Si algo caracteriza al economista Donges es su capacidad para aportar luz sobre temas complejos. Como ya hiciera en el pasado abordando el problema de la inmigración o revisando críticamente las perspectivas de la Eurozona, en su última visita a la Fundación Rafael del Pino, el 17 de noviembre de 2016, ofreció una conferencia bajo el título: “Tras el sí al Brexit, un no al autoengaño de la UE”.

 

Para Donges, los dirigentes políticos han de asumir sus responsabilidades y entender la urgencia de reconducir la UE hacia planteamientos realistas, ya que “la alternativa es la decadencia de la UE y la vuelta a un Continente con fronteras nacionales, lo cual comportaría un enorme daño para la economía (costes), la sociedad (pérdida de bienestar) y la convivencia entre los pueblos (conflictos)”. Conversamos con él, tras su conferencia, para entender la complejidad de la Europa actual y conocer sus propuestas.

EXECUTIVE EXCELLENCE: El Diccionario Oxford ha declarado palabra del año al término “post-truth” (post-verdad): “Relativo a o denotando circunstancias en las que hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y a la creencia personal”. Esta elección ha estado motivada, en parte, por la gran notoriedad adquirida gracias al Brexit y a Donald Trump. La deshonestidad en la política no es nada nuevo, pero sí resulta más alarmante el incremento de la mentira y los efectos que esta puede tener sobre nuestra sociedad. ¿Está dejando de reinar el sentido común en la UE?

JUERGEN B. DONGES: No sé si ha dejado de reinar el sentido común, pero tengo la percepción de que muchos políticos en numerosos países –como ahora se ha manifestado en Inglaterra y en Estados Unidos, y que en 2017 se podría revelar en otros países europeos que afrontan elecciones– prometen a la gente demasiado, y luego toman decisiones que o no se entienden o son contrarias a lo anunciado. 

De entre todos los ejemplos, el que más me inquieta es el de la continua infracción de reglas en la UE y en la zona euro, algo de lo que se aprovechan muchos populistas. El actual partido de la extrema derecha alemán –Alternativa para Alemania, AfD’– nació de la mano de un apreciado catedrático de Macroeconomía de la Universidad de Hamburgo como protesta contra los programas de rescate para países del euro excesivamente endeudados, empezando con Grecia en mayo de 2010. Esto está prohibido en el Tratado de Maastricht, con buen criterio, como recuerdo muy bien de las negociaciones cuando se acordó esto. La idea entonces era que los gobiernos priorizaran siempre, con independencia de otros intereses, la importancia que tiene la sostenibilidad de las cuentas públicas para afianzar el crecimiento económico y la creación de empleo; y es algo que se está infringiendo una vez tras otra. La última, tras no haber multado a España por incumplir sus objetivos de déficit público, según el pacto europeo de estabilidad fiscal firmado por todos. No puede ser que por un lado los jefes de Estado y de Gobierno se reúnan y rubriquen acuerdos, pero luego se comporten contrarios a ellos.

Creo que la política vive en un mundo particular, que ha perdido el contacto con la ciudadanía y que a veces da pasos demasiado rápido, como ha sucedido con las ampliaciones de la Unión Europea hacia el Este. Al final se crea un caldo de cultivo favorable para el populismo, que reduce todos los temas a fórmulas muy simples, que llegan al ciudadano, aunque incluso sean muy absurdas y en realidad no resuelvan los problemas, que son muy complejos. Por eso es fundamental que los políticos hagan muchísima más pedagogía y se concentren en hacer entender los aspectos esenciales.

E.E.: El premio Nobel y psicólogo Daniel Kahneman dice que las personas tendemos a evitar todas las interpretaciones y hechos que hacen trabajar nuestro cerebro, lo que él denomina “cognitive ease” (que podríamos traducir como “vagancia cognitiva”). ¿Por eso aceptamos tantas falsedades? ¿Podría explicar esto los “sorprendentes” resultados de los últimos referéndums?

J.B.D.: Insisto en que es fundamental cómo explicamos los temas para que lleguen a la población. En mi opinión, la política de comunicación del gobierno de Rajoy en su primera legislatura ha sido insuficiente, mientras que un ejemplo de buena labor pedagógica en España fue la del economista y político Enrique Fuentes Quintana en los tiempos de la transición democrática. Él fue uno de los artífices de los Pactos de la Moncloa y de la reforma económica y fiscal del país. Recuerdo cuando explicaba en televisión las decisiones que se estaban tomando, y lo que implicaban, para que todo el mundo las entendiese. O posteriormente las explicaciones sobre la gran reforma tributaria del entonces ministro de Hacienda, Fernández Ordóñez. Gracias a esto, los españoles aprendieron por qué había que pagar impuestos, y creo que hoy es algo que todos comprenden.

También recuerdo a Kohl en Alemania, a principios de los años 80, haciendo campaña electoral para explicar por qué teníamos que “apretarnos el cinturón”. Todo el mundo lo entendió, y Alemania salió de la crisis. Alguien podría decir que esto también era populismo, pero en ningún caso era demagógico ni agitador, sino algo fructuoso. 

Entiendo que requiere un esfuerzo tremendo, pero hay que hacerlo. A pesar de que Matteo Renzi llevaba un año hablando de la necesidad de la reforma constitucional, los italianos nunca entendieron para qué servía su referéndum, porque Renzi y los suyos fueron incapaces de explicarlo de forma inteligible. 

Personalmente, nunca he sido partidario de los referéndums, y así lo he manifestado siempre. Creo que se presta a la manipulación de cada uno, no solo por cómo se formule la pregunta sino porque la gente aprovecha para dar su opinión sobre el gobierno en general, y no para dar su respuesta sobre el asunto del referendo. Otro riesgo es convocarlo con un puro objetivo electoralista, como hizo Cameron. Sin embargo, sí considero que es una práctica que funciona en países que lo han usado tradicionalmente para tomar decisiones concretas, como Suiza.

E.E.: ¿Cómo interpreta el sí al Brexit? 

J.B.D.: No es un fenómeno singular ni que no vaya a afectar a otros Estados, sino que es fruto del desencanto del proyecto de integración europea –que ha sido algo muy valioso desde la Segunda Guerra Mundial, pero hoy la gente no se siente vinculada a él–.

Tampoco se entiende por qué pilló a todos por sorpresa, porque hubo bastante campaña y discusión. Parece que ni la Comisión Europea, ni el Parlamento Europeo tomaron en serio a los populistas británicos que preconizaban la ruptura con Europa; la canciller Merkel y el presidente Hollande, tampoco. 

Con independencia de los efectos económicos del sí al Brexit y de las futuras relaciones bilaterales, lo más relevante para el futuro de la UE es que sus dirigentes tomen nota de que el referéndum ha desenmascarado el autoengaño al que se han venido entregando por sistema, y que de ahora en adelante tienen oportunidad de corregir.

E.E.: ¿A qué autoengaño se refiere?

J.B.D.: Limitándome a la economía y no entrando en los campos de defensa, seguridad y política exterior –donde la UE en su conjunto tampoco actúa con eficacia–, detecto varios “espejismos”. 

El primero es creer que el proyecto de integración europea es irreversible, como también lo era con respecto al euro. Con el Brexit este mito se ha roto de un plumazo. La Eurozona todavía se ha salvado, pero las discrepancias fundamentales entre los países del centro/norte y sur sobre los requisitos de estabilidad presupuestaria y de eficiencia microeconómica (mercados, instituciones) hacen que exista un riesgo real sobre una implosión de la zona euro.

Otro autoengaño es creer que se puede configurar y decretar desde arriba –por el Consejo Europeo de Jefes de Estado y de Gobierno, sin contar con los sentimientos y las idiosincrasias de los ciudadanos– una unión política entre los diferentes Estados miembros. Me pregunto quién quiere esa unión política.

La realidad es que 65 años después de haberse iniciado el proceso de la integración europea en lo económico, no existe un pueblo europeo en sentido estricto. Los alemanes se sienten en primer lugar alemanes, los franceses lo suyo, también los españoles, aunque en algunas Comunidades Autónomas ni eso. Tampoco hay una opinión pública europea en forma de la llamada volonté générale que pueda guiar el discurso político-económico para Europa y fortalecer a nivel supranacional el sistema de controles y equilibrios (checks and balances) para minimizar los errores de política económica. 

En las campañas electorales al Parlamento Europeo apenas hay un debate sobre temas europeos; lo habitual es reproducir los debates nacionales entre los partidos en el Gobierno y los de la oposición; y los eurodiputados se sienten y comportan más como representantes de los intereses de su país de origen que como europeístas que se olvidan de su pasaporte y trabajan para objetivos comunes (con una que otra excepción).

El tercer autoengaño es creer que el euro sería un proyecto de la concordia y la cooperación entre los Estados miembros y que, por sí solo, llevaría el bienestar económico a todos los rincones del área monetaria. Muchos economistas, aplicando la teoría de las áreas monetarias óptimas, advertimos en su día de los riesgos económicos y políticos que entrañaría la aplicación de solo los cinco criterios de convergencia nominal establecidos en el Tratado de Maastricht, y ninguno de convergencia real que hubiera guiado mejor la selección de países aptos para la moneda única. Pero los políticos, el canciller Kohl el primero, hicieron caso omiso a las advertencias y nos consideraron unos aguafiestas. La experiencia nos ha dado la razón. 

El cuarto espejismo es creer que el Mercado Único Europeo solamente puede funcionar si se extiende sobre él una red de directivas europeas que lo armonizan todo “desde arriba”. Los economistas liberales abogamos por la armonización de regulaciones y normas “desde abajo”, pero a través de la competencia de sistemas a partir de unos estándares comunes mínimos, porque ningún gobierno ni tampoco la Comisión Europea o los eurodiputados pueden saber cuáles son los mejores sistemas tributarios y regulatorios para sustentar las economías. Tiene gracia que se critique a Irlanda por tener impuestos bajos y se hable de competencia desleal. Nadie impide a ningún Estado bajar sus impuestos, pero hay una gran presión para que los irlandeses se deshagan de esa ventaja competitiva.

Cuando nos planteamos la competencia entre sistemas, lo que predomina es armonizarlo todo desde arriba, pero nadie sabe cuál es el mejor sistema. La consecuencia de este autoengaño es una impresionante amalgama burocrática en las instituciones europeas, algo económicamente ineficiente y percibida por empresarios y ciudadanos como fuente de injerencias no deseadas en sus asuntos. 

Además, el populismo anti-europeo en diferentes Estados miembros tiene en esta burocratización una de sus raíces, y por supuesto no cuentan que la mayor parte de las regulaciones comunitarias no son un invento de los eurócratas, sino propiciadas por los gobiernos, español y alemán incluidos.

E.E.: Ya ha citado cuatro autoengaños..., ¿aún quedan más?

J.B.D.: Alguno más. Otro espejismo es creer que para convertir la UE en el espacio económico “más competitivo y dinámico del mundo” bastaba con acordarlo en Cumbres Europeas, como si en una economía de mercado la actividad funcionara a golpe de voluntarismos políticos y ejercicios keynesianos; cuando todo depende de lo que decidan y hagan los emprendedores en materia de inversión y de I+D+i, es decir, si tienen un espíritu schumpeteriano y no temen la competencia en los mercados. Crear un entorno político-económico afable es crucial, y aquí nuestros gobiernos dejan bastante que desear. Por eso la Eurozona carece de dinamismo económico. Muchos ciudadanos decepcionados, los breixiteers los primeros, critican la incapacidad de los gobiernos para hacer una buena política económica a medio plazo.

Además, la crisis de los refugiados ha puesto de manifiesto la imposibilidad de la UE para tramitar eficazmente solicitudes de asilo político o de protección internacional por parte de personas de países terceros (o apátridas), otro autoengaño más. Cada gobierno hace lo que considera oportuno desde una perspectiva puramente nacional (electoralista), y los países del Este no quieren ni oír hablar de una cooperación intereuropea. Estos comportamientos han puesto a la UE contra las cuerdas. El Acuerdo de Schengen está en el aire, y con ello el futuro del Mercado Único Europeo, que en lo económico es una pieza angular de la UE.

Ahora bien, para que no haya malentendidos, desenmascarar el autoengaño de la UE no significa en absoluto negar que constituye un proyecto encomiable. Nunca en la historia ha habido un período de paz tan prologando como el que los que somos veteranos hemos podido disfrutar desde que acabara la Segunda Guerra Mundial. Y esto hay que mantenerlo. 

E.E.: Ha mencionado la competencia desleal entre sistemas, y este es un tema que precisamente Donald Trump ha tenido como bandera. Vivimos en un entorno sujeto a una continua deslocalización y a una pérdida de puestos de trabajo, promovida por el desarrollo de tecnologías –muy positivas para la eficiencia, pero que requieren cada vez de menos mano de obra–. ¿Con qué fortalezas cuenta la UE? ¿Estamos entrando en un círculo vicioso?

J.B.D.: Sería un círculo vicioso si no supiésemos encontrar respuestas a este tema, y tenemos que ser muy cuidadosos con cómo lo analizamos y percibimos. Cuando hay competencia en los mercados, y sobre todo cuando es globalizada, siempre hay perdedores, especialmente los trabajadores de poca cualificación. Aquí viene el primer problema, porque si uno pierde su puesto de trabajo o ve reducido su sueldo por la importación creciente de productos baratos de China, nos rebelamos contra “el malo de la película” y le ponemos un arancel –que, por cierto, no es Trump el que empieza con los aranceles a los chinos sino la Comisión Europea, y esto es algo que siempre se nos olvida–; pero si yo pierdo mi puesto de trabajo porque al lado se me ha colocado otra fábrica o comercio, lo tomamos como algo normal de la economía de mercado. Por cierto, como consumidores no tenemos ningún problema con comprar en las tiendas todo tipo de productos chinos, atraídos por los precios comparativamente bajos.

La competencia no puede dar marcha atrás. Aunque me preocupan los auges del proteccionismo, creo que al final la globalización va seguir adelante simplemente porque hay muchos países, no solo China sino también del mal llamado tercer mundo, que quieren mejorar sus condiciones de vida y llegar a unos niveles de prosperidad más elevados, lo más cercanos a los nuestros; tal y como nosotros les hemos enseñado. 

Además, la oferta de la mano de obra de las economías en desarrollo es completamente elástica, y durante bastante tiempo se van a poder aprovechar de sus salarios, pues son mucho más bajos que los nuestros. Por lo tanto, olvidémonos de querer competir por precios, y centrémonos en otros parámetros: capital humano, tecnología, atributos medioambientales, servicios al cliente post-venta, etc. A los colectivos que se sienten perdedores ya no les podemos solucionar el problema, si no es a base de apoyo social o de reciclajes vía políticas activas de empleo; pero a los que nacen hoy, a las nuevas generaciones, es importantísimo que desde los colegios, y durante toda su formación, se genere conocimiento. Si realmente le damos una contestación vía educación, podremos disfrutar de un círculo virtuoso.

En algunos países europeos, hemos hecho caso a las evaluaciones PISA de la OCDE, y hemos mejorado. Porque, si hay conocimiento, también hay capacidad para adaptarse y asumir los retos de la globalización, y diluir el descontento que ahora existe, pues solo se percibe que uno ha perdido su puesto de trabajo y la culpa es de los chinos.

Por eso me resulta sorprendente que en España los padres protesten por los deberes que los niños tienen que hacer en casa o porque se les exige demasiado, cuando no hacerlo conllevaría serios problemas para el niño, que no tendría las herramientas que necesita si, el día de mañana, cambia el entorno. Y volvemos al principio de esta conversación: entonces solo necesitaremos a alguien que sepa canalizar ese descontento, y genere más populismo.

Con respecto a la actitud de Trump, tengo una confianza quizá demasiado ingenua –lo reconozco–, en el mecanismo de check and balances que siempre ha funcionado en EE.UU.; aunque me inquita el proteccionismo. Aparte de que dañaría a Estados Unidos, si finalmente cancela los acuerdos internacionales, también afectaría al resto de la economía. Tenemos que ser sinceros, porque ahora se le critica por haber dicho que no le gusta el TTIP (por sus siglas en inglés, Transatlantic Trade and Investment Partnership; un acuerdo comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos), cuando los europeos hemos sido los primeros en manifestarnos en contra. 

La reputación de la UE sigue cayendo con el espectáculo de desunión con respecto a la firma de unos nuevos acuerdos de libre comercio con Estados Unidos, pero también con Canadá (CETA). Hoy la UE carece de fiabilidad y predictibilidad negociadora para sus socios. 

Por otra parte, la deslocalización es algo que ya ha tenido lugar mucho antes en Estados Unidos, en los años 70 y 80, y desde luego no después de los atentados de 2001. Lo que sucede es que en muchos Estados, como Pensilvania, no se ha llevado a cabo una reestructuración hacia otras actividades, sino que simplemente han visto cómo se les ha ido la industria y se han empobrecido, pero eso es una consecuencia de la dejadez de varias administraciones anteriores.

Si EE.UU. aplicase el proteccionismo, y le siguieran otros países, se echaría a perder uno de los logros más grandes y beneficiosos de los últimos 50 años, como es la apertura de mercados. Es un asunto que a muchos no les llega, pero es esencial. Para mí, el gran triunfo de la integración europea en lo económico es el Mercado Único Europeo. Hemos creado un gran mercado con mucha competencia que nos beneficia a todos, y que ahora estamos poniendo en peligro con el tema de los refugiados. No en vano, los favorables al Brexit piensan que en las negociaciones podrán mantener el libre acceso a mercancías, servicios y capitales, pero no a personas, pues ellos quieren cerrar su mercado laboral a inmigrantes de la UE. Esto, claro está, la UE no va a aceptar.

E.E.: La lucha contra el cambio climático es otro de esos capítulos donde parece que la UE también debe asumir responsabilidades, y no solo culpar a Trump. Ni España, con la mala gestión de los costes de la energía solar, ni Alemania, con su apoyo al carbón, parecen un ejemplo. ¿Cómo analiza esta situación antitética?

J.B.D.: Después del acuerdo del París, todos nos felicitamos; incluso Estados Unidos y China se habían puesto de acuerdo. Recientemente se reunían en Marruecos, donde en principio todo estaba claro y únicamente había que entrar en detalle, y el primer gobierno que tiene problemas para presentar su propio plan de ejecución es el alemán. Es decir, parece que los grandes acuerdos internacionales no sirven para mucho, cuando luego llega el momento de la ejecución y no se hace lo pactado.

En cierto modo, la actitud de Trump frente al acuerdo de París nos ha venido bien. Él ha afirmado que no le interesa, pero nosotros mismos, los europeos, ni siquiera hemos hecho lo primero que acordamos; es decir, no cumplimos. Al principio los alemanes nos sentimos muy comprometidos, pero nuestro plan climático tiene tantos cabos sueltos, todo está basado en comportamientos voluntarios por parte de las empresas, que no va a funcionar.

El gobierno alemán ha dicho que para 2030 únicamente habrá coches eléctricos, pero esto solo tiene sentido si podemos garantizar que toda la cadena de producción utilice energía renovable, porque la huella de carbono de fabricación del coche eléctrico es muy elevada. Igual sucede con el cambio de la política energética después del accidente nuclear de Fukushima, a favor de la energía renovable, pero hasta hoy ni siquiera se ha decidido claramente por dónde van a ir las redes de transmisión de esta energía desde el norte del país –el origen de la energía eólica– al sur. 

Anunciar una decisión para beneficiarse solo del efecto anuncio y conseguir tranquilizar a la gente, es no pensar en el medio plazo ni en los posibles efectos colaterales adversos, entre ellos la pérdida de credibilidad de los dirigentes políticos, que es su principal capital. 

E.E.: Siguiendo con los reconocimientos, tras el shock del Brexit, los dirigentes han tenido que asumir que el entusiasmo por el proyecto europeo se ha esfumado, y buscan recuperar la confianza de los ciudadanos. ¿Comparte las opciones que se están barajando para conseguirlo? 

J.B.D.: Por una parte, el dúo conductor de la UE Hollande/Merkel propugna el profundizar el proceso de integración, también en materia política (con el lema de “más Europa”). Esto equivale a seguir con el autoengaño de que los europeos queremos “más Bruselas” y hasta un Gobierno comunitario con poderes de verdad en materia económica y fiscal, entre otras, cuando el sentir ciudadano es todo lo contrario y la UE está inmersa en una crisis de confianza. 

Por otra parte, los Estados miembros del Este (grupo de Visegrado), especialmente Polonia y Hungría, apuestan por recetas nacionalistas. Para ellos el proyecto de integración europea se reduce a tener acceso a los Fondos Estructurales, y poco más. Es como si quisieran dar ex post la razón a aquellos que en su día considerábamos que la ampliación de la UE al Este era prematura. 

Luego están los países del Sur, que abogan por relajar las reglas del euro, concretamente las fiscales respecto del déficit público y la deuda pública permitidos (3% y 60% sobre el PIB, respectivamente) y quieren que se mancomunen a nivel europeo las deudas de cada uno de los Estados miembros, mientras que los ciudadanos de otros países (los alemanes seguro) se preguntarán, con razón, por qué deben de avalar los efectos negativos de políticas presupuestarias o gestiones bancarias desacertadas con las que nada tienen que ver. En conclusión, ninguna de las tres opciones llevaría a la UE a buen puerto. 

E.E.: ¿Cómo enfocar entonces el futuro de la Unión?

J.B.D.: Creo que el modelo para afianzar el proyecto de integración europea debe ser uno distinto, basado en mantener el núcleo de la UE y respetar los reglamentos establecidos. Para esto, tengo algunas proposiciones. En primer lugar, acabar con el tan arraigado autoengaño. La UE debe perseguir sus grandes objetivos de paz, libertad y bienestar, con sinceridad, coherencia y mucha labor de pedagogía hacia los ciudadanos. 

También hay que romper la rutina de infringir las normas que sustentan la zona del euro (como planes de rescate a países insolventes, el no multar a España y Portugal por incumplimiento del objetivo de déficit público, el atribuirse por parte de la Comisión Europea la función de una autoridad fiscal para la Eurozona y dar por acabadas las políticas de ajuste presupuestario, etc.). Es decir, lo acordado, acordado está, y quien no quiera aceptar las reglas está en su derecho a abandonar la UE (o la Eurozona), a no adherirse a la UE (como hicieron Noruega, Suiza e Islandia) o a no adoptar el euro (como Dinamarca y Suecia, además del Reino Unido).

Mi tercera proposición es que el núcleo a conservar y fortalecer es el Mercado Único Europeo, incluido el Acuerdo de Schengen. El principio de la competencia en los mercados es esencial para lograr unos máximos niveles de eficiencia en la economía, lo cual a su vez es la fuente para generar los recursos necesarios para aplicar con eficacia políticas sociales y educativas, además de medioambientales.

Igualmente debe aplicarse con mayor rigor el principio de la subsidiariedad del Tratado de Lisboa. Según este, la integración solo se profundizará en aquellos campos en los que decisiones supranacionales generan mejores resultados que las nacionales, porque internalizan los “efectos externos” que pueden generar las políticas nacionales en perjuicio de las empresas y los ciudadanos de otros Estados miembros. Además de la política exterior y de seguridad, hay una necesidad de planteamientos supranacionales en las políticas energéticas y sobre el cambio climático, la política sobre el comercio exterior, la política de competencia, la política digital o las políticas migratorias. Aunque los parlamentos nacionales tienen ya hoy el derecho de bloquear, con una mayoría simple, iniciativas legislativas de la Comisión Europea que contradigan al principio de subsidiariedad, los parlamentarios deberían ser más contundentes.

La siguiente proposición tiene que ver con la importancia de la Eurozona de cuidar la línea divisoria entre la política presupuestaria, que está bajo la soberanía de los Estados miembros, y la política monetaria europea del BCE. Los gobiernos tienen que tomarse en serio la sostenibilidad de las finanzas públicas y eventuales fallos en materia presupuestaria tienen que ir a cuenta de los países correspondientes. Necesitamos un mecanismo de regulación ordenada de una insolvencia de Estado. El BCE debe concentrarse en los asuntos que tiene encomendado, principalmente la estabilidad del nivel de precios en la zona euro a medio plazo. No es su función, ni estatutariamente le está permitido, apoyar a los gobiernos a través de la compra masiva de bonos soberanos y otras medidas no convencionales que mantengan artificialmente bajas las primas de riesgo y faciliten así la financiación de los presupuestos con deuda (como lo lleva haciendo desde un tiempo hasta esta parte). 

Por último, el Consejo Europeo de Jefes de Estado y de Gobierno ha de tomar conciencia del hecho de que nuevas ampliaciones de la UE hacia la Península Balcánica y Turquía llevarían el grado de heterogeneidad económica a niveles insostenibles. Lo apropiado sería consolidar económica e institucionalmente la UE-27 (ya sin el Reino Unido) y configurar las futuras relaciones económicas con los Países Balcánicos en base a Acuerdos Preferenciales de comercio, inversiones y ayuda al desarrollo.

Asimismo, la aceptación en la sociedad del proyecto europeo mejoraría si los gobiernos de los Estados miembros apostaran por fortalecer los factores del crecimiento económico y abrir los mercados a nuevos emprendimientos basados en el progreso tecnológico. Además, en casi todos los países europeos hay que mejorar el mercado de capital-riesgo para que las start-ups puedan financiar sus proyectos con capital propio.


Juergen B. Donges, catedrático Emérito de Ciencias Económicas y Senior Research Fellow del Institute for Economic Policy de la Universidad de Colonia.

Entrevista publicada en Executive Excellence n135 enero 2017.

Fotos de Daniel Santamaría.

 

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