Kevin Rudd fue el 26º primer ministro de Australia entre 2007-2010 y posteriormente ministro de Asuntos Exteriores de Australia desde 2010 hasta 2012. Como primer ministro, Kevin Rudd lideró la respuesta de Australia durante la crisis financiera mundial siendo la única economía avanzada que no entró en recesión, en gran parte gracias a la respuesta política del gobierno australiano que la OCDE/FMI consideró como una de las más eficaces en el mundo. Rudd es reconocido internacionalmente como uno de los fundadores del G-20, la primera institución económica mundial de toma de decisiones, y como uno de los principales impulsores detrás de la decisión de ampliar la cumbre de Asia Oriental para incluir a Estados Unidos. 

Actualmente, Kevin Rudd sigue comprometido en importantes desafíos internacionales, como la gestión económica mundial, la eclosión de China y el desarrollo sostenible. Fue coautor del informe de 2012 para la Secretaría General de las Naciones Unidas sobre la Sostenibilidad Global: “Resilient People, Resilient Planet”.

Recientemente participó en un encuentro organizado por la Fundación Rafael del Pino, junto con el columnista del New York Times Roger Cohen. Ambos analizaron el futuro del orden liberal, con la mirada puesta en el Brexit y en la presidencia de Donald Trump.

Durante su intervención, Rudd identificó los retos sistémicos a los que se enfrentan hoy los países occidentales y que han puedo en cuestión los valores liberales. Llamó la atención sobre la importancia de tener una visión de la historia de largo plazo, para poder afrontar la revolución tecnológica, la fragmentación de las sociedades y la trivialización de la opinión pública, fenómenos que están dándose de forma simultánea.

Según Rudd, la difusión de noticias falsas a través de las redes sociales, haciendo uso perverso de la libertad y de los valores liberales, acaba limitando precisamente la libertad de prensa. Esta idea fue secundada por Cohen, quien criticó al presidente Trump por ir contra la verdad y contra la prensa. 

Otro de los desafíos es la gestión del avance tecnológico en beneficio de la mayoría. El crecimiento exponencial propio de la tecnología tiene para Rudd importantes consecuencias, tal y como ya se están manifestando. Por ejemplo, el desarrollo de la inteligencia artificial impacta sobre el empleo y puede acabar convirtiendo al ser humano en redundante. 

A esto se añade la destrucción del contrato económico y social, motivado en parte por la crisis financiera. El aumento de la desigualdad de rentas y de oportunidades ha derivado, según el ex primer ministro australiano, en otro reto: el fracaso de la política. La incapacidad de gestionar de forma adecuada el impacto de la globalización explica la aparición de los populismos. Todo esto representa una seria amenaza a los valores liberales, difícil de afrontar.

FEDERICO FERNÁNDEZ DE SANTOS: Ha llevado el timón de su país con mano firme, permitiendo a Australia capear la crisis financiera pasada. De ese trabajo, insuficientemente valorado, se podrían extraer enseñanzas de gran valor para España, que cayó en una fuerte recesión de la que aún no nos hemos recuperado. ¿Cuáles fueron las acciones claves de su Gobierno para poder superar con éxito las dificultades financieras que afectaron a todo el mundo? ¿De dónde obtuvieron la capacidad para ver con antelación lo que se avecinaba?

KEVIN RUDD: Claramente los años 2007 y 2008 fueron muy difíciles. En aquellos momentos resultaba complicado tener una visión nítida. Por entonces, en Australia estábamos atentos a las crisis de las subprimes de Estados Unidos, para proyectar hacia dónde se dirigía la situación. Así que, cuando fui elegido como primer ministro a final de 2007, comenzamos a prepararnos. Cuando Lehman Brothers quebró en septiembre de ese año, ya habíamos sostenido amplias conversaciones con el presidente Bush, con el secretario del Tesoro Hank Paulson y con el presidente de la Reserva Federal Ben Bernanke, acerca de qué medidas sería necesario tomar en términos de política fiscal y monetaria.

En política monetaria, hicimos descender los intereses de forma rápida de una sola vez (300 puntos básicos), mucho antes que el resto de los países de la OCDE. A continuación, implementamos un espectro de medidas para proteger el sistema bancario, y firmé una garantía soberana sobre todos los depósitos bancarios en el país, para prevenir una crisis de confianza. Sabíamos, a través de los reguladores, que las entidades eran sólidas, pero era importante también tener confianza psicológica. Proveímos de una garantía soberana para todos los préstamos interbancarios de nuestro sistema con los bancos americanos correspondientes, algo necesario dado que las entidades bancarias americanas estaban repatriando su capital. 

Finalmente, en política fiscal, introdujimos cinco medidas en un periodo de tiempo breve, para restañar el agujero que se produjo en la economía durante los dos años siguientes. 

El resultado de esta gran intervención, que fue equivalente al 5,6% del PIB en un periodo de tres años, nos permitió evitar entrar en recesión mientras la economía se recuperaba lentamente. Actualmente, hemos entrado en nuestro 26º año consecutivo de crecimiento en Australia. Algunas veces es buena gestión y otras, buena suerte.

F.F.S.: Fuera de los gobiernos, existe el convencimiento de que es necesaria una cohesión frente al reto medioambiental. En España, como muchos otros países, este desafío se magnífica por la falta de acuerdo entre los políticos. Las grandes compañías energéticas se escudan bajo el concepto de seguridad energética nacional, obstruyendo el necesario cambio del actual modelo. Vemos cómo se sigue consumiendo carbón en Alemania, al tiempo que se cierran centrales nucleares y hechos similares a lo largo de todo el mundo. ¿Por qué no actúan los gobiernos con decisión frente a los entornos que quieren mantener el actual statu quo? ¿Por qué no se llega a acuerdos globales para cambiar la actual infraestructura energética?

K.R.: Actuar contra el cambio climático es políticamente difícil. Personalmente, he introducido algunas medidas controvertidas en Australia. Algunas de ellas han sobrevivido al posterior gobierno conservador y algunas han sido eliminadas. Cuando comenzamos este proceso en el año 2007, los partidos conservadores en todo el mundo rechazaban frecuentemente los conceptos científicos en los que se basaba el cambio climático y eran muy escépticos acerca de poner precio al CO2. Nosotros nunca hemos dudado de la ciencia, y siempre hemos creído en la importancia de imponer un precio a las emisiones de carbono. 

Las medidas disponibles, desde una perspectiva política, se agrupan en tres grandes categorías: la primera es impulsar el sector de las renovables, algo que hicimos mediante legislación, requiriendo llegar al 20% de la energía eléctrica renovable en el año 2020, a pesar de que partíamos de solamente un 4%. En segundo lugar, y con un entorno habitacional de pocos ingresos, introdujimos diversas medidas para subsidiar la instalación de paneles solares y realizar aislamientos en techos y paredes, construyendo las viviendas más eficientes energéticamente. Estas decisiones han resultado muy efectivas. Finalmente, pusimos un precio sobre el carbono a través de un impuesto, aunque los conservadores ahora lo han derogado. Cada país debe escuchar y librar sus propias batallas en este terreno, pero a los políticos les diría que mirasen con detenimiento a sus nietos y se preguntasen si quieren ser responsables o no.

F.F.S.: La sustitución del carbón como recurso energético es un objetivo global. Su gobierno fue pionero en iniciativas de captura de CO2. Australia está transformándose en el segundo mayor productor de gas del planeta, ante lo cual va a necesitar desarrollar infraestructuras. ¿Qué oportunidades hay en este sector para las empresas extranjeras? ¿Qué significará, regionalmente, este potencial?

K.R.: Como bien sabe, las emisiones de CO2 son las principales generadoras del efecto invernadero, y por ello necesitamos reducir su intensidad. También tenemos que asegurarnos de producir energías renovables y –además de lo que estamos haciendo con la introducción de fuentes de energía–, debemos actuar sobre la demanda, aumentando la eficiencia. 

Mirando al futuro de la política energética, las medidas que se apliquen han de reducir la intensidad de las emisiones de carbono y aumentar la eficiencia; no hay otra alternativa. 

En Australia contamos con grandes reservas de gas natural, aunque su extracción es difícil y costosa. El valor que aportamos al mundo es que el gas natural representa solo un 20% de la huella de carbono del carbón y la mitad que la del petróleo. Dentro de la energía procedente de hidrocarburos, el gas puede tener un papel de transición muy relevante. Actualmente vendemos grandes cantidades de gas licuado a China, Japón y Corea, y como consecuencia directa hacemos que emitan menos CO2. En el caso de China, que es el mayor consumidor de carbón y generador de gases de efecto invernadero, la utilización de gas es crítica. El objetivo de reducir la dependencia del carbón en China para la generación eléctrica es del 75% al 50%. Esto se conseguirá esencialmente con gas natural y con renovables. Les podemos ayudar en estos objetivos, igual que a otros países. 

F.F.S.: Su gobierno incrementó el compromiso militar frente al terrorismo y también ha hecho que Estados Unidos forme parte de los países que están en la East Asia Summit. Vivimos momentos de inestabilidad al desconocer las políticas norteamericanas a este respecto. Como uno de los importantes países de la región, ¿que visión tienen de esta indefinición?

K.R.: En la región Asia-Pacífico, Australia es la cuarta economía tras China, Japón e India. Tenemos entre el cuarto y quinto presupuesto militar de la región y estamos muy implicados en los debates sobre las políticas de seguridad de la zona. 

Hay dos posibles guiones en el futuro de la seguridad regional de Asia-Pacífico: uno se basa exclusivamente en los conceptos de equilibrio de poder relativos a la rivalidad entre China y Estados Unidos, conceptos sobre China enfrentada a Estados Unidos y a sus principales aliados en la región. Ahora bien, todos estos escenarios no son soluciones realistas a los dilemas de la política de seguridad. No estoy diciendo que tengamos que distanciarnos de las alianzas –posición que nunca he compartido–, pero en el futuro hemos de complementar las estructuras de alianzas con otros conceptos y propuestas de organización construidos alrededor de la seguridad común. 

Por ejemplo, la razón por la cual estaba empeñado en que Estados Unidos entrase en la cumbre East Asia Summit –y también Rusia– era para trabajar con nuestros amigos chinos y japoneses en la construcción de acuerdos sobre una seguridad mínima común, como pueden ser: la transparencia básica en los ejercicios militares, la transparencia en los presupuestos militares, los protocolos para gestionar incidentes en el mar y el aire, y una cooperación más amplia en los compromisos de seguridad militar, de manera que además de la “seguridad clásica” de una parte contra la otra buscando un equilibrio, existiese un nuevo estilo de seguridad basado en la cooperación entre las personas con objetivos de seguridad comunes. 

Mi estrategia, o mi aproximación estratégica a la estabilidad del Este de Asia y la zona Pacífico, se basa en una combinación de estas medidas. Si las situaciones son muy binarias (uno contra otro), nos enfrentaremos a un incremento del riesgo de conflictos por accidente. Al mismo tiempo, hay que gestionar las diferencias, reconociendo la importancia de las alianzas a la vez que se construye una seguridad común. 

F.F.S.: Hemos tenido el placer de entrevistar a su buen amigo Nicholas Burns, con quien ha trabajado no solo en Harvard sino también durante su etapa como primer ministro. Nos comentaba que el mundo se enfrenta a una complejidad creciente, donde en la innovación está acelerando los ritmos del cambio, haciendo difícil entender lo que ocurre. Por otro lado, vivimos una polarización de las posiciones políticas, donde la simplificación impera, comunicándonos con solo 140 caracteres o a través de Facebook… Al final, esta reducción no hace más que exacerbar el populismo. ¿Qué problema representa esta nueva forma de comunicación? ¿Cómo podemos contrarrestar la simplificación –el pensar que todo es blanco o negro– que invade a la sociedad?

K.R.: Es una pregunta muy “grande” y es un reto al que se enfrentan todas las democracias. ¿Cómo nos enfrentamos a mega desafíos que requieren de esfuerzos nacionales combinados a lo largo de grandes periodos de tiempo, en un entorno de sistemas políticos fragmentados, donde las visiones políticas personales son expresadas sin hacer referencia al debate común o colectivo de un país?

Creo que hay dos formas de gestionar este dilema. Una es si nos referimos a la pregunta: ¿qué problemas necesita la población que se resuelvan? Si un liderazgo político está realmente gestionando sus problemas está construyendo legitimación en esos momentos. Eso es difícil, pero esencialmente el reto del presente es cómo preservar un contrato social entre aquellos que tienen poder económico y aquellos que no, cómo se hace crecer con incentivos la economía al tiempo que se crea una red social y humana para aquellos que se quedan atrás. Ese es, en esencia, el reto económico y social que debemos afrontar en estos momentos difíciles de la globalización económica. 

Por otro lado, cuando se trata de la conducta de un debate político respecto de si se tiene éxito, o se está fracasando, en hacer crecer la economía y mantener el contrato social, el reto al cual se enfrentan todas las democracias es la fragmentación del espacio común para la discusión y el debate, la fragmentación de los medios de comunicación, de las televisiones y periódicos que antes la mayoría de la comunidad veía y leía, y que les servían para dar un marco a la discusión. 

Hoy existen millones de conversaciones y de plataformas, pero también existe una incapacidad para entender la base común de los hechos para resolver un problema. Como resultado, estas tribus prefieren estar en guerra en vez de hablar entre sí. Es una evolución peligrosa. El único antídoto que se me ocurre recomendar es la generación de formas creativas y expansivas de todo tipo de medios públicos, para que se creen plataformas comunes de discusión nacional e internacional. Los periódicos tradicionales están muriendo debido al colapso de su modelo de negocio, los canales tradicionales de televisión pronto desaparecerán debido al live streaming. Todo está ocurriendo frente a nosotros, y la utilización de los recursos del Estado –un estado neutral políticamente que provea de una plataforma común donde se discutan los principales retos cada día, basándose en hechos comprobados– sería un camino. 

F.F.S.: España se ha transformado en esta crisis, y ha pasado de ser un país centrípeta a un país centrífugo, lo que ha dado la vuelta a nuestra balanza de pagos. Nuestro país exporta infraestructuras, y la posible demanda de Estados Unidos abre nuevos horizontes. Australia ha sido siempre un país abierto al crecimiento. ¿Qué van a necesitar? ¿Qué les podemos aportar?

K.R.: De la misma manera que hay una significativa presencia corporativa británica (llegaron los primeros), francesa o alemana en mi país, también existen oportunidades para España. Nuestra economía es una de las más abiertas y, al mismo tiempo, tiene un tamaño similar a la española, siendo un mercado comparable. Respondería directamente su pregunta diciendo que, dado que es una economía abierta, sin ningún proteccionismo en particular, deberíamos dar la bienvenida a cualquier empresa española que aportarse cualquier producto o servicio en condiciones de libre competencia de mercado.

También creo que el éxito de empresas españolas como Navantia, a la cual mi Gobierno ha confirmado el encargo de los portahelicópteros y con la que en el pasado ya firmó un contrato para varias fragatas, ha sido una buena carta de presentación. Los barcos fueron entregados en tiempo, lo que generó una buena reputación corporativa española. Este hecho también refleja que, cuando compramos, buscamos el mejor producto por todo el mundo y al mejor precio, por supuesto. No estamos obligados a comprar productos a Estados Unidos o Inglaterra. De hecho, hemos encargado a los franceses nuestra próxima flota de submarinos. 

La buena actuación de Navantia ha sido algo simbólico en nuestro país. También contamos con áreas receptivas, ya sea en servicios financieros, en ingeniería… Por ejemplo, el primer banco de infraestructuras del mundo es australiano: el Macquarie Bank, y si las empresas españolas de infraestructuras son buenas, deberían buscar asociarse con él, pues es la compañía privada propietaria de más infraestructuras en el mundo.


Entrevista con Kevin Rudd, ex primer ministro de Australia. Presidente del Asia Society Policy Institute.
Publicada en Executive Excellence nº137 marzo 2017.

Fotografías de Daniel Santamaría. 

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