La descarbonización de la economía es uno de los principales objetivos de la Unión Europea y el gran reto al que se enfrentan las compañías energéticas en la actualidad. Si bien cada vez son más los esfuerzos que se hacen en este sentido, el proceso de transición hacia un sistema más sostenible necesita cambios en las estrategias y los comportamientos de ciudadanos, agentes económicos y gobiernos. 

El gas natural se perfila como una fuente de energía clave para impulsar este proceso de transición. Así lo declaró Antonio Llardén, presidente de Enagás, durante un reciente desayuno informativo organizado por la Confederación Española de Directivos y Ejecutivos (CEDE). 

Llardén afirmó que uno de los factores a tener en cuenta en la descarbonización es el coste de ese proceso, y reafirmó su apuesta por el uso del gas natural licuado (GNL) en el transporte y por el desarrollo de los gases de origen renovable (biogás, hidrógeno, etc.) como pilares importantes en el futuro energético. 

Ingeniero industrial, Antonio Llardén cuenta con una amplia experiencia en puestos de alta dirección del sector energético y de infraestructuras. Ha sido presidente de Sedigas y actualmente preside la Fundación para la Sostenibilidad Energética y Ambiental (Funseam) y es patrono de distintas instituciones, como el Real Instituto Elcano y la Escuela Superior de Música Reina Sofía. El año pasado fue nombrado Caballero de la Orden Nacional de la Legión de Honor de Francia, una distinción que otorga el presidente de la República Francesa a personas que destacan por sus méritos al servicio del país. 

Desde 2007 ocupa la presidencia de Enagás, compañía responsable de las principales infraestructuras gasistas de España y que está presente en ocho países. Enagás cotiza en el Ibex-35 y es una de las empresas del selectivo con mayor porcentaje de free float, aproximadamente un 95%.  

Hacia la descarbonización

El mundo avanza hacia una economía descarbonizada. Los objetivos medioambientales de la Unión Europea ponen de manifiesto la apuesta de la comunidad internacional por impulsar la transición energética hacia ese nuevo modelo más sostenible. 

En España también estamos en ese camino. El nombre elegido por el nuevo Gobierno para la cartera responsable de los asuntos de energía y  medio ambiente, “Ministerio de Transición Ecológica”, es ya un claro indicador del compromiso de nuestro país con la descarbonización.

Se trata de un proceso que nos preocupa y nos ocupa a todos. Sabemos cuál es el objetivo, pero todavía existen dudas sobre cómo podemos llegar a él. Por eso, en los próximos años asistiremos a una redefinición estratégica por parte de las compañías energéticas, a medida que estas se vayan adaptando al nuevo escenario. 

Es un tema trascendental, porque las consecuencias de estos movimientos afectarán a la economía mundial. Las decisiones que se tomen influirán en los precios, en la competencia y en la competitividad. 

La consecución del reto de la descarbonización está acompañada de otros objetivos paralelos, como mejorar la calidad del aire. Esto afecta especialmente a los sectores de la generación eléctrica, el transporte y la industria, ya que los tres juntos suman el 80% de las emisiones contaminantes que se lanzan a la atmósfera en la actualidad. 

Precio y seguridad de suministro

Aunque a estas alturas ya nadie duda de las bondades que ofrece una economía descarbonizada, muchas veces olvidamos la importancia que tiene el coste de esta transformación. 

Por un lado, el precio afecta a la competitividad de los países y este es un factor fundamental a la hora de marcar metas concretas, porque los objetivos medioambientales tienen que alcanzarse, garantizando la seguridad de suministro energético. 

En este sentido, para mejorar la competitividad y reforzar la seguridad de suministro, el sector gasista lleva años insistiendo en la importancia de crear una única red europea de gas, que permita interconectar a todos los países de la Unión Europea. 

Para ello, es fundamental el desarrollo de las conexiones internacionales. En los últimos años el grado de interconexión entre los países de Europa Central se ha ido incrementando y actualmente es muy elevado. Sin embargo, no ocurre lo mismo con las penínsulas, especialmente con España e Italia. El grado de interconexión entre Francia y la península ibérica es muy escaso, si bien el objetivo de la Unión Europea es incrementar este volumen. 

Para que esto llegue a ser una realidad es clave el desarrollo de una tercera interconexión. Se trata del proyecto Midcat, que conectará la península ibérica y Francia a través de Cataluña. La construcción de la primera fase, denominada STEP, se encuentra en la lista de prioridades de la Unión Europea.  

Un mix más eficiente y sostenible

El proceso de descarbonización de la economía hay que hacerlo de forma paulatina y adecuar el ritmo a las condiciones de cada país. Para algunos países, es difícil dejar de utilizar el carbón porque su mix energético depende en gran medida de este combustible. Sin embargo, si no lo hacen, nunca podremos avanzar hacia un sistema más sostenible.  

En Alemania, por ejemplo, un elevado porcentaje de la generación eléctrica procede del carbón tras el cierre de sus centrales nucleares. La decisión se tomó por la coyuntura política del momento y, como consecuencia, Alemania emite hoy más CO2 que hace unos años. 

Por su parte, Estados Unidos disminuyó considerablemente la dependencia del carbón tras el boom del shale gas y, ahora, exporta carbón a China y Europa. 

La introducción de energías renovables en la producción eléctrica contribuye a la reducción de emisiones, y está impulsando una mayor electrificación del sistema. Sin embargo, no todo se puede electrificar. Hay sectores, como el industrial, en los que la electrificación todavía no es una solución. El transporte es uno de los ámbitos más complejos, especialmente la aviación, donde se carece de un combustible alternativo factible a corto plazo. 

Por tanto, para que la descarbonización sea completa va a tener que afectar a todos los sectores, no sólo a la generación de electricidad. Y si queremos que esto ocurra, en los próximos años seguiremos necesitando el apoyo del gas natural y de los gases renovables. 

Soluciones renovables no eléctricas 

En su primer Consejo de Ministros de Energía de la Unión Europea, la nueva Ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, anunció que España se ha situado en el grupo de países más ambiciosos con sus objetivos de energías renovables y de eficiencia energética, fijados en un 27% y un 30%, respectivamente, para el año 2030. 

En este contexto de fuerte apuesta por la descarbonización, el gas natural va a desempeñar un papel importante por su flexibilidad y competitividad, tal y como apuntan diversos informes de la Agencia Internacional de la Energía y el Comité de Expertos sobre transición energética. 

Las infraestructuras gasistas están también preparadas para transportar lo que el Comité de Expertos ha denominado ‘renovables no eléctricas’, una solución complementaria de futuro para poder llevar a cabo con éxito el proceso de descarbonización. Se refiere a los gases renovables —biogás o biometano e hidrógeno— como soluciones técnicamente conocidas, pero que hasta ahora no habían pasado de la fase de laboratorio. En el caso del biometano, que se produce a partir de la materia orgánica contenida en los residuos generados, en España ya existe una conexión a la red de gasoductos de Enagás en el centro de tratamiento de residuos de Valdemingómez (Madrid). 

El hidrógeno también puede abrir un amplio abanico de posibilidades, especialmente como energía almacenable. Francia ha autorizado recientemente el funcionamiento de una planta que genera y almacena hidrógeno y en España también estamos trabajando en este sentido. Si se crea una tecnología capaz de producir hidrógeno en horas valle con energía renovable, este hidrógeno se podría almacenar y transportar por la red de gasoductos para, más tarde, producir energía eléctrica, y en el transporte o utilizarlo directamente, por ejemplo, en la industria. Ya hay prototipos de vehículos impulsados por hidrógeno, si bien es cierto que su coste todavía es elevado. 

Estoy seguro de que la utilización de gases renovables como el biogás o el biometano o la producción del hidrógeno, su almacenaje y su utilización van a crecer considerablemente en los próximos años. Son actividades para las que ya hay diversos proyectos y cuentan con la enorme ventaja de tener construida una red de gasoductos que está preparada para su transporte. 

En Enagás, por ejemplo, participamos en el proyecto H2Gas, que tiene como objetivo impulsar el desarrollo tecnológico y la promoción de infraestructuras de producción y transporte de hidrógeno generado a partir de fuentes renovables.

Desde nuestra compañía también estamos trabajando en el impulso del uso del GNL en el transporte marítimo, lo que permitiría reducir notablemente las emisiones de CO2. En este ámbito, coordinamos el proyecto CORE LNGas hive, promovido por la Comisión Europea, que permitirá aprovechar la fortaleza de la península ibérica en materia de infraestructuras gasistas y puertos para desarrollar una cadena logística que permita utilizar el GNL como combustible, fundamentalmente en barcos.

El proceso de transición energética es uno de los mayores retos que tiene el mundo contemporáneo. Ya ha comenzado y es imparable. 

Por eso, estoy convencido de que las infraestructuras gasistas van a jugar un papel fundamental para llevar a cabo este proceso de una manera eficiente, competitiva y segura. 


Antonio Llardén presidente de Enagás. 

Texto publicado en Executive Excellence nº149 jun. 2018. 

 

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