Multitud de trabajos empíricos han demostrado el aumento creciente de la desigualdad en Estados Unidos y otras áreas desarrolladas desde finales de los años 70. Sin embargo, hasta 2016 no había ninguno que dispusiera de datos sobre distribución de renta y riqueza desde 1774. 

Jeffrey G. Wiliamsom y Peter Lindert publicaron el año pasado el libro ‘Ganancias desiguales: Ingresos Americanos desde el siglo XVII’. La obra analiza estos datos desde el lado de la renta, un enfoque que permite desafiar las estimaciones bajo la perspectiva de la producción y, además, detallar la distribución de los ingresos por clase socioeconómica, raza y género, así como por región y ubicación urbana o rural. 

Peter Lindert es uno de los mayores expertos del mundo en el ámbito de la desigualdad, y lleva años estudiando, desde un punto de vista económico, las causas y efectos de la redistribución fiscal moderna. 

En la conferencia The Rise and Future of Progressive Redistribution que pronunció recientemente en la Fundación Rafael del Pino, el economista insistió en que el gran reto en términos de desigualdad es cómo afrontar las consecuencias del envejecimiento poblacional. Un reto especialmente significativo en el que muchos países han fracasado. 

FEDERICO FERNÁNDEZ DE SANTOS: El filosofo de Oxford Isaiah Berlin sugirió que los pensadores podrían dividirse en dos categorías: los erizos que saben mucho de una cosa, y los zorros que saben de muchas cosas. Usted compara el trabajo de Thomas Piketty con el del erizo y, aunque muestra admiración por su trabajo, señala que no respalda su visión sobre las leyes del capitalismo. ¿No cree, como afirma Piketty, que las desigualdades continúen ampliándose hasta llegar al mismo punto en el que estaban en el siglo XIX?

PETER LINDERT: Thomas Piketty forma parte del equipo de investigación que ha desarrollado los archivos empíricos sobre la distribución de los ingresos en diferentes países. Él y su equipo buscan datos que se remontan hasta el siglo XVIII, evaluando la riqueza y el patrimonio de los pueblos de los países capitalistas más grandes, y de nuevos países emergentes como India y China. Me parece un trabajo muy interesante y soy un gran admirador de la labor que están realizando. 

Sin embargo, Piketty tiene una visión muy particular de cómo entender la sociedad en función de la relación que existe entre el nivel de retorno del capital y el de crecimiento económico. Esta idea es la base de todo su trabajo, y por eso yo lo defino como el erizo de la fábula. Particularmente no encuentro muy útil su argumentación, ya que pienso que no tiene valor predictivo; no podemos saber si la sociedad del futuro va a tener este condicionante o no. 

Reconozco que los pies de página del libro son excelentes, están llenos de sabiduría y de buenas ideas; pero creo que, en muchos casos, se alejan de su argumento central, que se basa en aplicar una alta tasa impositiva a las clases altas.  

Desde la perspectiva del zorro, Piketty es parte de un grupo de grandes investigadores que incluye al fallecido Sir Tony Atkinson y Emmanuel Saez Gabriel Zucman, ambos de la Universidad de Berkeley, quienes desarrollaron una base de datos sobre la distribución de los ingresos en diferentes países el mundo (Income distribution in countries around the world) que es un ejemplo magnifico de un buen trabajo empírico. Es un trabajo admirable porque sus estándares científicos son muy elevados y transparentes.

Ahora bien, que las clases adineradas tengan que asumir impuestos elevados me parece otro tema completamente diferente. Sin embargo, ellos han sido capaces de mantener ese trabajo empírico. Por eso, repito que soy un gran admirador de su labor, aunque no encuentre conexión entre retorno y nivel de conocimiento.

Pero volviendo a la pregunta de si alcanzaremos de nuevo los niveles de desigualdad que existían en el siglo XIX, creo que es imposible volver a esa situación porque hoy en día la sociedad es completamente distinta. Ahora todo el mundo tiene una voz política, y eso es algo que no ocurría el siglo XIX. Entonces, incluso siendo una democracia, sólo podían votar los propietarios. Era necesario demostrar un cierto nivel de propiedades o ingresos para tener derecho al voto. Además, era frecuente que en los países no democráticos existiesen personas de un gran poder político, dada su proximidad al poder. 

Estoy convencido de que no volveremos a esa situación. Incluso los entornos dictatoriales, cómo puede ser China, son hoy conscientes de que se les puede expulsar del poder. Las autocracias tienen una expectativa de vida limitada y deben prestar mucha atención a los intereses de la población. 

F.F.S.: Estados Unidos es uno de los países con mayor nivel de desigualdad después de China y Singapur. Dicho así, esto parece una paradoja. ¿Cuáles son las causas? ¿Y las alternativas?

P.L.: Las causas de la desigualdad son consecuencia de la ideología, de las tendencias tecnológicas y de la globalización económica. China y Singapur, aparentemente, no intervienen en la acumulación privada de riqueza, pero en realidad está muy regulada. Sin embargo, en Estados Unidos este asunto está menos controlado.  

Pero, ¿cómo se relaciona la desigualdad con el crecimiento? Depende de la existencia o ausencia de políticas alternativas. ¿Existe otra política que ofrezca o pueda crear un entorno más igualitario? Evidentemente, existe; es más, los países que históricamente han aprovechado la existencia de grandes gobiernos para que estos se asegurasen de que no hubiese pobreza o grandes desigualdades, han conseguido además buenos resultados respecto del crecimiento económico. De hecho, la existencia de grandes gobiernos no ha deteriorado el crecimiento económico, como muchos argumentan. 

F.F.S.: Pero, ¿no es cierto que existen consecuencias negativas con los incentivos que acompañan a los grandes presupuestos, de grandes de los gobiernos, más aún si esto acompaña a niveles elevados de impuestos? 

P.L.: Cuando se dan las circunstancias que describe, no hay pruebas de que existan efectos negativos sobre el crecimiento económico. Los grandes gobiernos no actúan sin pensar. Es habitual que las corrientes conservadoras utilicen estos argumentos para desacreditar a los grandes gobiernos,  pero no es cierto que se impongan elevados niveles impositivos a los ricos, o que se repartan el dinero (los gobiernos y quienes están próximos a ellos) o que se entreguen recursos a personas improductivas. Si analizamos el modelo de los países del norte de Europa, todos ellos con gobiernos grandes y altas políticas de reparto unido a elevadas tasas impositivas, vemos que no ocurre esto. Tienen, además, programas inteligentes, invirtiendo en políticas que incrementan la productividad de los ciudadanos. Más aún sus sistemas de Seguridad Social se parecen mucho a cómo deberían ser los seguros ordinarios. El objetivo de todas estas iniciativas que ponen en marcha es, al menos, mantener la productividad del país, si no incrementarla. 

F.F.S.: Este buen hacer que impera en los países del norte de Europa parece tener una relación muy directa con la educación. En Alemania, por ejemplo, el 40% de los jóvenes optan por la Formación Profesional. Planteada de esta forma, ¿es la educación un arma contra la desigualdad?

P.L.: Evidentemente, aunque no voy a decir que este planteamiento sea la principal respuesta a la desigualdad, considero que los alemanes han creado un buen modelo educativo que debería ser imitado por otros países. 

El sistema alemán se basa en la capacidad de identificar las necesidades que la sociedad y la economía van a tener en los próximos 25 o 40 años, para después intensificar la formación en estas áreas. Un tema que hay que corregir es que, si bien esto puede funcionar muy bien a la hora de aumentar la productividad, es necesario que la sociedad otorgue a las personas el reconocimiento social adecuado; si no, estas personas seguirán siendo consideradas como “mecánicos” que no pudieron estudiar una carrera, en vez de miembros productivos con vocación para hacer lo que hacen. 

Comparado con otros países, el caso de Alemania está teniendo mucho éxito, algo que no soy capaz de comprender, pues se trata de un sistema muy rígido que determina el futuro profesional desde una edad muy temprana. Desde primaria los niños ya tienen que elegir entre ir a una escuela vocacional que les prepara para alguna ocupación manual, cursar una carrera media o acceder a una educación superior que les permitirá acceder a la universidad. 

En varias ocasiones me he preguntado cómo es posible que funcione este sistema, como es posible que consigan adelantarse a las demandas industriales y que la formación que imparten a los jóvenes no se quede obsoleta. También me llama la atención que sean capaces de mantener una relación equilibrada en cuanto al género a lo largo de todo el proceso. Pero ante estas preguntas, los alemanes siempre contestan que funciona. 

Lo cierto es que Alemania hace un excelente trabajo en el ámbito educativo y, aunque no es una solución global para reducir la desigualdad, creo que el sistema está muy bien planteado. Estados Unidos, y muchos otros países, deberían tomar ejemplo. 

F.F.S.: Aunque la globalización es buena a largo plazo, ya que genera riqueza, si nos focalizamos en las desigualdades que genera podemos llegar a demonizarla. ¿Como se pueden evitar los aspectos negativos como la pérdida de trabajo que generará la robotización o la pobreza de las personas mayores?

P.L.: Por lo que sabemos, la eliminación de puestos de trabajo va a continuar. No podemos predecir cuáles van a ser las tendencias tecnológicas, pero debemos empezar a prepararnos para afrontar las desigualdades que va a generar la tecnología, que sin duda serán intensas. 

F.F.S.: ¿Como debería responder la sociedad ante estos cambios? 

P.L.: Lo ideal sería que la población adoptase un papel activo ante los cambios que se avecinan. Personalmente, no estoy de acuerdo con las teorías sobre políticas de renta mínima garantizada que se han puesto de moda en los últimos años. Este tipo de políticas hacen que las personas se acomoden, ya que son conscientes de que, hagan lo que hagan, tienen unos ingresos garantizados. Además, la crisis ha hecho que estos ingresos mínimos, cuando existen, sean cada vez más elevados y esto sin duda generará grandes conflictos a largo plazo. Sería mucho más productivo destinar parte de los presupuestos públicos a incentivar el rendimiento profesional de las personas, invirtiendo sobre todo en salud y educación, Especialmente esta última es vocacionalmente relevante. A día de hoy, he de decir que la sociedad no está haciendo lo suficiente al respecto.

Tal y como le comentaba antes, creo que el sistema educativo americano es, en general, bastante ineficaz. Sin embargo, hay una práctica que sí considero eficiente, ya que es muy parecida a lo que se hace en Alemania. Me refiero a los Community College. Son centros públicos considerados como el punto de partida para entrar en la Universidad, donde los estudiantes reciben una sólida base de conocimiento general antes de especializarse en un área concreta. Además, y esto es lo interesante, ofrecen cursos de reciclaje profesional a personas con edades comprendidas entre los 30 y 40 años.  Es sorprendente los resultados que obtienen estos “mayores” cuando realizan los cursos de reciclaje. Están tan motivados que no les importa estar rodeados de jóvenes de 17 años. Este tipo de iniciativas son extremadamente necesarias en un sistema que no destaca por la calidad de la educación que ofrece a los adolescentes. Invertir en personas es el tipo de gasto social que, aunque requiere un importante esfuerzo de los presupuestos, es productivo y a medio plazo repercute en el crecimiento económico.  

Poniendo en marcha acciones de este tipo, podremos adelantarnos a los problemas que generan la globalización. Eso sólo se consigue invirtiendo en formación y consiguiendo una productividad que permita generar unos ingresos medios superiores a la media global. No se pueden tener ingresos superiores a la media global en un país que, en sus escalas sociales más bajas, tiene un nivel de productividad inferior a la media (global). 

Por eso, y contrariamente a lo que plantea Donald Trump, nunca se pueden poner barreras al comercio. Es difícil concebir una idea peor que la del presidente estadounidense cuando aboga por crear tarifas para la importación de determinados productos, como los que proceden de China. 

F.F.S.: El profesor Michael Porter, que también aparece en este número, nos habla de la importancia del Shared Value. ¿Qué opinión le merece esta teoría?

P.L.: Es una hipótesis que tiene una importante repercusión, sobre todo viniendo de donde viene, aunque yo tengo mis dudas por razones puramente empíricas. Si las corporaciones fuesen capaces de gestionar los problemas sociales, y se convirtiesen en agentes sociales de cambio, capaces de aumentar la productividad, ¿porqué seguimos hablando de ello como una posibilidad en el año 2017?  Porque todavía no ha ocurrido. Las corporaciones han tenido esa capacidad durante siglos, pero todavía no se ha generalizado ese desarrollo del concepto de Valor Compartido. Es lo mismo que decir que la caridad privada es el camino para  eliminar la pobreza, en vez de la acción de los estados. 

Me resisto a creer que los gobiernos sean más ineficientes que las empresas. Lo que ocurre es que los gobiernos tienen tareas diferentes; y por supuesto, no creo que estén incapacitados para resolver determinados problemas sociales. 

Si entrevistásemos a ejecutivos que ocupan cargos de nivel medio en diferentes corporaciones multinacionales y les preguntásemos cuáles son los mejores gobiernos, la respuesta sería clara. De hecho, sería como la recoge Transparency International en sus percepciones sobre la corrupción. Los gobiernos limpios son los más eficientes. Los países que invierten en políticas sociales y, además, están exentos de corrupción, son los más eficientes. Por eso, estoy en contra de la idea de que los gobiernos son más ineficientes que la iniciativa privada a la hora de resolver determinados problemas. 

F.F.S.: ¿Por qué el populismo está teniendo tanto auge, especialmente el países donde hay grandes problemas sociales?

P.L.: Existe unidad de criterios en este aspecto: el resentimiento. Muchas personas están resentidas porque sienten que el mundo las está dejando atrás, mientras otros son recompensados… y tienen toda la razón al pensar esto, porque es cierto. Esta situación de “abandono” está muy relacionada con la desigualdad. Lo malo es que si estas personas tienen más de 50 años, poco se puede hacer por ellas, al margen de aportarles asistencia y apoyo moral. 

En cambio si fuesen más jóvenes, podríamos plantearnos aportarles formación de manera que pudiesen estar por delante de los crecientes requisitos que exige la economía global.

Es un hecho innegable que la sociedad no les ha prestado suficiente atención, ni tampoco ha invertido en ellos de forma conveniente. Por otro lado es evidente que no podemos volver a abrir las fábricas donde trabajaban, tal y como eran hace 20 años. Al mismo tiempo, tampoco se pueden limitar la entrada en el país de bienes extranjeros. Esta es situación, la de los mayores de 50 años con poca capacitación, tiene difícil solución por mucho que se invierta en ella. Por eso, si queremos describir a quienes están en el centro de las protestas populistas, descubriremos que se trata de hombres blancos, desencantados y mayores (sobre todo en UK o EEUU). Teniendo en cuenta que son personas mayores, se les puede ayudar valorándolos como ciudadanos valiosos, pero no se les puede reeducar y dar una nueva formación, y para ellos no es un consuelo que se esté ayudando a sus hijos o nietos para que nos le ocurra lo mismo. 

F.F.S.: Tal y como está evolucionando la sociedad, lo más probable es que se generen graves problemas a medida que se va invirtiendo la pirámide poblacional. ¿Cuáles son los retos más complejos a los que se enfrenta la redistribución social de la riqueza en nuestra sociedad?

P.L.: Indudablemente, el peligro más evidente al que se enfrenta el gasto social progresivo proviene del envejecimiento de la población. Vivimos en una sociedad donde el poder político de esta parte de la población no hace más que crecer. Algunos analistas denominan a este movimiento el “poder gris”. En breve, este poder representará un riesgo real, y grave.

Todas las poblaciones, excepto la africana, están envejeciendo a más velocidad de lo que se prolongan las carreras profesionales. 

Este envejecimiento de la población es consecuencia del aumento del periodo de edad adulta que se vive como jubilado. Cada vez somos más longevos, y viviremos todavía más a medida que vaya mejorando la sanidad y vaya avanzando la medicina. 

Además, y quizás en respuesta a ese poder “gris”, la política se está reorientando, a costa del resto de los grupos de edad, hacia la ayuda a estas personas mayores, con el objetivo de mantenerles por encima del nivel de la pobreza. Es algo tremendamente evidente en los países de la OCDE. 

El crecimiento del periodo de vida que transcurre tras la jubilación hará que se reduzcan los niveles de consumo de esta parte de la población, sobre todo porque el consumo de los retirados no va  a poder ser contrarrestado por los ingresos medios de aquellos que continúan trabajando. 

Lo peligroso de este asunto es que son muy pocos los países que han ajustado sus políticas económicas y sociales a esta situación. Quienes envejecen, el poder gris, amenaza con erosionar lenta pero inexorablemente la progresividad del gasto social en niños, jóvenes y adultos por debajo de los 65 años. Si se erosiona seriamente el gasto en estos grupos, se erosiona el crecimiento económico y a la redistribución social. Entraremos en un circulo vicioso difícil de solucionar. 


 Peter Lindert es presidente de Economic History Association y catedrático de Economía de la Universidad de California. 

Entrevista publicada en Executive Excellence nº142 oct. 2017. 

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