Wolfgang Schüssel (Viena, 1945) es un político austriaco, canciller de su país entre febrero de 2000 y enero de 2007, con el Partido Popular de Austria. Licenciado en Derecho, en 1968 fue elegido secretario de la fracción popular en el Parlamento austriaco. 

Como como titular del Ministerio de Asuntos Económicos, defendió la integración de Austria en la Unión Europea, que se hizo efectiva el 1 de enero de 1995. Como jefe de la diplomacia austriaca presidió, durante seis meses, el Consejo de Ministros de la Unión Europea. Formó también parte de la ‘troika’ de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea), para analizar la situación en los Balcanes, y fue el primer representante gubernamental de un país de la UE que en junio de 1999 se desplazó a Rusia para analizar el plan de paz internacional para Kosovo.

Durante el pasado Congreso anual de CEDE (Confederación Española de Directivos y Ejecutivos), el ex canciller –presentado por el vicepresidente de la Fundación CEDE Francisco Belil– pronunció la ponencia “Geopolítica internacional”.

Experiencia empresarial y política

Durante 17 años fui director de la Cámara de empresarios austríaca, que representa el 70% de los empresarios del país. Desde esta posición, fui elegido para formar parte del Parlamento de Austria y, a partir de ahí, comenzó mi presencia en el Gobierno como ministro de Asuntos Económicos. 

Mi experiencia como político me ha llevado a la conclusión de que si uno tiene de su lado al entorno empresarial y de negocios –entornos complejos porque no siempre tienen la misma opinión–, las posibilidades de avanzar son superiores. Son muchos los políticos que no entienden esta sencilla regla. La política es un trabajo profesional y complejo. Mi carrera fue un continuo entrenamiento, pero la mayoría no le dan suficiente importancia a los procesos de aprendizaje. Si la política doméstica es compleja, aún lo es más la internacional.

El sistema político antiguo era un sistema regional. Nadie sabía, en Europa, lo que ocurría en Asia. Desde los procesos de paz de Westfalia al Congreso de Viena, todas las soluciones políticas eran regionales; incluso el imperio romano era un imperio por regiones. Hoy, y por primera vez en la historia de la humanidad, estamos interconectados a nivel global y nos influye lo que suceda en cualquier parte del mundo. Por eso los empresarios y los políticos deberían anticiparse a las situaciones, en lugar de actuar de manera esencialmente reactiva. 

Un nuevo orden mundial

La interconexión da lugar a la necesidad de un nuevo orden mundial; ahora bien, darle forma no es fácil. Los americanos, los chinos, los rusos o los países islámicos tienen unas prioridades y visiones completamente distintas y difícilmente compatibles. El pasado mes de febrero se celebró la Conferencia de Seguridad en Múnich, donde la principal preocupación eran las crisis sin fronteras. Nos estamos moviendo en un entorno de gestión donde la influencia del G7 o del G20 está difuminada, nadie lidera el mundo, ya no tenemos a un “policía” mundial. Hemos pasado de un entorno controlado por bloques a uno mundial y plural, donde nadie es realmente capaz de desarrollar un nuevo orden. En este momento existen 400 conflictos armados, de los cuales algunos son muy graves: Oriente Medio, Ucrania, Crimea...; tenemos además una población de 60 millones de refugiados registrada, aunque extraoficialmente las cifras barajan números de 150 millones. En un entorno tan complejo, la pregunta es: “¿En qué situación estamos nosotros?”.

Hace dos meses, un artículo de una publicación de Asuntos Exteriores anunciaba un futuro de estancamiento a largo plazo. Esto complica aún más la situación, pues estamos acostumbrados a un modelo de crecimiento. Hace unos años, nadie había imaginado la posibilidad de un crecimiento prácticamente nulo en las tasas de interés, próximas a cero, en Estados Unidos. Que en algunos países europeos indicadores clave se estén volviendo negativos no hace más que empeorar la realidad. ¡Los bancos centrales del G7 expandieron sus balances en cinco trillones de dólares! Evidentemente, la expansión no es indefinida. La deuda pública norteamericana pasó de un 41% a un 70%, en la UE del 47% al 70%, en Japón de 95% al 126%, y todo esto en los últimos siete años. 

Estamos acostumbrados a un crecimiento demográfico de la fuerza del trabajo de un 2% globalmente, pero hoy es solo del 1%. También sigue disminuyendo el número de trabajadores en países como Italia, España o Alemania. Existen 83 países que están debajo de la tasa de fertilidad necesaria para mantener su población, que es de 2,1% de nacimientos al año. La media global en 1960 era de 4,9% y en la actualidad ha descendido al 2,5% a nivel global. Estas cifras revelan que habrá grandes cambios y, conociendo las tendencias, debemos anticiparnos a lo que significarán para nosotros a nivel geopolítico y al nivel de nuestros ciudadanos. 

Hablando de la UE, deberíamos ser honestos y darnos cuenta de que hay muchísimos ciudadanos preocupados y descontentos por sus ingresos, por sus trabajos, por su identidad, por la seguridad... Lo cual está haciendo que muchos políticos adelanten respuestas “retro”, o de vuelta al pasado. Los nacionalismos, los proteccionismos y las antiguas fórmulas de gasto amenazan con volver, pero estas recetas del pasado no ofrecen soluciones para la realidad actual. 

Los empresarios deberían mirar a Europa de la misma manera que miran a su empresa, teniendo en cuenta las responsabilidades propias y las de “los socios”. Sin embargo, se produce un desequilibrio entre las promesas y las realidades, porque se promete mucho más de lo que se hace. Desde la perspectiva ética, la UE trajo elementos muy innovadores. Lo más recomendable para un país en un proceso de transición es el imperio de la ley y la construcción de las instituciones. Esto es, en esencia, de lo que trata Europa. 

La gran capacidad de la UE

Somos aún el mercado económico más grande, ligeramente por debajo del 25% del PIB global. Nuestro comercio se duplicó en las dos últimas décadas y representa un 22% del comercio mundial. El euro es una historia de éxito que se ha transformado en una moneda refugio a nivel global, aunque no tan importante como el dólar. Tenemos un solo mercado y una sola moneda. La ampliación ha sido también un éxito, y en el caso de Austria teníamos más del 50% de la frontera lindando con la “Cortina de hierro”; de los ocho países fronterizos con Alemania, la mitad eran comunistas.

Los cambios que se han llevado a cabo hasta el día de hoy son fascinantes, al igual que los procesos de integración. El ingreso medio de los nuevos estados miembros era, en los años 90, de un 40% de la media de los antiguos estados; 15 años después, del 60%; y hoy del 71% del ingreso medio de los miembros fundadores. El crecimiento y la equiparación de los ingresos medios de los trabajadores se debe, en buena medida, a la gran inversión económica que la UE realizó en los estados. Se han invertido 400.000 millones de euros en los últimos 20 años para los nuevos miembros. ¡Esto equivale a cuatro veces el Plan Marshall! 

Hemos visto la gran capacidad de movilización que tiene la Unión, pero se necesita una visión equilibrada desde el punto de vista de los deberes y derechos, un enfoque pragmático sobre la productividad y la eficiencia. 

Con respecto al crecimiento, siempre tenemos una tendencia comparativa. La tasa de crecimiento en Europa es la de Estados Unidos. El 80% de nuestra población ha tenido un incremento salarial desde el año 2000, pero solo el 20% de los norteamericanos han corrido la misma suerte. Los griegos han reducido su déficit del 15% al 3%, e Irlanda, España o los Estados Bálticos han sido países con historias de éxito. 

¿Qué deberían esperar los empresarios de los políticos?

En primer lugar, estabilidad. Las dudas son tremendamente perniciosas para las empresas. Políticas ambivalentes generan desconfianza. 

El mes pasado tuve el placer de escuchar al director general del Banco Mundial hablando de la gestión del ébola. El resumen es que ningún país, de forma aislada, puede gestionar un problema de esta envergadura. Estos hechos certifican la necesidad de una actuación común, aprovechando las ventajas que representa ser miembro de la Unión Europea. 

¿Por qué se está “repensando” la presencia en la Unión Europea?

Personalmente, estoy en contra de las tentaciones de revisión del pasado y de los nuevos referéndums. Si a todos los países se les permite hacer uso de un referéndum, no iremos a ningún lado; la UE no podrá avanzar. Son necesarias reglas sencillas, pero han de ser obedecidas, tanto en la política como en los negocios. La primera es confiar en tus compañeros, tus socios. Se necesita solidaridad dentro de la Eurozona, que los países fuertes garanticen la protección de los miembros débiles y periféricos. El precio de esta «protección» es la obediencia de ciertas reglas económicas. 

Los holandeses tuvieron un referéndum sobre la asociación con Ucrania en la UE. Estoy convencido de que prácticamente nadie se ha leído ese acuerdo de negociación, pero fue votado por 2/3 en contra. Ucrania merece un camino europeo; no ser miembro directamente, pero sí tener las posibilidades de un acuerdo de asociación que le ayude a mantenerse en el camino adecuado para, en un futuro, unirse. El primer ministro húngaro ha prometido un referéndum sobre los refugiados, algunas regiones –como Catalunya– están solicitando un referéndum para su independencia, mientras que Escocia decidió permanecer unida al Reino Unido y a la UE (N.deR.: Aunque tras el Brexit, parece que desea separarse del Reino Unido y seguir en la UE).

Desde la perspectiva Schengen, si deseamos seguir conservando la protección de las fronteras, es necesario aumentar las competencias de la agencia que ha recibido el mandato de mantenerlas: Frontex. Necesitan más financiación, entre 15 y 20 billones de euros, y más personal. Debemos ser conscientes de que la protección de nuestras fronteras exteriores es importante para todos los países y debemos apoyar a las Naciones Unidas con todos los medios diplomáticos y, eventualmente, incluso con acciones militares frente a casos como la guerra civil de Siria. También es necesario colaborar con el programa de refugiados de las Naciones Unidas. Si no somos capaces de poner todo esto en marcha, el próximo problema al que nos vamos a enfrentar es el Brexit. 

La historia de Reino Unido en la UE

El primer intento de implicación, que luego evolucionó en lo que conocemos como la Unión Europea, fue rechazado por los laboristas siendo Winston Churchill miembro del Parlamento y el primer ministro. Es famoso su enérgico discurso en el que planteaba que era mejor estar dentro de la Unión, dando forma al futuro, que estar fuera sin ser capaces de influir en los acontecimientos. Decía Churchill que la presencia del Reino Unido ayudaba a mantener el equilibrio dentro de la UE. Para mí esto es una verdad absoluta y, si los británicos se van, las pérdidas para ellos serán importantes. Las cifras no pueden negarse, y apuntan a un 6% del PIB. Es muy importante que todos estemos al corriente de las consecuencias que tendrá esta situación. Más que las económicas, me preocupan las consecuencias en nuestro espíritu europeo, porque la Unión Europea también va de valores: paz, estabilidad, convivencia, buena vecindad. 

Además, toda la campaña se ha basado en el miedo, y no en la racionalidad. Nadie habla de los aspectos positivos de formar parte. Citando al político francés Jean Monnet, uno de los fundadores de la Unión Europea, “en política hay dos tendencias: una, la dinámica del miedo y otra, la de la esperanza”. Opino que la política de la esperanza es siempre más importante y mejor. El himno europeo, compuesto por Ludwig van Beethoven, es el himno a la alegría, no al pesimismo.

¿Cuales deberían ser los objetivos de la Unión Europea en un futuro próximo?

La Unión Europea debe preguntarse dónde están sus socios potenciales. Otro aspecto crucial será la gestión del Cáucaso, Oriente Medio, Ucrania..., regiones importantes para nosotros. No solo son ricas en materias primas, sino que nos afectan demográficamente. Respecto a África, llegará a 3,5 millones de habitantes al final de este siglo. En la mayoría de los países africanos está apareciendo una nueva generación de líderes. La aceptación de la UE en África es mejor que la que se percibe en Oriente; los africanos siguen favoreciendo a los europeos a la hora de hacer negocios. 

A corto plazo, tenemos que hacer más por integrar y mejorar el mercado único. Aún quedan áreas sobre las que actuar por su falta de competitividad (el sector energético, digital, las telecomunicaciones, el transporte ferroviario…). Creo que la Comisión está en el camino correcto, pero necesita el apoyo de todos. 

¿Por qué es tan difícil para los políticos dejar que haya más poder en Bruselas, y menos en los países? 

Focalizar y priorizar es importante, no se puede hacer todo. El problema radica en que Bruselas, pienso, debería centrarse en plantear los objetivos y marcar los estándares, y los países o regiones en poner estos objetivos en marcha, no a legislar sobre ellos. 

Decisiones sobre la defensa, la política exterior, las migraciones... son los temas críticos y debería existir la posibilidad de tener una mayor capacidad de actuación y planteamiento de objetivos por parte de las autoridades de Bruselas. 

¿Por qué se comunica tan mal desde Bruselas?

Echo de menos a políticos capaces de levantarse para defender la UE y argumentar sus posiciones. Políticos como Helmut Kohl, Felipe González, José María Aznar, Tony Blair... Esa actitud de aprobar algo en Bruselas y luego criticarlo a nivel local es frecuente. Además, la comunicación no es bidireccional. 

Necesitamos formulas más creativas e innovadoras. La innovación viene de entornos empresariales, de la ciencia… La política necesita ideas nuevas y consejos de gente externa.


 Wolfgang Schüssel, canciller de Austria entre 2000 y 2007, en el Congreso de Directivos CEDE.

Artículo de opinión publicado en Executive Excellence nº131 jun/jul 2016.

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