Con motivo de la presentación de su último libro –publicado por Deusto, Value School y el Instituto Juan de Mariana– 'Progreso. 10 razones para mirar al futuro con optimismo', el ensayista económico sueco Johan Norberg pronunció una conferencia en la Fundación Rafael del Pino. Activo conferenciante internacional, Norberg colabora habitualmente con medios globales y es columnista en el periódico Metro. Sus trabajos tratan sobre el emprendimiento, la libertad, la economía y la globalización. Es miembro del consejo de la Sociedad Mont Pelerin de Suiza, experto del Cato Institute de Washington y senior fellow del European Centre for International Political Economy de Bruselas. Ha escrito quince libros, de los cuales en España se han publicado En defensa del capitalismo global (Unidad Editorial, 2005) y Fiasco Financiero: Cómo la obsesión de los americanos por la propiedad inmobiliaria y el dinero fácil causó la crisis económica (Unidad Editorial, 2015).

 En Progreso, expone un examen detallado de las cifras oficiales de organizaciones internacionales como Naciones Unidas, el Banco Mundial o la Organización Mundial de la Salud, las cuales demuestran que el avance que la humanidad ha experimentado en las últimas décadas no tiene precedentes. De hecho, según el autor, “los datos indican que vivimos en la mejor época de la historia, aunque nuestra percepción puede decirnos que todo va mal”. Incluso, el mundo mejora para aquellos que se encuentran en un peor punto de partida: “En casi todos los rincones del mundo la gente vive más años, con mayor prosperidad, más seguridad y mejor salud. Por supuesto, ni todos los problemas han sido resueltos ni en todas partes pueden compartir este optimismo; pero, en la mayoría de los casos, al menos se conocen las herramientas que pueden ayudarnos”. El autor explica cómo, muchas veces, una tecnología tan simple como la que permite el acceso al agua potable y sistemas de fontanería domésticos puede marcar una enorme diferencia. 

Norberg desgrana el pasado y presente de diez indicadores, cuya evolución positiva hace pensar que un futuro mejor está por venir. Estos son: alimentación, saneamiento, violencia, medio ambiente, alfabetización, libertad, igualdad, la próxima generación, esperanza de vida y pobreza. Sobre estos dos últimos “que de alguna forma resumen todo lo que ha acontecido durante la historia de la humanidad”, centró su ponencia en la Fundación Rafael del Pino. A continuación, recogemos lo más destacado de su intervención:

La reducción de la pobreza 

Creo que no tenemos una idea precisa de lo que está sucediendo en el mundo: violencia, crimen, delitos, hambruna, nuevas tecnologías… Acabo de leer un artículo publicado en el New York Times que habla precisamente de los problemas que plantea la tecnología moderna. Explica que los científicos han llegado a la conclusión de que la vida en EE.UU. se mueve demasiado rápido, y que las reflexiones tranquilas ya no son algo habitual, porque esa velocidad produce cantidad –y no calidad– y hace que hoy todo sea efímero… Este artículo lo he leído ahora, ¡pero se publicó en octubre de 1923! Por aquel entonces era la época del gramófono, que para algunos suponía la destrucción de nuestra forma de experimentar la música, mientras que otros todavía consideraban la radio como algo estresante, que ofrecía demasiada información. 

Cuando afirmamos que toda época pasada fue mejor, creo que habría que analizar con detalle a qué época nos referimos. Dicho de otro modo, no tenemos que confiar en nuestros instintos ni en nuestras preocupaciones, porque todas las generaciones siempre han añorado una era anterior, quizás la razón sea porque la gente rememora su propia infancia. La mayor parte de las personas que conozco, normalmente asocian esa época maravillosa con su adolescencia. Es decir, se vincula con algo existencial.

Antes yo era uno de esos nostálgicos que pensaba en el pasado de forma romántica. Para mí, la mejor época era la de finales del siglo XIX en el norte de Suecia, la época de mis antepasados. Más tarde comprendí en qué circunstancias subsistían, y me pregunté dónde hubiera estado yo de haber vivido en esa época… La respuesta es que ¡en ningún sitio! Porque entonces la esperanza de vida era de 30 años, es decir, probablemente ya estaría muerto o viviría en una situación muy dura. En aquel momento todo dependía de la marcha de las cosechas, y si el tiempo u otras inclemencias las había echado a perder, la gente moría de hambre. 

Por eso defiendo que no podemos confiar en nuestros sentimientos ni en las anécdotas, sino que debemos examinar las razones a lo largo de un periodo más largo, tenemos que analizar los datos, hechos y tendencias, si realmente nos interesa el bienestar humano y cómo podemos hacer que el mundo sea mejor. Justamente esto es lo que quiero manifestar en Progreso, hablar de cómo es el mundo comparado con el pasado, hace 20 y 200 años, dónde estábamos y hacia dónde nos dirigimos.

Si atendemos a la pobreza extrema –hoy definida por el Banco Mundial y Naciones Unidas como vivir con menos de dos dólares al día–, comprobamos que hace 200 años el 90% de la población mundial vivía en una situación de extrema pobreza. De modo que, si hubiéramos habitado en lugares como España o Suecia hace dos siglos, prácticamente todos nosotros hubiéramos sufrido esa situación desesperante. Estas cifras eran mucho más elevadas entonces de lo que son hoy las del África Subsahariana. 

En el ínterin, se produjo la revolución industrial, aumentó la productividad, se pudo crear y fabricar mucho más, apareció la división del trabajo, el boom del comercio y, de pronto, la pobreza extrema se redujo del 90% al 9% actual. El cambio ha sido espectacular si tenemos en cuenta que hace 25 años afectaba al 37% de la humanidad, y el motivo ha sido la globalización. De hecho, un cálculo rápido para medir el tamaño de esta globalización podría ser, simplemente, compararnos con la revolución industrial. Entonces, 200 millones de personas duplicaban sus ingresos en poco más de 50 años, ahora 2.000 millones de personas duplican sus ingresos en un poco más de una década. Es decir, la globalización ahora es 50 veces más grande que la de la revolución industrial, en términos de salida de la pobreza extrema. A pesar de que la población mundial se ha incrementado en este periodo, hay mucha menos gente que vive en pobreza extrema. Esto significa que 140.000 personas abandonaron esa situación cada día en los últimos 25 años. Ahora la proporción es incluso mayor; actualmente 100 personas salen de la pobreza extrema cada minuto. 

Otra cuestión asociada a la pobreza es la desigualdad. Si bien no se produce un incremento de las desigualdades en el mundo a nivel global, sí se aprecia en algunos lugares. Sin embargo, por primera vez desde la revolución industrial, los países pobres han crecido rápidamente, aunque no todos progresan al mismo ritmo. Por ejemplo, hace 30 años China era un país mucho más igualitario, pero un 90% de los chinos vivían en pobreza extrema; es decir, eran igualitarios en la pobreza. Desde que el país comenzó a abrir su economía, los ciudadanos tuvieron más oportunidades de enriquecerse, pero no al mismo ritmo. Existe mayor riqueza en las zonas costeras que en las rurales; por lo tanto, aunque la pobreza extrema se ha reducido de un 90% a un 10% en solamente tres décadas, la desigualdad ha crecido. En mi opinión, es más importante luchar contra la pobreza, y no solo contra la desigualdad, ya que –en cierta manera– es la forma de crear progreso. 

La mejora en la esperanza de vida 

El aumento de la esperanza de vida y de la salud es otra medida que resume nuestro avance. Gracias a que hemos conseguido mejorar la nutrición y tener mayor acceso a los alimentos, la desnutrición se ha reducido de un 50% a un 10%. Como también hemos adelantado en materia de seguridad –por ejemplo, en la forma en la que se construyen las casas–, el riesgo de morir ante un desastre natural ahora es un 90% menor de lo que era hace 100 años; y también podemos hablar de los logros de la sanidad, la tecnología, los fármacos, los antibióticos, etc. 

Recientemente, leí dos historias relacionadas con la sanidad en la misma revista que, a mi entender, resumen de forma espectacular lo que sucede en este sentido. La primera tiene que ver con un ser llamado George, de 10 años, y la otra con Mozart. Se ha descubierto que este último probablemente falleció por no resistir a una infección bacteriana en su garganta. Así se vivía en el mundo hace 200 años, aunque fueses el mayor compositor del mundo…; daba igual, porque no había sanidad.

George tuvo algo bastante peor –un tumor cerebral–, pero le operaron. Incluso su corazón dejó de latir durante la operación, pero consiguieron reanimarle y extraer el tumor. Afortunadamente ahora ha vuelto a la normalidad. Esto es algo increíble, ¡más aún si tenemos en cuenta que George no es un ser humano, sino un pez! Es decir, hoy damos mejor tratamiento médico a nuestras mascotas que el que recibíamos los seres humanos hace 200 años. Los desarrollos científicos y tecnológicos, así como la acción de los empresarios, han reducido el precio que cuesta la tecnología que permite fabricar dispositivos que salvan la vida y mejoran nuestra calidad de vida. Esto, combinado con otros factores como el agua corriente, ha dado lugar al incremento de la esperanza de vida que, en poco más de 100 años, aumentó de 31 a 71 años. Todos nosotros tenemos la suerte de experimentar esto, y creo que deberíamos felicitarnos diariamente simplemente por estar vivos.

Hace dos siglos, no había ningún país donde la esperanza de vida fuera mayor de 40 años, ni siquiera en los más ricos. Hoy no existe ni uno solo donde la esperanza de vida sea inferior a cuatro años, ni siquiera en los más pobres. Este es uno de los efectos de la globalización, que no solo tiene que ver con el dinero o con disponer de más recursos para gastar, sino también con que hayamos reducido el precio que hay que pagar por todas estas tecnologías, por los alimentos que necesitamos, por los dispositivos para filtrar el agua, etc. Incluso en países como Haití, uno de los pocos que no es más rico hoy que en 1960, la esperanza de vida se ha incrementado desde entonces y la mortalidad infantil se ha reducido en un 75% gracias a la globalización. Ahora es más fácil y rápido que nunca utilizar las ideas, el conocimiento, la ciencia, la tecnología y los dispositivos que otros han inventado en diferentes lugares y cuyo desarrollo ha sido muy costoso.

Los países que lideran todas estas tendencias suelen ser Japón o Nueva Zelanda, que en los últimos 150 años ha incrementado en tres meses por año su esperanza de vida. Según los datos, no son solo más años, sino más años vividos de forma saludable. 

Del mismo modo, los países africanos –como Ruanda, Etiopía, Bostwana o Kenia– están reduciendo la mortalidad infantil. En los últimos 10 años, han aumentado en una década su esperanza de vida. Todo esto es el progreso, las mejoras que hemos conseguido en el mundo a un ritmo cada vez más acelerado.  

El valor de las libertades 

¿Por qué está ocurriendo este avance? Sugiero que se debe a tres libertades que solemos dar por sentadas, pero que son los pilares que hacen que todo esto sea posible: la libertad de explorar nuevos conocimientos (sobre el mundo, sobre nuestro cuerpo, sobre cuáles son los mejores algoritmos o sobre nuevas formas de hacer las cosas retando a las tradiciones); la libertad de experimentar con ellos a través de nuevos modelos de negocios y nuevas tecnologías –que a lo mejor amenazan lo establecido y puede acabar con puestos de trabajo tradicionales, pero también crear nuevas soluciones– y, por último, la libertad de intercambiar todo: ideas, tecnologías, bienes y servicios, con personas de otros lugares. Con ello, las probabilidades de resolver los problemas de la humanidad son mayores, porque hay más gente pensando y trabajando en común, gracias a estas tres libertades. El hecho de que hayamos creado esta arquitectura abierta significa que somos unos afortunados. No sé cómo vamos a resolver los problemas, pero sí sé que hoy tenemos más posibilidades de hacerlo, porque cada vez hay más mentes y cerebros con acceso a todo ese conocimiento acumulado por la humanidad. Por eso soy optimista; hemos creado toda esta apertura en los últimos 200 años, y no ha sido casual. 

El riesgo que corremos es que esas tres libertades son, precisamente, las que se están viendo amenazadas por populistas de izquierda y derecha, que sostienen que esa apertura es la que genera tensión, caos, demasiada movilidad e “ideas extrañas” que arruinan nuestra forma de hacer las cosas y ponen en peligro nuestras tradiciones y puestos de trabajo. Defienden que hay que acabar con esas libertades para protegernos. Para mí, eso significa socavar los pilares que dan lugar al progreso. 

Superar la negatividad 

Las personas creen, por las noticias, que todo está fatal y las redes sociales hacen esto más peligroso. Piden protección porque, por instinto de supervivencia, el ser humano recuerda mejor los malos momentos. Pero no hay que olvidar que el progreso está basado en la libertad, y no podemos darlo por garantizado si la libertad desaparece o se ve restringida.

Ese es el problema del mundo hoy. Un estudio del pasado año demostró que solo un 5% de los británicos pensaban que el mundo iba bien; los americanos son más optimistas, un 6% creían que estaba mejorando. Si le preguntas a los europeos qué ocurrió con la pobreza en estos últimos 30 años, solo un 10% te dirá con precisión que se ha reducido a la mitad, cuando en realidad ha sido una reducción de tres cuartas partes. Esto demuestra que algo está fallando de forma drástica. O bien estamos recibiendo información desfasada o no estamos escuchando. 

Además, en la mayoría de los casos, los medios de comunicación piensan que las malas noticias son las que venden, y me temo que por eso les prestamos atención. Nadie ha leído un titular con el número de personas que han salido de la pobreza desde ayer o con la reducción de la mortalidad infantil desde la semana pasada. Con el tiempo, la diferencia entre tener una esperanza de vida de 30 años o de 70 es lo importante. No pensamos en las actividades diarias que generan riqueza, pero lo relevante es lo que marca la diferencia entre un siglo y otro. Estamos tan obsesionados por lo inmediato, por lo sorprendente, que no vemos las tendencias a largo plazo ni nos fijamos en lo que influyen en nuestro nivel de vida. 

Como Stalin dijo un día, “el hecho de que una persona muera es una tragedia, pero cuando muere un millón, eso es solo estadística”. Ahí está el problema, somos adictos a las malas noticias, al miedo, porque forman parte de nuestra composición, porque históricamente hemos vivido en circunstancias desesperadas y horribles. Lo malo es más fuerte que lo bueno, y cuando vemos algo negativo, nuestro cerebro reptiliano nos hace pensar que eso es una amenaza inmediata para nosotros, un peligro. Lo malo es más fuerte que lo bueno, porque históricamente todo lo que era malo nos mataba.

En el año 2018, seguimos teniendo ese cerebro cazador-recolector, pero también contamos con medios globales, redes sociales y personas en todas partes que pueden documentar lo que ocurre en el mundo. Eso significa que vemos muchas cosas – que en realidad no amenazan nuestra supervivencia–, pero que llaman la atención de nuestros cerebros reptilianos. Las tragedias humanas y las catástrofes naturales no son nuevas, pero ahora la cámara de un teléfono móvil es capaz de retransmitirlas en tiempo real; y nadie repara en que el riesgo de morir en una catástrofe natural se ha reducido en un 90%. Nuestra naturaleza humana se encuentra con las redes sociales y con los medios de comunicación globales, y esto hace que todo resulte más amenazador. Las malas noticias sorprenden y no hay tiempo para reflexionar ni ponerlas en contexto, no hay tiempo para las estadísticas ni las tendencias a largo plazo. Por eso hay tanta gente que piensa que el mundo se está descomponiendo. El riesgo real de todo esto es que, si no entendemos los avances y el progreso que estamos logrando, no vamos a saber reproducirlo a mayor escala en cada vez más lugares.

Si pienso en el futuro y creo que hay grandes oportunidades ante mí, empezaré a invertir en ellas psicológica y económicamente, y haré que el mundo sea un lugar mejor a largo plazo. Por el contrario, si considero que hay una amenaza inmediata detrás de cada esquina, entraré en pánico y acabaré activando un instinto de huida o lucha, que deriva en que queramos cerrar las fronteras, demandemos mayor protección… y estemos en contra de la globalización.

El progreso se basa en las libertades humanas, en el libre mercado, en las sociedades abiertas, en el mundo globalizado… Como dice Douglas Adams (autor de The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy), uno de mis escritores favoritos: “La manera en la que vemos el futuro decide lo que somos hoy y cómo podemos mejorar nuestro mundo. Las ideas que tenemos sobre nuestro futuro van a determinar la forma en la que vamos a avanzar hacia ese mundo. Por eso, es muy importante tener una visión positiva de lo que puede ser el futuro, porque nos obligará a ver dónde podemos llegar, en lugar de fijarnos en aquellos lugares donde nos da miedo ir”. 


Johan Norberg, ensayista económico, miembro del Consejo de la Sociedad Mont Pelerin de Suiza, experto del Cato Institute de Washington y senior fellow del European Centre for International Political Economy de Bruselas. 

Texto publicado en Executive Excellence nº146 mar. 2018.

 

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