En su última conferencia el 4 de abril en la Fundación Rafael del Pino, institución de la que también es miembro del Consejo Asesor, el profesor Donges rebatió con firmeza los argumentos antiglobalización. El Catedrático apeló a la “pedagogía de realismo” para explicar y poner en valor “los hechos contrastables”, fruto de la globalización económica, que se han traducido en mayores niveles de crecimiento para los países.

Donges reclama un mayor esfuerzo, por parte de los políticos y los medios de comunicación, para corregir las percepciones negativas y refutar creencias erróneas. Una de ellas, la concepción de que el neoliberalismo es la causa de todos los males, “cuando quienes lanzan este tipo de críticas no saben lo que es el liberalismo”. 

A través de la siguiente conversación, esperamos contribuir a ir despejando esta y otras muchas dudas y falacias.

FEDERICO FERNÁNDEZ DE SANTOS: El Institute for International Economics en Washington DC, de cuyo advisory commitee usted formaba parte, publicaba en 1997 el libro de Dani Rodrik: Has globalization gone too far? El primer párrafo resulta muy familiar: “Las huelgas, a finales de 1995, dirigidas a revertir los esfuerzos de reducción de déficit del gobierno francés para cumplir los criterios de Maastrich, llevaron al país a sufrir su peor crisis desde mayo del 68. En el mismo periodo y en los Estados Unidos, un prominente candidato republicano llevaba a cabo una vigorosa campaña para la presidencia sobre la base de un fuerte nacionalismo económico, prometiendo levantar barreras al comercio internacional y mayores restricciones a la inmigración… Estos eventos, aparentemente no distanciados, tenían un elemento común: la presión sobre las sociedades que la integración internacional de los mercados de bienes, servicios y capitales genera en sus prácticas tradicionales, y como consecuencia amplios espectros de sus sociedades les presentaban batalla”. Han pasado ya 22 años desde entonces, pero parece que todo vuelve a repetirse…

JUERGEN B. DONGES: A esto se podría añadir que entonces, como ahora, hubo fuertes manifestaciones callejeras frente a todo lo relacionado con el comercio internacional (como el TTIP), con las cumbres de la Organización Mundial del Comercio, las del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, o incluso a finales de los años 90 una en el Foro Davos… Lo que hoy difiere es que, si entonces los gobiernos se mostraron bastantes firmes en sus planteamientos promercado, procompetencia y prolibertad de comercio internacional –aunque siempre ha habido proteccionistas, como Newt Gingrich–, actualmente ceden ante el ruido de la calle, empezando por el gobierno francés de Hollande, quien afirmó hace poco que el TTIP no era interesante. 

Lo que ahora llamamos globalización lo llevamos viviendo desde hace décadas. Cuando en 1969 me incorporé al Instituto de Economía Mundial de Kiel, ya entonces se trabajaba en analizar cómo los países europeos teníamos que adaptarnos a los esfuerzos de industrialización de los países menos desarrollados. Sabíamos que tanto europeos como norteamericanos no permaneceríamos solos, pues otros países también deseaban avanzar y mejorar su situación. Como en todos los mercados donde hay competencia, quienes están establecidos no pueden tener garantizadas sus cuotas. Lo que hoy es nuevo, respecto de 1969, es el término de globalización, acuñado desde el entorno de los politólogos y filósofos. 

F.F.S.: ¿Por qué está pasando esto? 

J.B.D.: Estamos frente a dos fenómenos, uno que denominaría de psicosis y otro ideológico. Los psicólogos emplean el término disonancia cognitiva, que se podría definir como una experiencia psicológicamente desagradable, provocada por la inconsistencia entre actitudes y comportamiento, que se acompaña de sensaciones de inquietud e implica que los seres humanos estemos acostumbrados a valorar cosas parecidas de diferente manera. Si lo extrapolamos a los precios, todos somos conscientes de que la bajada del precio de la gasolina no aporta una reacción equivalente a la subida, que criticamos vigorosamente. Igual ocurre con la globalización. 

La sociedad, ante el cierre de una fábrica por la competencia asiática genera una valoración negativa, mientras que consideramos normal, y no equivalentemente positivas, todas las mejoras continuadas que hemos ido experimentando desde hace años.

En el sector doméstico de la economía, donde también ha existido una racionalización de la mano de obra, aplicamos una visión sesgada. Esta racionalización se produce, en parte, como causa de las políticas de subidas salariales, donde los incrementos de sueldo a personas de baja productividad provocan que las empresas, tarde o temprano, reaccionen y acaben sustituyendo mano de obra por capital. Sin embargo, cuando este proceso ocurre en un país, no se critica de la misma forma. 

F.F.S.: Además, nos encontramos en un entorno donde ideológicamente los detractores de la globalización forman “extrañas alianzas”.

J.B.D.: Ya ha habido, como menciona, fuertes movilizaciones antiglobalización en el pasado pero, repito, parece que nuestros líderes políticos le han cogido miedo a la actual alianza antiglobalización de la que forman parte grupos tan diversos como los populistas de la ultraderecha (Marine Le Pen, entre otros) y de la izquierda radical (en España, Pablo Iglesias), los activistas de ONGs con una difusa animadversión al capitalismo (Attac, Oxfam, Greenpeace), dirigentes sindicales y de organizaciones sociales desconcertados respecto de la vulnerabilidad de los ciudadanos ante la rapidez de los cambios tecnológicos, los infatigables defensores del consumidor que rechazan los alimentos elaborados genéticamente, los ecologistas con ideología intransigente –siempre dispuestos a oponerse a todo– y hasta numerosos altos dirigentes de las iglesias cristianas, que desconfían de la economía de mercado. Tampoco podemos olvidarnos de determinados grupos de interés, de espíritu egoísta, que defienden sus beneficios particulares a costa de los demás (rent-seekers y rent-defenders), como el sector agrícola, empresas domésticas centradas en licitación pública o industrias culturales. ¡Toda una alianza nefasta! 

F.F.S.: El embajador español en París, Ramón de Miguel, nos comentaba que los países grandes y periféricos de la UE, como España y Reino Unido, siempre fueron más “pro free-market”, en comparación con otros “restrictivos”, como Francia o Alemania. ¿El Brexit puede convertir a la Unión Europea en un entorno menos proglobalización?

J.B.D.: Espero que no. En primer lugar, el Brexit como tal no va a afectar tanto a la globalización. Los partidarios británicos se han dejado seducir por la actitud nacionalista y xenófoba de sus portavoces y ven ahora con buenos ojos cómo la primera ministra, Theresa May, busca una desconexión dura del país de la UE. El que la mandataria británica declare su intención de convertir el Reino Unido en un baluarte del libre comercio es, a todas luces, engañoso, porque el camino que piensa emprender es el de configurar bilateralmente con otros países acuerdos preferenciales de comercio, lo cual inevitablemente supondría una discriminación arancelaria de países terceros, algo contrario a las reglas de la OMC. No se afianza un orden económico multilateral y liberal resquebrajándolo. 

No sé si esto va a funcionar, porque el Brexit también tiene consecuencias importantes para otros países. Históricamente, Reino Unido ha sido esencial para hacer frente a las ideas de Colbert que aún se mantienen en Francia. Esta balanza, con el Brexit, se desequilibra y habrá que ver si Alemania se queda “sola”. Se da muy poca importancia en el debate público a esta situación, y me sorprende que el embajador le haya dicho esto, insinuando que Alemania no es pro mercado, cuando de hecho lo es. Es un problema muy relevante en relación a qué corriente de pensamiento se termina imponiendo dentro de la Unión Europea. La corriente de pensamiento francesa L’etat c’est moi continúa existiendo, y es llamativo que critiquen a Trump, cuando son ellos los principales críticos con el TTIP, con el CETA u otros acuerdos.

F.F.S.: De esta alianza pueden considerarse correligionarios los norteamericanos, en cierto sentido. ¿Cómo ve al presidente Trump?

J.B.D.: Es un actor inquietante en el escenario antiglobalización. Sus planteamientos de autarquía económica, que viene esgrimiendo bajo los eslóganes de “America first” (“América es lo primero”) y “Buy American and Hire American” (‘Comprad productos estadounidenses y contratad a trabajadores estadounidenses’) son preocupantes. La lista de sus objetivos es larga, incluyendo la retirada del TPP entre numerosos países del Pacífico, dejar de lado un acuerdo transatlántico de comercio e inversiones con la UE, renegociar NAFTA, poner aranceles a China, plantear unos ajustes tributarios en fronteras (aranceles encubiertos), vetos o la ampliación del muro con México (que ya comenzó Clinton). En resumen, proteccionismo puro y duro. 

Nunca ha habido, desde la Segunda Guerra Mundial, un presidente que abogue explícitamente por el proteccionismo y el (mal llamado) patriotismo económico, sin importarle lo más mínimo las consecuencias económicas negativas, no solo para los demás, sino también para su propio país. 

Lo llamativo es que China, de repente, se presente como defensora del libre comercio y la globalización –como hizo el pasado mes de enero en Davos–, cuando de hecho es quien mantiene importantes trabas a la importación y adquisición de empresas nacionales por inversores extranjeros y operaciones con divisas. ¡El mundo al revés! 

Habrá que confiar en que el sistema de pesos y contrapesos (checks and balances), tan eficaz en Estados Unidos, impida al menos un excesivo giro proteccionista de este país y termine convenciendo a Trump de que el comercio mundial no es un juego de suma cero, en el que solo uno gana a costa de otro (neomercantilismo), sino que las ventajas son mutuas (libre comercio).

F.F.S.: Geoffrey Garret, decano de la Wharton School of Economics, escribía lo siguiente en Mercados globales y políticas nacionales: ¿colisión inevitable o circulo virtuoso?: “La creciente exposición al comercio, a la inversión extranjera directa y a la movilidad del capital líquido no han impulsado una penetración de las políticas de trasfondo neoliberal en los países de la OCDE. Una de las razones es que los gobiernos tienen fuertes incentivos políticos para amortiguar las perturbaciones y los riesgos generados por el aperturismo. Además, los países con economías públicas grandes y en expansión, para aumentar sus ingresos, crean impuestos sobre el capital que les permiten equilibrar sus balanzas, sin sufrir fugas de capitales ni aumentos de las tasas de interés”. ¿Qué opina usted? ¿Colisión o círculo virtuoso?

J.B.D.: Hay “colisión” o más bien discrepancia, porque lo que Garret viene a decir es lo que argumentan los detractores de la globalización, entendida como el mal del neoliberalismo. Pero, ¿qué es? Recordémoslo someramente: Fueron, en su época, tres prestigiosos economistas académicos alemanes (Rüstow, Röpke y Eucken) junto con el célebre profesor austríaco Friedrich von Hayek (que en 1974 sería galardonado con el Premio Nobel de Economía), los que a finales de los años 30, en plena dictadura nazi, acuñaron el término de “neoliberalismo” como concepto diametralmente opuesto al de la planificación estatal sin libertades democráticas. La idea era la de tener, literalmente, “un Estado fuerte que garantizara enérgicamente la competencia doméstica y foránea en los mercados, el respeto a los derechos de propiedad privada, la libertad contractual unida al principio de la responsabilidad, la seguridad jurídica y la estabilidad macroeconómica, al tiempo que los gobiernos aplicaran políticas sociales para subvenir a la indigencia”. 

Este enfoque, que los críticos del neoliberalismo obviamente desconocen por completo, fue la cuna científica del modelo de economía social de mercado que Ludwig Erhard implantó tras la Segunda Guerra Mundial en la recién constituida República Federal de Alemania, y que muchos otros países emularon posteriormente, incluida España. Como también es una falacia criticar con un tono peyorativo las políticas económicas aplicadas en nuestros países de ser “neoliberales”, cuando de hecho la tendencia general ha sido su “social-democratización” (con independencia de la ideología que procesara el partido gobernante). Hoy, ninguno de los países de la UE –Alemania incluida– practica el neoliberalismo. Nuestros países tienden a la socialdemocracia. Las transferencias sociales, salarios mínimos, subsidios al desempleo, etc., son contrarias al neoliberalismo. ¡Aproximadamente el 30% de los PIB en los países grandes de la UE se destina a servicios del estado de bienestar! Política neoliberal es ayudar estrictamente a quien lo necesita, y hoy el Estado ayuda a todo el mundo, todos reciben algo. Ahora bien, la evidencia empírica indica que los países avanzados registran un crecimiento económico y de empleo; los gobiernos aplican políticas económicas con arreglo a sus objetivos, los ciudadanos están sensibilizados en temas ecológicos, y el estado de bienestar está muy desarrollado, sobre todo en los países europeos, donde las prestaciones sociales llegan a un 30%, amparando en lo posible a grupos menos favorecidos.

Los países del Tercer Mundo experimentan avances económicos y China, convertida en la segunda potencia económica, junto con las economías emergentes, son el soporte de la coyuntura internacional. La brecha global de renta per cápita norte-sur se ha estrechado, la pobreza baja, sube la alfabetización, mejoran la asistencia sanitaria y la esperanza de vida, y desciende la mortalidad infantil. 

Cuando baja la actividad económica y crece el paro, el origen suele ser por defectos estructurales e institucionales, que incluyen corrupción y malversación de dinero público. 

Al financiarse en mercados de capitales, los Estados se benefician de bajos tipos de interés, siempre que tengan políticas presupuestarias y disciplina fiscal sólidas, como se ha visto durante la crisis de la deuda soberana en la zona euro. Los numerosos acuerdos bilaterales de inversión directa, suscritos por la UE y EE.UU. con otros países, son eficaces para prevenir abusos. Ha habido contenciosos entre gobiernos y empresas extranjeras y, en la mayoría de los casos, los tribunales han dictaminado a favor de gobiernos.

Pero en tiempos de “post-verdad” (post facto) y de tweets, los hechos fehacientes ya no cuentan. Los detractores de la globalización repiten lo horroroso del orden económico liberal para poder atizar así, en la sociedad, temores y desconfianza hacia el mercado, la competencia y el libre comercio. Lenin dijo: “Hay que repetir las mentiras continuamente hasta que la gente se crea que son verdades”. 

Para los populistas, la “post-verdad” es un combustible idóneo y no necesitan de conocimientos económicos. Tampoco aceptan verdades contrastables, como las mencionadas, ni siquiera las que son positivas para ellos, como el hecho de que la globalización económica ha retrocedido tras la crisis financiera global (KOF Index of Globalization del Swiss Economic Institute) o la advertencia del FMI, en sus Previsiones de Otoño, del enfriamiento del comercio exterior, debido en gran parte a los crecientes proteccionismos (WEO October 2016, capítulo II). Por el contrario, sí que les viene bien para citar al Nobel Stiglitz, quien ha criticado la globalización económica, pero no citan a otro Premio Nobel, Angus Deaton, que la alaba. Se aprovechan de nuestras formas de percepción sesgadas (“disonancia cognitiva”). 

La “post-verdad” también arremete con postulados falsos contra lo que llaman “neoliberalismo”; término de agit-prop del que los populistas se sirven para todo aquello que no les guste económica y políticamente. 

F.F.S.: ¿Qué consecuencias tiene la demonización del liberalismo?

J.B.D.: Solo con políticas socialdemócratas desvirtuaremos los incentivos individuales, que acaban creando problemas de competitividad internacional. Ni los chinos, ni los hindúes, ni los brasileños se frenarán frente a nosotros con nuestras transferencias y subsidios. De ahí las continuas discusiones sobre cómo reformar el estado de bienestar, pues una percepción bastante extendida entre los economistas –entre los que me incluyo– es que se ha llegado a una situación desmesurada, no solo porque no se puede financiar, sino por su negativo efecto sobre los incentivos para los jóvenes a formarse profesionalmente, para los trabajadores en paro a buscar un nuevo empleo y para muchos ciudadanos a asumir su responsabilidad de configurar su propio porvenir.

La globalización genera competencia internacional, y esta es el “elixir” de la economía de mercado. La competencia obliga a las empresas a innovar continuamente. Ocurre lo mismo que en el deporte: un equipo sin competencia, no dará lo mejor; en cambio quienes compiten se ven obligados, para mantener su liderazgo, a innovar, entrenar y esforzarse. 

Con los gobiernos, sucede igual. La competencia internacional influida por las corrientes de capitales, obliga a los gobiernos a diseñar de una forma racional sus políticas, y quienes mejor lo hacen más inversión y riqueza atraen. 

Esto no significa estar en contra de las políticas sociales; más bien, al contrario. En la globalización hay “perdedores” que deben ser ayudados, y para hacerlo tenemos ejemplos como los de Holanda, Finlandia o Suecia, que saben cómo gestionar las políticas sociales, de tal forma que no se distorsionen los comportamientos de los individuos y de las empresas a la hora de asumir sus propias responsabilidades. 

La asimilación de la responsabilidad personal –algo muy importante– comienza el día que se deciden los estudios profesionales. A mis universitarios siempre les he explicado que tienen el derecho de estudiar lo que deseen, pero que han de pensar en los réditos que pueden obtener. Si alguien proviene de una familia adinerada, puede permitirse el lujo de estudiar cualquier cosa; pero si quieren trabajar y utilizar los conocimientos adquiridos durante una carrera, deben reflexionar sobre su elección. El mercado de trabajo tiene dos partes, quienes buscan y quienes ofrecen; y estas dos partes han de encajarse y ser compatibles. 

F.F.S.: ¿Qué políticas deberían implantar o perfeccionar nuestros gobiernos para fomentar el crecimiento?

J.B.D.: Hay dos aspectos importantes para que la globalización proporcione los resultados deseados. Es de gran importancia todo aquello que elimine –o al menos aleje– los obstáculos para la creación de empresas, para la innovación en ellas o  para la inversión en capital fijo. Hay que fomentar el emprendimiento. Estas políticas estarían dentro de lo que llamamos políticas de oferta, generando un marco afable para la actividad, y que este sea duradero. 

Pero por otro lado, y para mí es la clave de casi todo, se han de implantar buenas políticas educativas. Nosotros no podemos competir con los países poco desarrollados en materia de salarios y precios; solo podemos competir en materia de productos con mucho valor añadido, intensivos en tecnología…, resumiendo: productos intensivos en conocimiento. En el mundo de la digitalización, esas características de conocimiento y capacidad –ese skill premium– se hacen mucho más exigentes. Hay que dejar de ideologizar las políticas educativas, como lamentablemente ocurre en muchos de nuestros países. 

Desde Educación Infantil, se han de sentar las bases para tener capacidad de adquirir conocimientos. 

Ya dentro de las propias empresas, la Formación Profesional y la Educación dual –que en Alemania funciona muy bien, y es la fuente de mano de obra para la industria exportadora– son posibilidades que debemos proporcionar a los jóvenes. Si hacemos esto, veremos los efectos positivos. Siempre existirán casos de perjudicados, pero también debe haber políticas sociales para aquellos que de verdad lo necesiten.

F.F.S.: Si ponemos el foco en España, en el anterior número nuestro ex ministro de Asuntos Exteriores, García–Margallo, nos explicaba que desde la entrada en la UE los salarios de los españoles se han triplicado y el PIB también se ha incrementado; aunque hoy algunas voces ensombrecen estas consecuencias positivas.

J.B.D.: Cuando desde el Instituto de Economía Mundial de Kiel comenzamos a estudiar el futuro de la economía mundial –allá por los años 70–, empecé a interesarme por el desarrollo económico de España. Era un país identificado como potencial emergente, aunque en aquellos tiempos no utilizásemos estas palabras. 

Publiqué en 1976 un libro bajo el título “La industrialización en España” donde analizaba el país desde la autarquía,  que duró hasta el año 58-59, y cómo después, con el plan de estabilización de 1959, España comenzó a abrirse poco a poco. Si analizamos el período de la autarquía, y lo comparamos con los períodos en los cuales se establecieron los acuerdos de comercio preferencial con la UE, y posteriormente con el ingreso de España en la Unión y en el Mercado Común Único, se pueden comprobar los efectos positivos de esa apertura para el país. Quizás todavía algunos añoren al coche 600 –y es que durante mucho tiempo únicamente había 600–, pero hoy las empresas españolas que antes solo miraban al mercado interior son multinacionales. No me refiero exclusivamente a la banca, sino a empresas como Zara, un ejemplo de que con visión, determinación y libertad, se puede triunfar empezando desde abajo.

De modo que coincido con García–Margallo en que la apertura siempre viene bien para aportar crecimiento. Cuando se frena el incremento del comercio internacional, también se frena el aumento del PIB. Esto debilita el progreso económico en los países avanzados y reduce su competencia internacional, algo que tarde o temprano tendrá su impacto en la productividad local. Es necesario entender que si nos privamos de un instrumento tan importante como el acicate que genera la competencia, tendremos siempre un competidor que nos pise el terreno. El populismo nunca lleva el esfuerzo por bandera. 

Además, el proyecto de la Unión Europea no es solo importante desde la perspectiva económica. Personalmente he vivido un periodo de paz que mis antecesores nunca disfrutaron, y espero que mis hijos y nietos también lo disfruten. Aunque solo fuera para mantener esa paz, valdría la pena la UE. Es por ello que no entiendo a eurófobos como Marine Le Pen o Pablo Iglesias. 

Tengo buenos amigos en Francia que, independientemente del partido o la tendencia, lamentan que por ese concepto de aislarse, de no querer integrarse ni aprender de otros, el país haya perdido el tren tecnológico. Incluso en España la industria del automóvil está mejor que en Francia. Cuando se visita la factoría de Volkswagen en Pamplona, uno se da cuenta de que está en un centro altísima productividad; de hecho, el más productivo de la marca en Europa.

F.F.S.: Sin embargo, el ejemplo de EE.UU. refleja que el populismo va alcanzando cotas de poder…

J.B.D.: Centrándonos en el caso de EE.UU. y en la pérdida de industrialización, podemos comprobar que la desinformación está muy extendida. El proceso de desindustrialización norteamericano ocurrió hace 30 años; es decir, es anterior a Trump, a Obama, a Bush…, y fue causado por los cambios en la economía internacional. Por ejemplo, Alemania perdió su industria textil, siderúrgica y naval. 

Hay que entender que por muchos aranceles que se apliquen a importaciones asiáticas, no se van a recuperar puestos de trabajo en la minería ni el acero, a no ser que se cierre totalmente la economía y se dirija a la autarquía. De hecho, ya empiezan a verse las primeras resistencias, pues EE.UU. tiene una gran industria exportadora, sobre todo en alta tecnología. Estos entornos se muestran preocupados por las posibles contrapartidas restrictivas que se pudieran producir. Incluso Wall-Mart es consciente de que las clases medias americanas van a comprar a su cadena productos importados, muchos de ellos chinos, porque son baratos. Sin ellos, perderían gran parte de la clientela. En definitiva, las personas no van a comprar esos productos por aprecio, sino por precio. 

A veces es difícil entender a quiénes se dirigen los populistas, pero está claro que estos aspectos no les preocupan. Son antisistema y su objetivo a largo plazo es acabar con él y con las libertades individuales que encarna. Por ello es tan importante hacer pedagogía de realismo y terminar con esas falacias que claman al cielo.

Se puede pensar que existe competencia desleal, que la hay, como es el dumping; pero también contamos con instrumentos que sancionan estas prácticas, como la Organización Mundial de Comercio. Además existe la posibilidad de poner aranceles antidumping, aunque sea algo complejo y que requiera tiempo. También puede producirse una avalancha de competencias en ciertas regiones, ya de por sí débiles, y habrá que implementar procesos compensatorios. Una cosa es actuar ante una situación compleja y que hay que solucionar, y otra muy diferente es restringir por principio el comercio internacional, el movimiento de capitales o la inmigración. 

Lo cierto es que la industria alemana está encantada en China, donde ya está invirtiendo, dado que el mercado es prácticamente ilimitado. Los españoles pueden hacer lo mismo. Se trata de una vía de doble dirección, es decir, si una compañía china quiere comprar a otra dentro de la UE, tendremos que aceptarlo. El riesgo es que, ante estas adquisiciones, es frecuente que se agreguen objetivos “políticos” o de diversa índole –tales como influir en la política nacional–, que son una muestra más de ese populismo del que hablamos; cuando en realidad las empresas adquieren otras empresas para ganar dinero, así de fácil. Lo que sí debemos garantizar es la aplicación de las mismas reglas de juego para cualquier empresa que quiera establecerse en España o Alemania, con independencia de su origen. No hay que otorgar privilegios ni ofrecer subsidios ni apoyos públicos a las empresas chinas, un error en el que caen muchos gobiernos.

F.F.S.: Como conclusión, ¿qué cabe esperar en este contexto tan complejo?

J.B.D.: En primer lugar, la globalización económica va a continuar y cada vez serán más los países que quieran integrarse en la división internacional, elevando sus niveles de desarrollo. Además, las tecnologías modernas aumentarán la movilidad geográfica del capital y de las personas cualificadas. Este incremento es positivo, pues desplaza las barreras de crecimiento e impone raciocinio a las políticas económicas. 

Los países avanzados pueden asumir el reto de una intensa competencia global mediante una dinámica de innovaciones por parte de las empresas, a través del esfuerzo de las personas por una formación continua, y con un buen sentido de la responsabilidad individual en las actividades desempeñadas. 

En definitiva, la globalización económica es una bendición. Debemos contrarrestar las seducciones de la “post-verdad” y hacer pedagogía de realismo. Dar confianza a todos los grupos sociales ayudará a que estos aprovechen las oportunidades de un mundo económicamente integrado. Ante America first, hay que responder: Globalization first.


 

Entrevista con Juergen B. Donges, Catedrático Emérito de la Universidad de Colonia y exdirector del Instituto de Política Económica y del Otto Wolff Institute for Economic Studies, en Colonia (Alemania).

Publicado en Executive Excellence nº138 abril 2017.

Fotos de Daniel Santamaría

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