occidental. La complejidad de los sistemas sociales y económicos que hemos creado excede nuestra comprensión y capacidad de gestionarlos. Esto ha expuesto nuestras debilidades políticas, socavando la aceptación de las normas occidentales y alentando a los países emergentes a confiar en sus preceptos culturales propios, para gestionar su economía, sociedad y relaciones internacionales. 

También ha colocado a las políticas occidentales bajo una gran presión a nivel local. En el núcleo del problema de la gobernanza global reside el hecho de que los políticos son responsables ante sus electores locales, mientras que la mayor parte de las amenazas no entiende de fronteras, e incluso son globales, con lo que no siempre los líderes políticos toman las decisiones más adecuadas a largo plazo.

La participación en las elecciones es cada vez más baja en Occidente y en Estados Unidos, además están naciendo partidos alternativos y candidatos antisistema. Las encuestas a los millennials sugieren un desencanto con el sistema político de sus mayores y los valores que reflejan. El nuevo entorno normativo que incluya reglas por las cuales los Estados se relacionarán deberá tener en cuenta los valores de las diferentes culturas y los intereses de los Estados líderes. 

9-. La cultura es el contexto para la producción social de sentido. Esta frase de Clifford Geertz da una visión extremadamente importante del significado de la cultura: es el contexto para la producción social de sentido. La diversidad de valores de las diferentes sociedades es bien conocido; pero también son bien conocidas las similitudes: seguridad, dignidad, oportunidad, justicia, igualdad y sostenibilidad están ampliamente representadas como valores esenciales de diferentes culturas, aunque en cada una de ellas tome diferentes formas. Todas las sociedades desalientan comportamientos que destruyan la armonía social. La empatía y el valor son admirados casi universalmente, posiblemente porque promueven aptitudes evolutivas. 

En las sociedades con éxito, a través de los siglos, hay equilibrios específicos entre los derechos individuales y las libertades, necesarios para permitir la creatividad y la innovación; entre la aceptación de las obligaciones, por parte de cada individuo, para contribuir a la sociedad a la que pertenecen, así como el reconocimiento de la necesidad de respetar el ecosistema del cual dependen para su supervivencia. Este último tema, el respeto por el ecosistema y el medio ambiente está alineado a la vez con la salud física y los bienes sociales. 

Es esencial restaurar el equilibrio entre los derechos y las libertades individuales, la responsabilidad y las obligaciones con la comunidad y el respeto al medio ambiente del cual dependemos. No somos exclusivamente individualistas, racionales y egoístas, a pesar de la distorsionada versión de Adam Smith, utilizada por los ideólogos del mercado en las últimas décadas. La acción colectiva a favor de un bien común, motivada por la compasión y complementada por la razón, es factible y necesaria para la supervivencia social. 

10-. Sencillamente, no podemos plantear un paquete de normas para la gobernanza global. Si pudiéramos, solventaríamos el problema más rápidamente, pero la realidad es que no es así. Una sociedad global, según la formulación de Hedley Bull, incluye un grupo de Estados conscientes de sus intereses y valores comunes, que se conciben unidos en sus relaciones por un grupo común de reglas. O podemos alcanzar este nivel, o no podemos. Si lo conseguimos, lograremos un sistema de gobernanza global. El reto consiste en clarificar los intereses y valores que tenemos en común y definir unas reglas que todos podamos aceptar, y que nos permitan actuar sobre los problemas globales a los que nos enfrentamos. A través de nuestra fundación, Future World Foundation, hemos realizado una encuesta a las culturas predominantes para encontrar y definir aquello que se percibe como un valor natural social dentro de su entorno, pero que se ve frustrado por los acuerdos globales. 

Cinco retos para la gobernanza global

- Conseguir un sistema que genere la inclusión social, la sostenibilidad medioambiental y el crecimiento económico. 

- Reducir la pobreza y aumentar la igualdad. La prosperidad excepcional para unos pocos a expensas de muchos no se puede justificar moralmente, ni es políticamente sostenible. 

- Actuar sobre las fuentes de la vulnerabilidad, ya sea global, nacional o personal, promoviendo la seguridad.

- Compartir las normas y los valores que permiten la coexistencia global y trabajar para reconciliar, al tiempo que se respetan y aprovechan las diferencias y la diversidad cultural, en la cual se basa nuestro entendimiento y perspectivas de evolución. 

- Mejorar la calidad de la gobernanza global y de sus instituciones, ya que la mayoría de los retos a los que nos enfrentamos en un mundo interconectado no pueden ser resueltos de otra forma. 

Estos cinco desafíos incluyen una agenda adecuada para la sabiduría colectiva en escalas diferentes. Mucho nos equivocaríamos si quisiéramos imaginar que todos los problemas pudieran ser resueltos en una escala global. Los últimos siete años de la difícil experiencia europea han dejado esto meridianamente claro. La propia historia de España nos aporta un ejemplo gráfico. 

La identidad humana es compleja, tiene múltiples aristas y facetas. Cada uno de de nosotros debe actuar según distintas identidades, que van desde la que uno tiene como individuo, la que puede tener como grupo, familia o clan, la que tiene a nivel regional, nacional; quizás alguna relacionada con la que tiene a nivel religioso y, a muy alto nivel, casi abstracto, una identidad europea o de ciudadano global. 

Cualquier reto que requiere de una acción colectiva solo puede ser gestionado con éxito si esta acción se realiza a una escala donde las personas estén de acuerdo y actúen en concierto, compartan una apreciación de la conducta, de los intereses y del valor de la forma de actuar. Esto no requiere de una identidad de intereses ni tampoco sugiere precisamente una jerarquía de valores. 

Nuestro objetivo, si queremos solucionar este problema y alcanzar lo que algunos definen como el próximo equilibrio, solo puede ser alcanzado si definimos las áreas sobre las cuales se podrá aplicar una gobernanza transnacional, y calificamos los intereses y valores que puedan frustrar la acción colectiva en esos niveles, al tiempo que definimos cuadros normativos que puedan superar estas barreras a diferentes escalas transnacionales. 

Hay que transformar la conducta humana colectiva a través de la reorientación de las acciones individuales y de los gobiernos nacionales, alejándonos de conductas egoístas, hacia políticas más equilibradas que reflejen el mérito y la utilidad de acciones alineadas con el bien común y la empatía colectiva. Estas acciones solo tendrán éxito si reconocemos y entendemos la variedad de intereses y valores de una cooperación, y centramos nuestros esfuerzos en la definición de las normas que permitan una acción colectiva a una escala adecuada.

Este es un empeño digno de grandes mentes, grandes espíritus y grandes corazones. Debemos intentar alcanzar a esas personas especiales en todas partes del mundo, y comprometernos con ellas en este proyecto. No hay garantía de éxito, pero si nos enfrentamos al problema de forma racional y medida, con determinación y humildad, se puede conseguir; y es imperativo hacerlo.


Publicado en Executive Excellence nº129 abril 2016

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