La ciudadanía tiene a su disposición una de las herramientas más poderosas de la historia: la tecnología. Los cambios experimentados en la última década han dejado obsoletos los viejos paradigmas y obligan a crear un nuevo marco conceptual para comprender y analizar la sociedad. La irrupción de un arma tan poderosa como la tecnología abre un campo infinito de posibilidades para los ciudadanos actuales que “acceden a la información, crean opinión, se organizan en nódulos y redes, conversan y, en definitiva, se hacen conscientes de que ya nunca volverán a ser sujetos pasivos de la comunicación corporativa o política”. Esta es, como resume José Antonio Llorente, socio fundador y presidente de Llorente & Cuenca en el prólogo, la principal tesis que sostiene Ciudadanía, un libro desarrollado por el Centro de Liderazgo a través del Conocimiento creado por la consultora. 

 La obra recopila una serie de artículos e informes realizados a lo largo de 2017 por los profesionales senior de la firma, en los cuales se reflexiona sobre los retos que supone la gestión de una nueva ciudadanía conectada, reactiva y con poder de influir en la conversación social. 

Invitados por Arturo Pinedo, socio y director general de Llorente & Cuenca España y Portugal, asistimos a la presentación del libro en Madrid que contó con la presencia de Daniel Innerarity, escritor, investigador y catedrático en Filosofía Política y Social, quien expuso su particular visión sobre la ciudadanía y ofreció algunas pautas para aprender a moverse en un escenario cambiante y desconocido como el actual. 

Decepción democrática 

El experto asegura que la democracia es un sistema político desilusionante. Además, los ciudadanos actuales carecen del nivel de competencia, de conocimiento y de compromiso para entender lo que está pasando. “La democracia es un sistema político que genera decepción, especialmente cuando se hace bien. Los puntos de desafecto ciudadano más comunes hacia nuestros representantes son la corrupción y el desacuerdo. Pero hay otra fuente de decepción democrática que tiene que ver con nuestra incompetencia práctica a la hora de resolver los problemas y tomar las mejores decisiones. El problema de la democracia actual es que, en el plano normativo, se espera que los ciudadanos vigilen a sus gobernantes, pero esto contrasta con la capacidad real que tienen las personas para hacerlo. ¿Entenderíamos el sistema político, y ejerceríamos mejor nuestras funciones cívicas, si los políticos fueran más sinceros? Probablemente no, porque no tiene que ver con la sinceridad. La dificultad que tenemos a la hora de llevar a cabo estas responsabilidades cívicas es que la política nos resulta ininteligible. El ciudadano actual no tiene capacidad para gestionar la información cacofónica y excesiva que le rodea. Por tanto, tenemos una democracia que presupone un tipo de actores que ella misma es incapaz de producir”, afirma. 

“Los asuntos que nos afectan en la actualidad son cada vez más complejos. Es difícil llegar a comprender por qué se ha producido la crisis del sistema financiero, las consecuencias del cambio climático o el impacto de la robotización. Esto ha despertado múltiples sentimientos como ciudadano, pero no nos capacita para ejercer el control sobre las políticas que se están llevando a cabo en estos ámbitos. La ciudadanía no está entendiendo bien cuál es el sistema político del siglo XXI porque hay varios conceptos que se han quedado obsoletos y hay que renovar. En momentos de incertidumbre como este, podemos ser instrumentalizados o enviar señales equivocadas al sistema político. Nos hemos dado cuenta de que identificar culpables es inútil, porque no es un problema que tenga que ver solo con la culpabilidad, sino con fallos sistémicos de todo tipo. Sigue habiendo malvados, pero su identificación y neutralización no arregla el problema”, continúa.  

Ciudadanos pasivos en una democracia ocular 

El filósofo insiste en la idea de que la ciudadanía, en muchas ocasiones, se ha convertido en un espectador pasivo de este sistema. “Desde Aristóteles a Rousseau hemos podido comprobar que la democracia sólo funciona en entornos de cierta familiaridad donde todo es abarcable. Sin embargo, vivimos en un entorno mucho más complejo en el que la política no está consiguiendo cumplir una de sus funciones más básicas: hacer su función comprensible para la gente corriente. Con este panorama, es difícil recuperar esa función de ciudadanos activos y nos hemos convertido en lo que yo llamo una democracia ocular”, reconoce. 

Asimismo, asegura que el problema se ve agravado por el exceso de información. “Si hay poca información se exige transparencia, pero el exceso de información abruma y confunde. Hoy en día hay demasiado spam político. La ciudadanía está sobreexpuesta y sobreexcitada. La información es barata y fácil de conseguir, pero esto no hace más que complicar la comprensión de determinados temas. Es necesario economizar nuestra atención y gestionar la información para saber a qué atender y a qué no. Los temas cambian a tal velocidad que tienden a desvalorizarse, y únicamente conseguiremos prestar la atención necesaria y empoderarlos si reducimos nuestro nivel de información. Sin embargo, se trata de un proceso muy difícil, porque la información transformada en conocimiento es un proceso narrativo, no meramente aditivo, es decir, tiene que tener un sentido. Estamos agotados, y esto explicaría que estemos fundamentalmente distraídos en cuestiones banales, y no estamos yendo a transformaciones de fondo”, declara. 

El resultado de esta atomización informativa es que lo ideológico ha pasado a un segundo plano, y las grandes transformaciones se están produciendo fuera del sistema político. Por eso, una de las soluciones que propone Innerarity es delegar en los expertos. Estos, afirma, no tienen la solución, pero no podemos dejar de confiar en ellos. “Nos encontramos en un mundo que no se puede articular a partir de nuestra experiencia personal; la complejidad nos remite al juicio de otros. Sabríamos muy poco si solo supiéramos lo que sabemos por nosotros mismos. Estamos condenados a fiarnos de alguien. Pero esa confianza en los expertos ha fallado muchas veces. Por ejemplo, los que deberían haber anticipado la crisis fallaron estrepitosamente. Y no porque tuvieran mala ciencia económica, sino porque creían que la tenían mejor de la que la tenían. Es decir, las previsiones demasiado exactas de la economía la han convertido en una ciencia exacta matemáticamente, pero con una gran inexactitud social. Al final, los expertos están sorprendidos y nosotros decepcionados, porque quizá hemos delegado demasiado y el resultado es un verdadero desastre”, recalca.  

Incentivar la inteligencia colectiva 

El filósofo apuesta por combatir cooperativamente la ignorancia, y no centrarnos en juzgar las competencias a nivel individual. “La competencia o incompetencia que nos debe preocupar no es la de las personas, sino la del sistema. El problema no es que unos cuantos no voten adecuadamente, sino que el sistema no decide adecuadamente. En este punto, no se trata de estudiar mucho y formarse bien, sino de combatir cooperativamente la ignorancia poniendo el acento en los componentes institucionales y organizativos de la inteligencia colectiva. La falta de competencia política no es individual, es un fallo colectivo. Tenemos que crear un sistema en el que los gobernantes tengan menos capacidad para escapar de nuestro control. Por tanto, no se trata de mejorar las capacidades individuales, sino de fortalecer aquellos aspectos del sistema que incrementan las capacidades de cooperación”, argumenta. 

El investigador asegura que, a pesar de todos estos problemas, no existe una crisis de la democracia, sino un crecimiento de la conciencia democrática. 


Daniel Innerarity, escritor, investigador y catedrático de Filosofía Política y Social. 

Texto publicado en Executive Excellence nº148 mayo 2018.

 

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