Ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación del Gobierno de España desde el 22 de diciembre de 2011 hasta el 4 de noviembre de 2016 (en funciones desde diciembre de 2015), José Manuel García-Margallo Marfil es uno de los políticos españoles más reconocidos fuera y dentro de nuestras fronteras.

Licenciado en Derecho, Master of Laws por Harvard y doctor en Derecho por la Universidad Miguel Hernández (Alicante), inició muy joven su actividad política. Fue inspector de Finanzas (1968), director general de Desarrollo Comunitario del Ministerio de Cultura (1977-1979), abogado en ejercicio desde 1990, diputado al Congreso (1977-1979), presidente de la Comisión de Peticiones del Congreso de los Diputados (1979-1982) y portavoz de Economía y Hacienda (1986 a 1994). Como miembro del Parlamento Europeo desde 1994, desempeñó el cargo de vicepresidente de la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios desde 1999. Además, ha sido condecorado con la Gran Cruz del Mérito Civil (1982) y con la Orden del Mérito Constitucional (1983).

El pasado mes de febrero participó en el diálogo “Liderazgo y reputación de España en un mundo lleno de incertidumbre”, junto con Carlos Espinosa de los Monteros, Alto Comisionado del Gobierno para la Marca España, y José Luis Bonet, presidente de la Cámara de Comercio de España y del Grupo Freixenet. Durante su intervención en la Fundación Rafael del Pino, explicó la relación entre los efectos de la globalización y el auge del populismo, defendió la actual estabilidad del Gobierno español, que “ha acabado con los grandes desequilibrios de la economía” y el trabajo de las empresas españolas, “que lo están haciendo francamente bien en todo el mundo”. Lo que necesitamos, dijo, “es creer en nosotros mismos tanto o más de lo que creen en nosotros en el exterior”.

Asimismo, enfatizó la necesidad de España de contar con alianzas estratégicas con la UE y con Estados Unidos, y destacó la aportación de nuestro país en Latinoamérica, el Magreb y Oriente Medio. De todos estos temas, y otros muchos, conversamos más tarde con él.

FEDERICO FERNÁNDEZ DE SANTOS: Las democracias se enfrentan a la fragmentación del espacio común para la discusión y para el debate. Kevin Rudd, el ex primer ministro australiano, nos explicaba que antes los medios de comunicación servían para dar un marco a todas las discusiones, mientras que ahora –a pesar de que existen millones de conversaciones y plataformas– somos incapaces de entender la base común de los hechos para resolver los problemas. ¿Hay un antídoto para esta situación de fragmentación de las opiniones y de los partidos?

JOSÉ MANUEL GARCÍA-MARGALLO: Me temo que eso es tan inevitable como la ley de la gravedad. Las nuevas tecnologías permiten que se produzca esta fragmentación, y eso hace emerger actores sociales que con muy pocos medios económicos o muy pocos recursos humanos son capaces de influir y alterar la realidad social. 

Hay una cita muy conocida del libro Una nueva transición de Pablo Iglesias, el líder de Podemos, donde dice que los españoles ya no se apuntan a partidos políticos, sino que se apuntan a cadenas de televisión. De hecho, el auge de Podemos se produce primero en un ensayo a través de su canal de televisión La Tuerka, y luego en un desembarco en las cadenas nacionales. Esto hace que, en muy poco tiempo, alcance una notoriedad y un protagonismo en la vida política que hubiese sido inimaginable hace años.

En estos momentos en Francia, y creo que es algo que todos estamos siguiendo, el candidato que figura en segundo lugar dentro de los partidos tradicionales es Emmanuel Macron, que sin haber concurrido en las primarias dentro del partido socialista ha desplazado en popularidad al candidato oficial, Benoît Hamon, y se sitúa muy por delante del candidato que realmente compitió con Hamon, que fue el primer ministro Valls. 

En este sentido, Donald Trump ha entendido perfectamente cuál es el papel, la influencia y la capacidad de atracción de los medios de comunicación, y ha hecho una campaña mediática en contra de todos y de todo. No solo en contra de todos los medios de comunicación tradicionales, sino también en contra de los miembros más relevantes de su propio partido y del establishment, lo que él llama Washington.

F.F.S.: Siguiendo con EE.UU. el que fuera subsecretario de Estado Nicholas Burns, contaba que muchos de sus amigos del Foreign Office –ya retirados– lamentaban que todo aquello por lo que trabajaron y que permitió la entrada de Reino Unido en la UE está siendo cuestionando. Él decía que sentía que el mundo liberal, del cual quiere que su país forme parte, está siendo discutido. ¿Qué profundidad tiene este cuestionamiento?

J.M.G-M: Creo que este cuestionamiento del orden mundial que nos dimos después de 1945 se debe a una palabra, que a mi juicio es miedo. Es decir, la ciudadanía tiene miedo a que, como consecuencia de la globalización, pueda perder su puesto de trabajo, perder el poder adquisitivo o perder lo que ha sido su identidad cultural tradicional. Los motivos que explican esas posibles pérdidas son “los otros” –en el sentido que hablaba Jean Paul Sartre–, en este caso son los emigrantes o son los acuerdos de libre comercio que permiten la entrada de productos más baratos, procedentes de los países de esos otros ciudadanos, y aconsejan a las empresas deslocalizarse. Eso es lo que explica tanto el triunfo de Trump como el Brexit, que se justifica fundamentalmente por el deseo de la ciudadanía británica de recuperar el control de sus fronteras para impedir la entrada masiva de “los otros”, que ponen en riesgo todo lo que consideran sus conquistas sociales.

F.F.S.: Fundamentalmente, el reto del presente es cómo preservar un contrato social entre aquellos que tienen poder económico (ese miedo del que estaba hablando) y aquellos que no. ¿Cómo se hace crecer con incentivos la economía, al tiempo que se crea una red social y humana para ayudar a aquellos que se quedan atrás?

J.M.G-M: El gran problema de nuestro tiempo, que ahora se ha acelerado pero que no es nuevo, es cómo se mantiene el estado de bienestar que arranca de 1889 con Bismarck. Estamos hablando de un estado de bienestar que tiene su apogeo en los gloriosos 60, después de la II Guerra Mundial, y que permite al ciudadano sentirse protegido desde la cuna hasta la tumba, como se dice en la vieja socialdemocracia. 

Ese estado de bienestar se basaba fundamentalmente en un gran número de personas en edad de trabajar, y efectivamente ocupados, que pagaban cotizaciones e impuestos para mantener a quienes no han llegado al mercado o los que han salido de él, así como a aquellos que no podrán llegar nunca debido a alguna discapacidad. Desde el momento en que la proporción entre los ocupados y los beneficiarios del estado de bienestar se va diluyendo –cada vez hay menos niños y cada vez hay más personas que están ya jubiladas– se cuestiona el fundamento mismo de dicho estado.

Parece obvio que si vamos a ser menos los que vamos a tener un puesto de trabajo en los próximos años y los que vamos a cotizar, hay que hacer dos cosas: primero, conseguir que todo el que esté en edad de trabajar lo haga, eso quiere decir que hay que llegar a posiciones de pleno empleo. Pero además no se trata de tener solo más empleos, sino mejores, lo que significa que habrá salarios más altos, y esa es una base para mantener un estado de bienestar más notable. En segundo lugar, para lograr unos salarios más altos y más dignos, hay que aumentar la productividad, porque la subida de los salarios sin el aumento de la productividad en paralelo, lleva a perder competitividad, que es exactamente lo que no se puede hacer en un mundo globalizado.

Entonces, lo que tenemos que hacer es todo un modelo social, toda una revolución en la cual, primero, se garantice que los grupos de personas que más dificultades tienen para acudir a un mercado de trabajo, como son los jóvenes, las mujeres y los mayores de 55 años, puedan hacerlo; y segundo, que puedan acceder a trabajos que les permitan desarrollarse humanamente, tener salarios dignos y, por tanto, más posibilidades de contribuir al estado de bienestar. Todo esto tiene mucho que ver con el problema de la educación y la formación, con la investigación, el desarrollo y la innovación. En definitiva, tiene que ver con una economía más productiva, más eficiente y más sostenible.

F.F.S.: Vamos a entrar en una materia de la cual usted es un gran experto. Lo que ha hecho Putin en Crimea, anexionándola ilegalmente a Rusia, y también dividiendo Ucrania, junto con las presiones que está ejerciendo sobre los Estados Bálticos, hace que el sentimiento común de los norteamericanos por la OTAN sea hoy más fuerte que hace unos años. Sin embargo, Trump acaba de poner al mismo nivel a Merkel que a Putin. ¿Qué representa esa presión rusa (y ese chantaje por los gaseoductos) en la actual falta de definición de la política norteamericana?

J.M.G-M: Trump hace una declaración en campaña –y que repite en el último discurso que ha pronunciado ante las dos Cámaras– declarando que él es el presidente de EE.UU., no el presidente del mundo. Eso es “America First”. 

Esto se traduce, tal y como ha manifestado, en que se va a dedicar a defender los intereses de los norteamericanos, que son los que le han votado, y que en los otros intereses EE.UU. participará, si considera que su seguridad nacional está amenazada, pero que quien más debe intervenir son aquellos que ven su seguridad y sus intereses en peligro. Es decir, lo que Trump dice es: si la UE tiene su frontera del Este y del Sur en riesgo y vive una amenaza, tiene que ser la UE quien adopte las medidas necesarias, aunque eso lo ha matizado luego.

Sí creo que se va a producir una exigencia por parte de EE.UU. de que los europeos contribuyamos más a nuestra propia defensa. Es lo que Trump habla de redistribuir las cuotas en esta comunidad de defensa occidental que es la Alianza Atlántica. Opino que eso, necesariamente, se va a producir y nos obligará –lo cual no es incompatible, sino todo lo contrario– a diseñar de una vez una política de defensa europea propia, dentro de la Alianza Atlántica, que es como en realidad empezó el sueño europeo, con la comunidad europea de defensa en el 54.

F.F.S.: Nos comentaba recientemente el embajador de España en París, Ramón De Miguel, que estamos en un momento relevante estratégicamente, porque la salida de Reino Unido hace de España un país de importancia crítica para ejercer de árbitro en Alemania, en Francia… De hecho, el interés del presidente Hollande en la pasada Cumbre hispano-francesa de Málaga así lo confirma. ¿Qué nos jugamos? ¿Qué papel podemos desempeñar como país?

J.M.G-M: Europa es esencial para España, y lo ha sido siempre. Después del desastre del 98, son clásicas las citas de Ortega (“Si España es el problema, Europa es la solución”), o de Unamuno, cuando dice que España no se despertará hasta que no la despierten nubarrones que vengan de Europa. Esto ha sido verdad siempre, y lo ha sido aún más después de la Transición. 

Uno de los países mas europeístas es España, y con razón. Desde 1986 hasta hoy, nuestro PIB se ha multiplicado por seis, nuestra renta per cápita por tres, las exportaciones y la inversión extranjera se han disparado, y la España actual no tiene nada que ver con la anterior al 86. Es decir, Europa siempre ha representado para España libertad, democracia y prosperidad económica. Por lo tanto, lo que ocurre en Europa es algo que a nosotros nos debe preocupar enormemente. 

Hay un libro muy reciente de Pierre Moscovici, titulado S’il est minuit en Europe, que empieza diciendo “Europa está en peligro”, y creo que es así. Él analiza las causas de ese peligro, pero sobre todo llega a una solución que me parece la razonable, como es reconocer que todos no podemos avanzar a la misma velocidad, y que la única solución es una Europa a dos velocidades, o probablemente a tres. Por un lado, un núcleo central formado por los países que compartimos moneda, que debemos aspirar a la federalización, a los Estados unidos de Europa; otro un círculo externo, conformado por los países que pertenecen a la UE, pero que no forman parte de la unión económica y monetaria, con los cuales tendríamos un vínculo confederal; y un tercer círculo de países que no pertenecen a la UE, pero con los que debemos tener relaciones especiales de vecindad, como son Reino Unido, Turquía y probablemente Rusia.

F.F.S.: En todo ese contexto, ¿cómo se puede combatir a Geert Wilders, Marine Le Pen, Amanecer Dorado…?

J.M.G-M: La respuesta es muy sencilla. Los europeos concibieron el proceso de integración europea para tres cosas: poner fin a las guerras internas, acabar con la ruina del continente después de la guerra y recuperar la relevancia internacional. Los europeos, que se habían repartido África en 1885, vieron que el mundo se repartía entre dos grandes potencias. 

Para resolver eso, entienden que hay que enterrar los nacionalismos y hay que hacer un proceso de integración política y económica, y eso es lo que sucede. Esos tres móviles ahora no son operativos para la gente joven. Hoy nadie cree que es posible una guerra civil en Europa; vivimos en un continente relativamente rico y la relevancia internacional es algo que, desgraciadamente, preocupa muy poco.

Con lo cual, lo que el europeo tiene que entender es que estar en Europa es un buen negocio; dicho de otra manera, que le aporta valor añadido. El europeo ha de comprender que este proyecto común sirve para que su vida cotidiana sea mejor. 

Probablemente, una de las causas que explican la desafección por el proyecto europeo (y que explican populismos como el de Wilders, Le Pen, la Liga Norte...), es que Europa no ha sabido capear bien la recesión económica, y que cuando ha intentado resolverla con programas de ajuste ha habido mucha gente que ha pasado por debajo del radar, es decir, que han sido relegados por la globalización, y que la recuperación –que ya ha empezado– no llega a la mesa de sus casas. Eso es exactamente lo que tenemos que hacer: explicar a los europeos que la UE aporta valor.

F.F.S.: Una de esas cosas positivas que nos aporta la UE es la gran cantidad de oportunidades que se están abriendo gracias al plan Juncker para el incremento de la eficiencia energética. Incluso hablaba el comisario Arias Cañete de que ha puesto en contacto al Banco Europeo de Inversiones con el ICO, para la puesta en marcha de un sistema de plataformas para que las pymes puedan acceder a esos fondos del Plan. Sin embargo, en España tienen que sortear cuestiones como la Ley de Propiedad Horizontal, los problemas planteados por las grandes empresas españolas en relación a la prioridad de acceso a la red, la generación, etc. Al final, se producen una serie de contradicciones que no estamos sabiendo gestionar. ¿Qué podemos hacer?

J.M.G-M: Es muy difícil. Ortega decía que para que un español se entere de que hay cañonazos, se los tienen que dar en el oído. Es decir, los temas internacionales, incluyendo los europeos, son muy poco sexies desde un punto de vista mediático. Si observa las dos campañas electorales que acabamos de celebrar, se dará cuenta de que el tema internacional, de política exterior o el tema europeo no han existido. Simplemente, no han estado presentes en campaña.

Tampoco en esto somos muy originales. Paul Krugman escribía el otro día en un artículo que, en la campaña presidencial americana, las tres grandes cadenas habían dedicado 37 minutos en total a los temas realmente importantes. Por ejemplo, el cambio climático no tuvo ni un segundo. 

La conclusión es que debemos hacer muchísima pedagogía, y en esa tarea tenemos que estar implicados todos: los medios de comunicación, la cosa pública, etc., porque es muy difícil hacer pasar un mensaje de este tipo a una radio, una televisión o un periódico.

F.F.S.: ¿Cómo valora el cambio de la imagen y los esfuerzos que se han hecho a través de Marca España?

J.M.G-M: En primer lugar, tengo que rendir un homenaje a Carlos Espinosa de los Monteros, que está realizando un magnífico trabajo como Alto Comisionado del Gobierno para la Marca España sin percibir absolutamente nada; es más, la Marca España ha tenido presupuesto cero en los cinco años en los que yo he sido ministro. Por lo tanto, este ha sido un esfuerzo de imaginación e ilusión colectiva.

Los datos revelan que España ha ganado posiciones en imagen de marca de los países de forma muy notable, y eso no es una declaración. Una de mis preocupaciones cuando puse en marcha Marca España era, precisamente, que no fuese humo. Por eso hay varios indicadores de diferentes entidades: desde Reputation Institute, al Real Instituto Elcano, ESIC, etc. Todos ellos nos han permitido saber dónde estábamos bien, mal o regular. La conclusión, que no es muy alentadora, es que el país que peor opinión tiene de nosotros es la propia España. 

Creo que la mejora de la imagen de Marca España tiene una enorme importancia, y así se la atribuyo, especialmente desde el punto de vista de nuestra proyección como política exterior. Al Consejo de Seguridad nos ayudó, y considero que debe servir para proyectar los productos y servicios españoles fuera, la imagen de nuestras empresas, que han conseguido contratos muy importantes en el exterior, y también para recuperar la autoestima, porque mal se vende lo que no se aprecia en casa. Los españoles tienen que saber lo que somos, lo que hemos sido y lo que queremos ser. 

F.F.S.: Desde esa perspectiva, Kevin Rudd nos contaba que la buena actuación de empresas españolas como Navantia –a la cual su gobierno acaba de confirmar nuevos encargos– ha sido una carta de presentación que ha generado una reputación corporativa muy positiva del país. ¿Por qué entonces no se aprovecha esta imagen de una forma más coordinada?

J.M.G-M: Esa es exactamente la finalidad de Marca España, que nace como un proyecto que es de todos los departamentos, de todas las Administraciones –no solo la central– y de toda la sociedad española, porque ese es un esfuerzo de unir voluntades, crear sinergias y multiplicar efectos. Eso es Marca España. Lo que sucede es que, con los medios que hemos tenido, realmente era difícil conseguir más, pero la idea que subyace es la de poner a todos esos actores a trabajar, implicar a todos los recursos de la nación –desde nuestro patrimonio histórico, gastronómico, nuestra fuerza deportiva, nuestros cooperantes, nuestras fuerzas armadas, nuestras empresas…–; en definitiva, a todo lo que puede hacer atractivo un país. 

A pesar de la escasez de recursos, sí creo que ha tenido efectos. En materia de turismo, donde la marca es muy potente, estamos batiendo récords históricos cada año, y lo más importante es que el 86% de los que vienen, vuelven. Esto quiere decir que comprueban in situ que lo que se les ha proyectado a través de la marca efectivamente es así. Podemos hacer toda la publicidad que queramos de nuestros astilleros navales, pero al final cuando aparece un barco en Australia y ven que eso funciona bien y que se ha entregado a tiempo, no hay mejor tarjeta de presentación.


 Entrevista con José Manuel García-Margallo Marfil, ex ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación del Gobierno de España.

Publicada en Executive Excellence nº137 marzo 2017.

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