Jason Brennan es profesor asociado en la escuela de negocios McDonough de la Universidad de Georgetown, en el área de Estrategia, Economía, Ética y Políticas Públicas, y profesor de investigación en el Centro para la Filosofía de la Libertad y el Departamento de Economía Política y Ciencias Morales de la Universidad de Arizona.

Sus temas de investigación abarcan, entre otros, la economía política, el comportamiento del votante y la ética del voto, la libertad política, la teoría democrática, la virtud cívica, el comercio y la ética y los abusos de poder. Es autor de nueve libros sobre estas materias, que han sido traducidos a diez idiomas. El más reciente Contra la democracia, publicado por Deusto.

Se trata de un ensayo político controvertido, que evidencia los fallos sistémicos de la democracia y propone la epistocracia como alternativa, “aunque sin duda esta no es la única”, afirma Brennan. “Llevo desde 2009 escribiendo libros y artículos que ponen en duda nuestras ideas más sagradas acerca de la participación política. Pero en 2016 la gente mostró una inédita predisposición a escuchar. Puede que no esté de acuerdo, pero ahora está mucho más dispuesta a pensar en ello”.

Brennan propone intentar otras formas de gobierno, sin demonizar la democracia, ya que “ahora mismo, los mejores lugares del mundo para vivir son, por lo general, bastante democráticos. Sin embargo, como sabemos que tiene fallos sistemáticos, deberíamos estar abiertos a investigar y es posible que a experimentar con otras alternativas”. Según el profesor, “nos vemos obligados a especular, porque las formas de epistocracia más prometedoras todavía no se han probado”. 

De acuerdo con este sistema, “los ciudadanos más competentes o con más conocimientos tienen un poco más de poder político que los ciudadanos menos competentes o con menos conocimientos”. Frente a las acusaciones de una epistocracia elitista, Brennan sostiene que “lo es, en el mismo sentido en que son inherentemente elitistas las concesiones de licencias para ejercer la fontanería o la medicina. Si la epistocracia resulta tener peores consecuencias que la democracia, o si es inaceptable por otros argumentos no semióticos, entonces, sin duda alguna, veámosla como una expresión de falta de respeto. De lo contrario, deberíamos dejar de utilizar el derecho a votar como una medalla de honor”, declara. Para clarificar esta y otras cuestiones polémicas, el profesor norteamericano nos concedió la siguiente entrevista.

FEDERICO FERNÁNDEZ DE SANTOS: Si atendemos a los estudios sobre la evolución de la generación fotovoltaica en China de hace una década, comprobamos cómo los resultados se quedaron tremendamente cortos… ¡hasta 50 veces menos! Hoy China es el país líder no solo en tecnologías sino también en producción fotovoltaica. Por otro lado, en Singapur, las notas de sus estudiantes están ocupando los primeros puestos del mundo, y muy por encima de los de la OCDE… A la luz de estos dos casos, ¿existe una correlación entre sociedades dirigidas con firmeza y claridad de objetivos y sus resultados como nación? ¿Es la democracia un obstáculo para el desarrollo? 

JASON BRENNAN: Esa pregunta es muy amplia y la respuesta es, frecuentemente, afirmativa. Cuando observamos la conducta de los votantes, encontramos que tienen una memoria de, aproximadamente, medio año. Digamos que recuerdan seis meses del pasado y piensan a seis meses vista…, si es que realmente piensan sobre el futuro. 

Si pudiéramos tener un gobierno “ubercompetente”, como es el de Singapur, los resultados serían mejores, pero con la concentración de poder en un grupo de personas existe la posibilidad de que este no se utilizase para los fines adecuados.

F.F.S.: Juergen Donges, catedrático de la Universidad de Colonia, frecuentemente repite que en el pasado la política solía anteponer los intereses de la sociedad a los de los partidos, algo que en España hoy no sucede. Usted afirma que la democracia se valora solo por sus resultados y estos hoy, en nuestro país, no son buenos. Vemos mejores resultados en democracias “a medias” o en “dictaduras light”. Incluso en países como China la eficiencia y la productividad, así como un crecimiento más paritario, son ahora la norma. ¿Será esta la tendencia en el futuro?

J.B.: Hay que distinguir que la primera razón por la que vemos resultados de este tipo en sociedades autocráticas puede no estar necesariamente relacionada con la forma de gobierno que tienen, sino con la posición de la que han partido. Estamos hablando de países que no tenían ninguna libertad económica, extremadamente controlados y atrasados, basados en sociedades tradicionales y bastante aislados del mundo exterior. Hoy estos países tienen cierto grado de liberalización de sus economías y están viviendo un “acercamiento” a otras, recortando la distancia. Creo que el crecimiento en países como China o similares representa un fenómeno de recuperación del espacio perdido y del acortamiento de la distancia económica, no algo motivado por el hecho de que sus gobiernos lo estén haciendo magníficamente. El caso de Singapur es diferente, ya que a día de hoy es un país rico. 

Respecto de si los políticos anteponen los intereses partidistas, diría que depende de dónde y quién. En este momento no recuerdo evidencias empíricas que midan políticas partidistas frente a políticas nacionales orientadas al bien común, aunque no sé si existen realmente. Me consta que los políticos lo mencionan, pero desconozco si se trata de una situación frecuente en otros niveles de interacción social, donde siempre se ha dicho que el pasado fue mejor que el presente. Tradicionalmente, los partidos han tenido la tendencia de apuntalar su propio poder y de gobernar solo por el hecho de hacerlo, y curiosamente los votantes les han premiado por ello.

El votante típico no vota para promover un tipo de decisiones. No tiene una lista de objetivos o políticas a poner en marcha, de manera que elija un determinado partido en relación a esos fines; sino que vota de la misma manera que es aficionado a un equipo de fútbol. Es decir, si yo soy fan del Barcelona (porque soy de Barcelona), solo quiero que gane mi partido; puede que ni siquiera conozca a los jugadores por su nombre, y no me importa; solo quiero que ganen. En mi opinión, la mayoría de los votantes actúan así; sienten que pertenecen a un partido y desean que este gane, sin preocuparse de lo que haga. 

La evidencia es que si hacemos una encuesta sobre lo que piensan acerca de lo que su partido defiende, un elevado porcentaje desconoce la respuesta. Incluso si se les pregunta si su partido político les ha hecho cambiar de opinión, pueden responder afirmativamente. Esto demuestra la inconsistencia de sus respuestas respecto de lo que apoyan, aunque mantengan su pertenencia a un partido. 

Hace 15 años los votantes republicanos de los Estados Unidos estaba totalmente a favor del libre comercio. Pasaron de esta posición a estar en contra y volverse proteccionistas de un día para otro, a partir del triunfo del presidente Trump. Si hiciésemos una encuesta a estas personas preguntándoles por qué cambiaron de opinión, su respuesta sería que no lo hicieron y que siempre pensaron así. Creo que los ciudadanos, sencillamente, desean que su partido gane y no se complican demasiado deseando que haga algo en concreto.

F.F.S.: José Luis Álvarez, profesor de Comportamiento Organizacional en INSEAD, nos comentaba que la globalización ha tenido en nuestra sociedad una influencia más profunda de lo que pensamos. Hace 50 años, los capitales tenían mayores restricciones de movimiento, haciendo que las élites tuviesen una radicación mucho más local. Como consecuencia, esas élites se involucraban mucho más en problemas locales (nacionales). Sin embargo, la capacidad de movilidad actual les ha conferido la posibilidad de desentenderse de esos problemas y ha motivado que muchos de entre los mejores ya no participen en la política, mientras que han ascendido en ella otros muchos populistas poco preparados. ¿Han afectado la pérdida de prestigio de la política y la desinvolucración de las élites en esta crisis que vivimos? ¿Se puede revertir el proceso?

J.B.: Creo que hay parte de verdad en lo que dice el profesor Álvarez, aunque están ocurriendo al mismo tiempo una serie de diferentes fenómenos muy preocupantes. 

El primero es que las élites y las no-élites no conviven entre sí. Viven en códigos postales o estados diferentes. Incluso en las grandes ciudades, donde hay personas que pertenecen a ambas y técnicamente viven juntas, todo sigue muy segregado. Las élites tienen ciertos tipos de trabajo para evitar la interacción con otros grupos sociales. No existe intercambio de ideas entre ellos, y menos aún de valores. Todo esto genera una suspicacia bidireccional, mutua, donde quienes no forman parte de la élite piensan que quienes son los gestores no se preocupan de ellos. Esto provoca una reacción cuyas muestras estamos percibiendo constantemente. 

No sé si la política se ha desprestigiado, pero sí me parece que hay menos respeto por ella; y que la gente ya no espera que funcione. La población sigue pensando que el poder impresiona, y no confía en que los políticos estén promoviendo los intereses generales, sino los suyos personales. 

F.F.S.: Winston Churchill decía que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos, pero da la impresión de que cada día es “más” –y no menos– malo. ¿Qué puede hacer la democracia para responder a las necesidades urgentes de la sociedad, y no perderse en procesos legislativos que retrasan el desarrollo de la innovación y de ciertos sectores económicos?

J.B.: Es un tema bastante complejo. A veces pienso que podíamos actuar como lo hacen en Singapur donde tratan a sus políticos y a algunos de sus reguladores como si fueran ejecutivos de alto nivel, les pagan increíbles salarios y tienen reglas muy estrictas respecto de las puertas giratorias. Esta forma de trabajar parece que les funciona, pero no está nada claro si sería igual de efectiva en Francia o en los Estados Unidos.

Otro problema de esta situación es que los legisladores son conscientes de que no saben mucho, y que necesitan consultar con expertos externos para crear una regulación o una legislación efectiva. Frecuentemente, con esos colaboradores externos se genera un problema de puertas giratorias entre el gobierno y el sector privado; es decir, son personas que dejan sus compañías para trabajar en el gobierno en la creación de una serie de regulaciones, pero que inmediatamente después vuelven al sector privado, donde se aprovechan de esas reglamentaciones que han creado… 

F.F.S.: Tanto Ngaire Woods, decana de la Blavatnik School of Government, como Juergen Donges coinciden al pensar que los referéndums son dejación de funciones por parte de los políticos. Otros sostienen que justamente el hecho de que el pueblo decida es la base de la democracia. ¿Qué opina usted? 

J.B.: Estoy totalmente de acuerdo con Woods y Donges. Una de las cosas para las cuales se utiliza un referéndum es para transformar un tema muy complejo en una respuesta de sí o no. Artificialmente se convierte un asunto complicado en una pregunta de respuesta binaria. 

Pero hay otro problema, y es que muchas investigaciones demuestran que la forma en la cual los ciudadanos responderán a una pregunta, independientemente del fondo, está supeditada, en gran manera, a cómo se verbalice la misma. A veces solo cambiando una palabra por su sinónimo se puede conseguir un efecto contrario. Si le preguntamos a nuestra pareja si quiere comprar un sofá, puede responder que sí, mientras que si le preguntamos si quiere un tresillo, puede contestar que no, siendo ambos lo mismo. Esto ocurre de verdad cuando se vota, y lo que hacen los partidos es estudiar qué palabras les darán los resultados que desean. Además, en muchos casos las personas ni siquiera saben lo que les están preguntando. Frecuentemente, el propósito de un referéndum es crear un cambio social sin responsabilizarse. Suiza parece ser la excepción que contradice todo lo dicho, teniendo éxito con los referéndums, aunque por una serie de razones estoy convencido de que muy pocos países pueden seguir su ejemplo.

F.F.S.: Por ejemplo, quienes votaron a favor del Brexit pensaban que las tasas de inmigración oscilaban entre el 10% y el 20%, cuando la realidad era que no superaban el 5%. Estas formas de percibir están resultando ser sintomáticas en muchos entornos…

J.B.: Y pueden llegar a ser un problema, aunque con ello no quiero decir que el término medio siempre sea el territorio adecuado, pues en cierto tipo de respuestas los extremos pueden ser los acertados; pero sí que estoy convencido de que es en los términos medios, en el centro, el lugar donde la gente puede llegar a compromisos y la población puede convivir mejor. Si uno piensa que la verdad está en cero y otro en uno, será siempre más fácil ponerse de acuerdo en 0,5. 

Paso mucho tiempo en Alemania, donde tienen gran interés por estos temas y están muy preocupados por eventos recientes. Aunque el ultraderechista AFD –Alternativa para Alemania– no ganase demasiados asientos en el Congreso, los partidos radicales tanto de izquierda como de derecha están incrementando su presencia. Pero esto no ocurre solo en Alemania, sino también en otros países de la OCDE; la cuestión es, ¿por qué se está incrementando la polarización?

Cuando las personas se polarizan, tienden a ver a los demás como diferentes y piensan que no pueden llegar a acuerdos ni tampoco fiarse de ellos. Esto es muy peligroso, porque es desde ese punto donde nacen las fracturas sociales, que en algunos casos de la historia han terminado en guerras civiles. Esta desconfianza generalizada es el germen de procesos como el de dejar de pagar impuestos…

F.F.S.: ¿En qué consiste el concepto de epistocracia que usted defiende? ¿Se puede aplicar?

J.B.: De la epistocracia ya hablaba Platón, aunque la que él predicaba hoy no tendría ninguna oportunidad de aplicarse, porque sería considerada ofensiva, igual que la propuesta por John Stuart Mills, que abogada por dar mayor número de votos a unos frente a otros. Sin embargo, sí creo que ciertas formas de epistocracia podrían tener cabida en nuestra sociedad. 

Existe una versión más técnica, no tan ofensiva, aunque más difícil de aplicar. Yo la denomino “gobierno por oráculo simulado” y funciona permitiendo que todo el mundo vote, incluidos niños y personas con deficiencia mental. Eso sí, cuando voten han de hacer tres cosas. Primero, decir quiénes son, aportando información sobre demografía, ingresos, lugar de residencia, religión y otra serie de datos que puedan afectar a su conducta a la hora de votar. Esto aportaría un primer conjunto de datos.

En segundo lugar, deberían responder un cuestionario de conocimientos políticos básicos; hechos sencillos fácilmente verificables, tales como: cuál es el nivel de paro, el crecimiento del PIB de los últimos años, si pueden recordar algunas leyes que hayan sido aprobadas por el Congreso recientemente, qué partidos controlan qué partes de un gobierno o si pueden identificar a sus representantes. Con esta serie de respuestas, uno ya puede hacerse una idea de lo que esa persona conoce políticamente.

En tercer lugar, se les preguntaría acerca de lo que quieren. De esta manera, sabemos quiénes son, qué saben y qué quieren. Con estos tres grupos de información, se puede simular estadísticamente lo que una población demográficamente idéntica y completamente informada habría apoyado o votado. Es como si sacases una varita mágica y transformases un público relativamente ignorante en uno absolutamente informado. Lo mejor de este método es que es el que han estado utilizando los científicos políticos en los últimos 30 años para conocer cómo afecta la información a las políticas, para saber, por ejemplo, cómo te influye cierta legislación si eres católico. Estos métodos también se pueden utilizar para gobernar mucho mejor. 

Otro aspecto relevante de este tipo de epistocracia es que, de alguna forma, los votos son “pesados o medidos”, pero nadie conoce de antemano si tiene más o menos influencia, ni nadie está en desventaja a causa de su lugar de nacimiento, de su género o de sus ingresos. Más bien al contrario, todos participan de forma igualitaria y el resultado son votantes mejor informados, sin otorgar más poder a ningún individuo. 

No es imposible imaginar a países relativamente pequeños, muy estables y con altos niveles de confianza social –como los países nórdicos o Suiza–, experimentando con este planteamiento a nivel local. Si funcionase, podría ser escalado a nivel nacional. Y si esos países son capaces de hacer que este sistema tenga éxito, otros podrían imitarles. Creo que esta es la clave para el cambio, pero primero hay que difundir las ideas para que se reflexione sobre ellas.

En el pasado, y antes de que las monarquías absolutistas se transformasen en repúblicas o monarquías constitucionales, las ideas pro-democráticas estuvieron circulando entre la “intelligentsia” (élites ilustradas) durante 100 años. Estos procesos implican mucho tiempo, ya que desde la puesta en marcha de las ideas hasta que estas se filtran al resto de la población hay un largo camino; pero cuando se produce el cambio, ya no resulta demasiado extraño.

Uno de los objetivos del libro es conseguir que las personas empiecen a reflexionar sobre este tipo de epistocracia, para que quizás dentro de 50 años podamos hacer que ocurra.

F.F.S.: El profesor de INSEAD Gianpiero Petriglieri nos explicaba que uno de los descubrimientos más sólidos de las Ciencias Sociales es que una persona con poder se deshumaniza y pierde la conexión con los demás. Quizás el presidente Trump puede ser un ejemplo de ello… Desde la epistocracia, ¿no se podría estar otorgando mayor influencia a quienes tienen más poder, que son los que están más informados, pero también serían los más deshumanizados?

 J.B.: El propósito de la epistocracia no es trabajar sobre las personas que están en el parlamento o que ostentan el poder, sino modificar la forma en la cual las personas votan. En la democracia ya existe una situación perversa, donde nos estamos deshumanizándonos los unos a los otros, aunque aparentemente tengamos igual poder. En todo el mundo, si a alguien que pertenece a un partido determinado se le pregunta por qué no vota a otro partido, la respuesta más frecuente es porque son estúpidos y malos. Las personas piensan que su grupo tiene razón; además leen las noticias que confirman que tienen razón, de modo que la única explicación que encuentran para que otras personas no sean de su propio partido es que no tienen odio en su corazón o que son absolutamente imbéciles. Estos planteamientos demuestran que las personas ya se ven unas a otras como “poco” humanas, y para nada iguales. 

La epistocracia no tiene como objetivo reparar esta situación, pues que las personas sean tan parciales es ya algo integrado en el sistema y con muy difícil solución. Es gestionar esa parcialidad lo que puede proporcionar resultados mejores, a pesar de esa actitud cainita. Una analogía extrema sería el saber que, si todos los timoneles son alcohólicos, y dada la imposibilidad de conseguir timoneles abstemios, deberíamos introducir medidas profilácticas y de control para evitar mayores.

F.F.S.: Ha mencionado uno de los objetivos del libro, ¿cuáles son los otros? ¿Con qué fin escribió Contra la democracia?

J.B.: El libro nace como ejercicio intelectual para otros intelectuales; es un libro para académicos, aunque me obligué a escribirlo en un lenguaje aceptable para todos los públicos, con lo cual no he utilizado un estilo culterano.

Creo que las circunstancias que han rodeado al momento de la publicación han sido la causa de su impacto. Yo desconocía que íbamos a vivir en un entorno tan populista, que el Brexit fuese a suceder o que íbamos a tener un presidente como Trump. Llevo años trabajando en el libro, estimulado solo por la curiosidad intelectual. Contra la democracia no es una respuesta a Trump o al Brexit, aunque ambos ilustran mis preocupaciones. Mis críticas a la democracia se basan en tendencias empíricas sostenidas y sistémicas. Hace unos 65 años empezamos a medir cuánto saben los votantes, y los resultados fueron deprimentes, y lo siguen siendo. La ignorancia y desinformación del votante medio hace que apoye medidas políticas y candidatos que no apoyaría si estuviera mejor informado.

El hecho de que el libro se haya publicado en un momento de gran crisis para el rendimiento de las democracias ha sido una casualidad. Por eso, que esté adquiriendo un nivel de relevancia es malo para el mundo, aunque todo haya sido mera coincidencia. 


Entrevista con Jason Brennan, profesor asociado en McDonough School of Business, de Georgetown University. 

Texto publicado en Executive Excellence nº149 jun. 2018. 

 

 

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