Economista y licenciado en Derecho, Romano Prodi fue primer ministro de Italia y ocupó el cargo de presidente de la Comisión Europea entre 1999 y 2004. Desde 2008, preside del Grupo de Trabajo ONU-Unión Africana, que coordina misiones de mantenimiento de la paz en África.

Prodi fue el primer ponente del Management and Business Summit, un encuentro organizado por Atresmedia que, en su segunda edición, ya se ha convertido en un referente para directivos y empresarios. Allí –apenas tres semanas antes del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE–, tuvimos ocasión de escuchar su conferencia y después conversar con él. 

A continuación, reproducimos una selección de sus declaraciones, que dan testimonio de las inquietudes de este pro-europeísta acerca del futuro de la UE.

Situación de la economía europea

¿Cómo valora el crecimiento actual de la UE? 

Nadie puede argumentar que estamos en un período trágico ni tampoco bueno. Esa es la situación en el año 2016 y mucho me temo que será también la del 2017: un crecimiento lento.

Asia no está manteniendo el ritmo de crecimiento precedente. La disminución del desarrollo de China se ve compensado por un fuerte progreso en La India, aunque China sigue siendo mucho más importante en la economía mundial. Estados Unidos no está lejos de la media del mundo, algo por debajo del 3%, y mantiene un ritmo sostenido que, en el tiempo, no baja del 2%. Somos nosotros, Europa, el área de crecimiento más lento. 

En conjunto, Europa no superará el 1,5%, aunque hay que hacer ciertas distinciones. Alemania y España crecen a un ritmo superior que Francia o Italia, por ejemplo. En cualquier caso, Europa ha salido formalmente de la crisis y estamos en lo que denomino un período de mediocridad en el crecimiento y desarrollo.

Actualmente, al menos en términos de cantidad en el mundo, tenemos tres entidades muy parecidas entre sí: Estados Unidos, Europa y China. Cada una de ellas representa aproximadamente el 20% de la economía mundial. Por eso es importante resaltar que la Unión Europea es aún muy relevante en el contexto mundial. 

¿Hasta cuándo durará ese equilibrio? ¿Acabará China marcando distancia como primera potencia económica? 

Ciertamente, las tasas de crecimiento de China son mucho más elevadas que las nuestras. Es de esperar que en una década los chinos lideren la economía mundial. Todos hemos leído abundantemente sobre esto. Personalmente, llevo seis años enseñando en Shangai y estoy muy familiarizado con el país. Muchos consideran que ha entrado en una ralentización, pero, para poner las cosas en contexto, la producción de cemento chino del año 2012 al 2014 (en tres años) ha sido superior a toda la producción de cemento norteamericana del siglo XX. Ha habido un aumento del sector terciario y de otros sectores industriales, lo cual puede darnos una idea de que la tasa de crecimiento, si bien ahora un poco en caída, continuará a unos niveles superiores a los del resto del mundo en los próximos lustros.

Sin embargo, hay un aspecto que se está dejando de lado, y que creo que tiene una importancia muy superior, como es el de la corrupción y cómo combatirla. En un país como China, que tiene bajo “observación” a miles de personas, controlar los problemas de corrupción es crítico. La experiencia que vivimos en Italia con el proceso manos limpias, hace ya 23 años, fue muy intensa. Durante el mismo, las decisiones económicas se vieron fuertemente ralentizadas, pero fue un paso necesario de limpieza para favorecer la economía. 

En Europa, bajo este proceso de crecimiento lento, países como Italia solo llegarán a recuperar los niveles de PIB previos a la crisis en el año 2025. Este es un ejemplo de lo que, claramente, determina la necesidad de inyectar desarrollo en nuestra economía. No hemos impulsado factores que estimulen el crecimiento y hagan de la recuperación algo real. La causa de que no se haya producido esta “motivación” del crecimiento se debe a la ausencia de una acción unitaria. 

La capacidad productiva y la industria de transformación de la Unión Europea no hace más que reducirse. ¿Estamos abocados a vivir del sector servicios? 

La industria europea aún es la número uno del mundo en términos de valor añadido o en términos de exportación. Lo que sí es cierto es que estamos fuera de algunos grandes sectores que están transformando el mundo. Además, resulta complejo hablar de industria europea teniendo en cuenta las características y situaciones diversas de los países que forman la Unión. 

La estructura industrialmente más eficiente es, sin duda, Alemania. No solo por la reforma del mercado, sino que su fuerza radica en la escuela, en sus estructuras de investigación para mejorar la productividad, en las relaciones entre la Universidad y la empresa, etc. 

En un futuro no muy lejano podemos esperar un crecimiento de las adquisiciones de empresas europeas por países como China y otros. ¿Por qué? En primer lugar, porque las grandes empresas chinas se van globalizando, y esencialmente estarán en Estados Unidos y Europa. Para ellos, Europa será cada vez más interesante, ya que ofrecemos una compleja y amplia variedad de oportunidades. Si necesitan una mano de obra económica dentro de la Unión Europea, pueden ir a Rumanía; si necesitan producciones más “delicadas y tecnológicas” pueden ir a Alemania… La Unión Europea –no teniendo una política común– está mucho más abierta a la penetración que Estados Unidos, donde se llegan incluso a prohibir adquisiciones, como sucedió con la empresa cárnica más importante, pues lo calificaban contrario a los intereses nacionales. En Europa nunca definiríamos a la industria cárnica como una industria estratégica. Recientemente, en Italia se ha vendido a China la empresa Pirelli, una de las joyas de la corona del país. Esta venta se ha producido sin reacción nacional ni del gobierno. 

El problema de la política europea hoy es que no existe. Eso sí, en relación a la capacidad productiva y al nivel actual industrial y de producción, somos el entorno más avanzado del mundo, aunque con desequilibrios. Cada vez se presenta menos una política industrial europea y cada vez más una política de cada uno de los distintos países que la forman. Esto se evidencia en el diferente comportamiento en los mercados. Alemania, por ejemplo, tiene un excedente exportador en su balanza comercial que supera el 7% de su PIB. Curiosamente, no hace mucho acusamos a China de arruinar el equilibrio mundial con unos niveles de excedente sobre su balanza similares. En conclusión, si bien la industria europea es cada vez más fuerte, también está cada vez más fragmentada.

¿Por qué no conseguimos avanzar hacia la unidad en Europa? 

Dependiendo de las zonas, Europa está en unos sitios medio cruda y en otros muy cocida. Así que, como cualquier alimento mal cocinado, tiene un sabor desagradable. 

Debemos decidir si podemos enfrentarnos a los retos de la globalización como una Europa unida o separada. Siempre que hablo de estos temas parto de un ejemplo muy sencillo: soy italiano y para nadie es un secreto que en el Renacimiento los estados italianos lideraban el mundo: Génova, en el sector bancario; Florencia, en tecnología y arte... Con el descubrimiento de América llegó la primera globalización, pero los italianos no nos unimos, no nos pusimos de acuerdo y ninguno de nuestros estados llegó a ser lo suficientemente grande para construir “nuevas carabelas”, con lo cual perdimos el tren del desarrollo durante cuatro siglos. Hoy los países europeos están en la misma encrucijada. 

Si avanzamos divididos en esta segunda globalización, desapareceremos del mapa geopolítico, porque no seremos capaces de construir las nuevas carabelas necesarias.

¿Cuáles son esas carabelas del siglo XXI?

Las nuevas carabelas son los Apple, Amazon, Alibaba, Google... Curiosamente todos nombres chinos o americanos; ninguno europeo. Estamos poniendo piedras a nuestro futuro. 

Esa es la conclusión a la que llego después de las experiencias vividas en la Comisión Europea, como el caso de la construcción del sistema de comunicaciones, que no contó con el apoyo de todos los miembros de la Unión Europea. Al final se buscó el apoyo de Rusia y China para reducir los costes fijos. El resultado final es que hoy China tiene su sistema propio con 14 satélites, y Europa se ha quedado atrás en la realización de redes satelitales. Este es el problema real. Ninguno de los países europeos tiene un verdadero liderazgo mundial. 

En los últimos años, cuando era presidente de la Comisión Europea, vivimos un momento de gran optimismo: la ampliación de la Unión, la puesta en marcha del euro… Pensábamos que todas aquellas operaciones harían de Europa el verdadero líder mundial, pero nos hemos parado ahí y ha llegado la Europa del miedo, la Europa de los inmigrantes, la Europa del populismo..., y hemos dejado de enviar un mensaje de liderazgo al mundo. 

Nuevas grietas en el frente europeo 

¿Por qué han emergido los populismos con tanta fuerza?

Uno de los mayores problemas a los que se enfrenta la UE hoy es la ausencia de una política orientada hacia el Mediterráneo y los países del sur. Esta ruptura entre el norte y el sur de Europa, unida a los problemas políticos que provienen del sur, como es el migratorio –algo que toca el corazón de las personas y provoca unos miedos que ningún otro fenómeno puede causar–, están generando tensiones entre los diferentes pueblos. 

Estas tensiones y la crisis económica han creado un fenómeno político generalizado, que ha tocado de forma muy directa a Gran Bretaña, como son los movimientos antieuropeos de los partidos populistas. Estos partidos han crecido esencialmente frente a la insuficiencia e incapacidad de encontrar una solución común para controlar la situación, de tener un rol en la política mundial. 

Los grupos contrarios a los “partidos tradicionales” se han extendido con gran rapidez en Europa, salvo en un país: Alemania. Allí llegaron a posteriori, porque el elector alemán vivió esa satisfacción de haber sido líderes europeos. Desde el momento en que la inmigración se ha convertido en un problema de todos los pueblos, los populistas también han crecido en Alemania. 

Estos antisistema han conquistado terreno progresivamente, pero se presentan como posibles líderes en Europa solo cuando se unen los populismos de izquierda y derecha. Simplificando, el partido de la señora Le Pen en Francia se presenta como posible candidato a la presidencia francesa solo tras el “parricidio” del fundador Jean-Marie Le Pen, o dicho de otra manera, cuando ese partido ha abandonado el populismo puramente de derechas y se ha puesto a defender a la población de los efectos de la globalización representada por la crisis y la inmigración. En el fondo, es lo mismo que está ocurriendo en Italia, donde un partido de izquierdas, como Cinco Estrellas, se expande hacia la derecha como plataforma antieuropea. Si observamos con estupor el éxito que está obteniendo el candidato americano Donald Trump, me parece que es como un candidato europeo. Recurre a actitudes y posicionamientos irritantes y provocativos, siguiendo un idéntico esquema político al de los movimientos antieuropeos. Lo estresante de esta situación es que se está transformando en un hecho normal de la vida política.

¿Con qué armas cuentan las democracias europeas para combatir los populismos?

A mi entender, existen instrumentos reales. Nuestra política está en crisis, en parte, por los excesivos compromisos y la falta de seriedad. La gente no quiere más compromisos. Además en los partidos tradicionales –básicamente los grandes bloques socialistas y democristianos–, se ha interrumpido la renovación de las discusiones y no existe participación. La política se ha convertido en un instrumento de gestión distante de la población. 

La proliferación de los nuevos medios de comunicación facilita la fragmentación. El caso italiano es llamativo, ya que los nuevos partidos mantienen su relación directa con la población a través de los nuevos medios, frente al inmovilismo de los partidos tradicionales. 

El remedio contra el populismo se basa en la capacidad de enfrentar y solucionar los problemas existentes. Nuestros políticos reducen el horizonte temporal, porque están obligados a pensar solo en el presente y no en los problemas del futuro, que siempre son a largo plazo, como la educación, la sanidad, las pensiones, la tecnología... Pero, si deseamos resolver los problemas de nuestra democracia, debemos extender los tiempos de referencia. Sé que es algo muy difícil, pues las elecciones son implacables. 

En un pasado no muy lejano, los gobiernos tenían cuatro o cinco años “de tranquilidad”. Ahora las elecciones a medio plazo, que tardan meses, se unen a situaciones como la que vive en la actualidad España, y todo se complica aún más. Por eso los países estables –en el sentido de ser capaces de tomar decisiones desagradables, pero necesarias– se están volviendo países populistas.

Los procesos de decisión en entornos democráticos son demasiado lentos para afrontar las necesidades de regulación que, por ejemplo, está demandando la innovación. ¿Está perdiendo competitividad la UE por esto? 

La democracia es más flexible, capaz de superar los cambios y considerar la diversidad necesaria en la toma de decisiones, pero eso no quiere decir que no tenga defectos. 

El proceso de las elecciones ya no es cada cuatro años, como hace tiempo, sino que ahora con todos los análisis demoscópicos, políticos, de opinión pública, etc. el examen es continuo. Hemos reducido el período para la toma de decisiones, y en esto la democracia es débil, pero no en el hecho de ser democráticos. 

Cada problema, cada reforma –desde la escuela a la sanidad– necesita de cambios acompañados de sacrificio y esfuerzo para obtener resultados positivos. Si se reducen los horizontes de tiempo, nunca los conseguiremos.

¿Cómo ha cambiado la distribución del poder dentro de la UE?

Es importante reflexionar sobre los momentos que generan cambios importantes en la historia. Podemos poner fecha a la inversión europea, es decir, al momento en el que pasa de caminar hacia la unidad a ir hacia la división. Para mí, ese momento sería el referéndum francés que echó para atrás la Constitución Europea, una constitución que no era revolucionaria. Aquella campaña electoral –que fue hecha como un manifiesto contra el “Polish Plumber”, podríamos denominar– señaló el inicio de una tendencia de miedo hacia la UE. 

Los franceses protestaban por la presencia de los fontaneros polacos en su país –representando ese concepto de absorción de las profesiones por parte de los polacos–, cuando curiosamente no había en Francia ni un solo fontanero polaco. Era exclusivamente un reclamo al sentido nacionalista fomentando el miedo. Son estas actitudes, mezcladas con dos nuevos problemas –como la crisis económica y la inmigración–, las que generan este impasse europeo. 

Como consecuencia de lo anterior, se ha producido un gran cambio de poder en el ámbito europeo. Hace 15 años, Europa se basaba en un equilibrio entre Francia y Alemania, pero el debilitamiento progresivo de Francia –no tanto económico como del papel político que debe desempeñar– unido al referéndum británico han hecho que en Europa el poder exista solo en un país: Alemania. 

Si en el pasado todos y cada uno de los 28 países de la UE se equilibraban entre sí, la actual dominancia de Alemania ha generado unos cambios muy importantes en las relaciones políticas, por lo cual el poder de los órganos supranacionales, de la Comisión al Consejo Europeo, está decantado en una dirección completamente diferente. 

Me sorprende que si hace 20 años la Comisión Europea estaba por “encima” de los órganos nacionales en aspectos de notoriedad mediática, y era el punto de referencia de Europa, hoy solo aparecen en la primera página de los periódicos las reuniones del Consejo Europeo. 

El caso griego, que es la situación que ha generado mayor tensión entre los miembros de la Unión, no ha sido una relación Bruselas–Atenas sino que ha sido una relación Berlín–Atenas. Este ha sido otro de los grandes cambios que hemos experimentado recientemente. Para mí está claro que el problema principal de Europa es que, aun estando todos convencidos de que tenemos unas “carabelas” pequeñas, Alemania piensa que puede navegar sola. Obviamente, debemos favorecer la cooperación con ese país, pero a consecuencia de los fuertes desequilibrios políticos de nuestra estructura, la balanza se ha desplazado hacia Berlín.

El debilitamiento francés y el referéndum británico nos ponen en una situación comprometida. Cuando el primer ministro británico declaró que se iba a hacer un referéndum sobre su pertenencia a la Unión Europea está claro que para el resto de países resultase más difícil construir un futuro con alguien que, posiblemente, no fuera a estar en unos años… Es decir, se ha creado una asimetría práctica en la cual el poder se ha desplazado hacia Berlín. 

Este hecho no es nuevo. En 1999, cuando llegué a la presidencia de la Comisión Europea, pensaba que existiría una burocracia franco-alemana dominante, ¡y me encontré con la efectiva dominancia de la burocracia británica! Efectiva tanto por el nivel elevado como por la unidad de criterio. Sabía cuál de mis colaboradores españoles o franceses era liberal o democristiano, pero nunca supe las tendencias de los administradores británicos. Sabía que eran “súbditos de su majestad”, pero desconocía sus tendencias políticas. Esta diferencia aporta una singular y enorme fuerza política a Gran Bretaña. Es una pena que Reino Unido no haya sido capaz de comprender que con este referéndum ha perdido esa primacía administrativa y burocrática de la que gozaba.

¿Qué futuro le espera a la Unión Europea? 

Cualquiera que sea el resultado del referéndum británico, tendremos una Europa a mayor velocidad. La condición que el primer ministro británico desea imponer a Bruselas, para dar el sí a la permanencia del Reino Unido en Europa, ha sido esencialmente no a una Europa más unida. Gran Bretaña nunca aceptará una Europa más fuerte y unida de lo que está hoy. Esto quiere decir que habrá un importante número de países que tendrán una pertenencia a la UE más frágil, lo que hoy ya es un hecho. Gran Bretaña no pertenece al euro ni tampoco ha firmado los acuerdos de Schengen sobre la libre circulación, sino que ha elegido su propio camino en Europa y es una vía que otros países siguen, como son los Países Bálticos o Polonia.

Este último es un caso interesante. Si hay un país que ha gozado, merecidamente, de las ventajas de la UE en los inicios de su permanencia, ese es Polonia. En estos momentos, y siendo un país que siempre ha estado en un precario equilibrio al estar posicionado entre Rusia y Alemania, Polonia tiene la política más divisoria de la UE. 

Un ejemplo claro, aunque brutal y que es el problema puramente político más importante al que se enfrenta la UE hoy, es Ucrania. Europa debería ser uno de los protagonistas de esta situación y, sin embargo, se sienta en la mesa desde una posición esencialmente periférica, siendo Rusia y Estados Unidos los grandes protagonistas. Podemos exponer más problemas de este tipo, como la guerra de Libia, donde las divisiones son tremendamente fuertes y no se ha alcanzado una salida.

Su buen amigo Enrico Letta, exprimer ministro italiano, nos decía que no estamos comprendiendo que las motivaciones han variado, y que para las nuevas generaciones no sirve el argumento de que Europa se construyó para terminar con las guerras. 

Todo ha cambiado. Se nos olvida que más de tres generaciones seguidas no han sufrido conflictos bélicos en Europa. Hoy cuando hablamos de paz es como si no hablásemos de nada; ya no se le da importancia a vivir en paz. 

En cambio, los jóvenes sí que desean ver cómo la UE interviene en aquellos dramas que viven o ven por los medios de comunicación social. Se preguntan por qué no conseguimos resolver asuntos como el paro y la inmigración. No es que no quieran discutir sobre los grandes problemas –como la guerra de Libia o Siria–, sino que ven directamente el drama de la gente que llega –y de los que se quedan por el camino– y de aquellos que no encuentran trabajo en su propio país. Son cuestiones difíciles de resolver y, sobre todo, imposibles de solucionar si no estamos unidos.

La crisis de los refugiados

¿Cómo resolver el gran problema de la inmigración? 

Migraciones siempre han existido y seguirán existiendo. Siempre que haya unos índices de natalidad como los de ciertos países de la Unión Europea (España, Italia o Alemania), incapaces de mantener la población y frenar su envejecimiento, el problema de la inmigración estará presente. Siguiendo esta actual tendencia, antes de que pasen 50 años, Alemania perdería 12 millones de habitantes y España o Italia, seis. Al mismo tiempo, tenemos un continente con un índice de natalidad impresionante, como es África. La región subsahariana tiene unas tasas de natalidad elevadísimas, y como se mantienen las casas y ha mejorado el entorno sanitario de la población, no hace más que crecer. 

Otro aspecto a tener en cuenta son los vecinos. Mientras que España tiene a países africanos sólidos, como Marruecos y Túnez; Italia tiene como vecino a Libia. No es la cantidad sino el modo en el que se produce la emigración lo que preocupa. En términos absolutos, la emigración que llega a países como Alemania no es superior; el problema es que se produce fuera de control, eso es lo que nos da miedo. Las guerras de Siria y Libia han hecho crecer la tensión desde una perspectiva cuantitativa, fenómeno que durará aún años; pero desde el punto de vista cualitativo, la ausencia de relaciones políticas con estos países no ayuda a poner coto a la emigración descontrolada. El problema, en teoría, solo se resuelve con una política común, ahora inexistente. 

En el momento en que la señora Merkel puso en marcha una política absolutamente coherente y de apertura hacia la inmigración, una política alineada con los intereses alemanes desde la perspectiva demográfica (Alemania necesita mano de obra externa), considerando a aquellos inmigrantes de alto nivel de formación (más de un tercio de los hombres tienen titulación universitaria) y con el suficiente poder adquisitivo como para desplazarse (los indios pobres se quedan en Turquía), se ha encontrado que esa pequeña apertura ha enfrentado a todo el país. 

La respuesta que puedo dar no diría que es pesimista, pero sí es una cuestión muy problemática. O encontramos una política común o un país por sí mismo no puede presentarse ante sus electores con deseos de implantar soluciones y dar continuidad a su política. Austria, que destacó en los primeros días por su apoyo a la inmigración, se encontró con una plataforma anti–inmigrantes muy activa, y la extrema derecha casi gana las elecciones. De hecho, hemos estado a punto de tener presidentes contrarios a la inmigración en todos los países más liberales.

Revolución tecnológica

¿Cómo están afectando a Europa las consecuencias de la cuarta revolución industrial? 

Una de las grandes preocupaciones se genera por el entrecruzamiento de la tecnología y la globalización. Esta revolución tecnológica es distinta de otras. Cuando se inventaron los automóviles, se produjeron muchos cambios y seguramente quienes construían carros y carruajes perdieron su negocio, pero al mismo tiempo aparecieron carreteras, fábricas... La revolución que estamos viviendo ahora es una revolución silenciosa, que está haciendo desaparecer puestos laborales, industrias y sectores.

La destrucción progresiva de la clase media, hecho que debemos tener muy en cuenta, está provocando cambios en la distribución de los réditos y las rentas mundiales. Sin entrar en el aspecto ético, estamos trasladando recursos hacia categorías que tienen una propensión al consumo más baja, y a la baja. Mi miedo es que se frene el crecimiento. 

Necesitamos retomar la incentivación de la economía hacia una renovación de las profesiones, que reequilibre el problema de la oferta y demanda en el mundo. Vivimos en un desequilibrio creciente, y mientras que los académicos reconocen que ha cambiado la mentalidad y la doctrina desde una perspectiva política, todavía nadie ha encontrado un modelo de desarrollo que pueda reequilibrar una situación que la tecnología está desequilibrando de forma creciente.


Entrevista publicada en Executive Excellence nº131 jun/jul 2016.

Fotos de Eduardo Serrano Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

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