Pedro Ruiz (Barcelona, 1947) (www.pedro–ruiz.com) cursó estudios de Derecho y Periodismo, carreras que nunca acabó porque le interesaba más el aprendizaje de la vida. 

Con 17 años se convierte en el locutor de radio más joven del país. Durante más de una década colaboró en más de cien programas distintos en Radio Juventud, Radio Barcelona (Cadena Ser), Radio peninsular y Radio Nacional. 

Empieza en el mundo del espectáculo en el Key Club de Barcelona, y a partir de ahí comienza a destacar en el campo del humor y como showman. Durante más de 20 años ha llenado los teatros con actuaciones muy personales entre las que destacan: “Mitos y chirigotas” y “Ciudadano Ruiz”.

En televisión dirige y presenta varios espacios hasta que da vida a “Estudio Estadio”, programa de referencia del mundo deportivo. En este mismo canal pone en marcha en 1985 el programa “Como Pedro por su casa”, seguido un año después de “Esta noche, Pedro Ruiz”. En Antena 3 desembarca con “Con ustedes... Pedro Ruiz”, un programa que alcanza elevadas audiencias. En 1998 vuelve a TVE con “La noche abierta”, un programa de entrevistas que dura más de seis años y por donde pasan más de quinientos invitados.

Ha protagonizado tres películas: “El día del presidente”, que dirigió y escribió y por la cual obtuvo el Premio Opera Prima como mejor director novel en 1980; “El gran mogollón” y “Moros y Cristianos”, de Luis García Berlanga, por la que sería nominado al Goya como mejor actor de reparto.

Entre su actividad escritora acumula doce libros de distintas temáticas, alguno de ellos, como “El Estado y la madre que lo parió” superó los cien mil ejemplares de venta.

Pandilla de Mamones

Su último espectáculo lleva por nombre “Pandilla de Mamones”. Llegó a Madrid y levantó el telón el pasado 18 de octubre durante 22 únicas funciones. Días antes a la entrevista, Pedro nos invitó a asistir a su espectáculo en el Teatro Capitol de Madrid. 

En cierta ocasión decía un pensador: “Bienaventurados los que se ríen de sí mismos porque nunca les faltará motivo del que reírse”. Pedro Ruiz lo sigue al pie de la letra. En su espectáculo –mezcla de muchas cosas: ironía, profundidad, reflexión...– arremete contra todo y contra todos. Es un “todólogo” –como el mismo dice– donde no se salva nadie: ni políticos (de uno y otro bando), ni banqueros (los amos del universo), ni la religión, ni la familia real, ni la publicidad, ni la telebasura, ni el dinero... Por allí desfilan Zapatero, Franco, Ratzinger, Fidel Castro, Fraga, Julio Iglesias o Joaquín Sabina, entre otros muchos.

Pero que nadie se sienta ofendido. Es una mirada desnuda de la realidad en la que “no pretendo cambiar nada. Todos sabemos que no podría. Tan sólo les invito a mirarnos”. El objetivo no es otro que demostrar que no somos nadie y que todos somos iguales: “Cuánta importancia nos damos y qué pequeñitos somos. Me damos mucha pena y me damos mucha risa”.

En el escenario Pedro demuestra su carácter más polifacético: recita, canta, conversa, imita,... e incluso se atreve a ponerle letra al himno nacional. Un caleidoscopio de artes escénicas donde la música, las imágenes, el sonido, el color o el vestuario se fusionan inteligentemente.

Más allá del personaje

A Pedro Ruiz le gusta ser considerado como “niño rebelde y tierno, aventurero e impertinente, que no desea abandonar el sentido de la travesura y la identidad”.

En la actualidad vive volcado en cuerpo y alma al cuidado de su madre que padece hemiplejia, algo que le causa un gran desgaste pero que no le impide durante las dos horas que dura su espectáculo, mantener el tipo de manera infatigable de principio a fin.

En alguna ocasión se le ha calificado como “un famoso desconocido”. Mantiene una línea divisora clara entre lo privado y lo público. Sabe que cuando lo primero se convierte en lo segundo pierde su encanto.

Disfruta a menudo de la compañía del silencio –lugar en   el que uno se encuentra consigo mismo– y huye de las aglomeraciones y el ruido, donde no se siente demasiado cómodo.

Como persona que piensa e intenta adentrarse en los recovecos más recónditos de la condición humana, tiene dudas. Voltaire decía que “la duda no es un estado demasiado cómodo, pero la certeza es un estado estúpido”. Y es que el individuo, que no se queda en la epidermis de los temas, busca respuestas y lo que encuentra son nuevas preguntas. Manifiesta: “No tengo otra seguridad que mis dudas. Y también dudo de ellas”. 

Si hay algo por lo que siempre se ha distinguido Pedro Ruiz es por intentar preservar su independencia, cuestión nada sencilla en un mundo en el que cuando alguien se aparta de la masa es señalado sin piedad. 

De él se ha dicho: “Su talento es único y ejemplar” (Camilo José Cela); “Es un raro ejemplar del hombre libre y lúcido” (Antonio Mingote); “Es inaudito: el triunfo de un perdedor” (Fernando Rey); “Si hubiera nacido en Estados Unidos el mundo estaría a sus pies” (La crítica madrileña); “Somos del mismo club: independientes” (Baltasar Garzón).

Antes de empezar la entrevista le explicamos qué es Executive Excellence y le decimos que va dirigida a directivos. En ese momento nos interrumpe y dice: “Yo soy el más directivo de todos, porque soy directivo absoluto de mí mismo. Los directivos a los que vais dirigidos son directivos que son parte de un todo; yo soy directivo de una pequeña parte que soy todo yo. Nunca he tenido tarjetas. Una vez me hice unas tarjetas que decían: Director General de sí mismo. Indestituible”.

Nos sentamos en el patio de butacas del propio Teatro Capitol poco tiempo antes de que Pedro salga a escena en una de sus últimas funciones.

FRANCISCO ALCAIDE: Vd. es un profundo observador de la realidad en que vivimos. Háganos una breve radiografía de la sociedad actual:

PEDRO RUIZ: Es una sociedad que yo no puedo definir pero donde existen grandes desigualdades y a la que se le está inyectando cada vez más banalidad, consumismo, superficialidad y chabacanería; una sociedad a la que se le está escondiendo la libertad debajo de unos maquillajes de consumo extraordinarios con gente que se muere de hambre y manejada seguramente por unas cuantas fortunas del planeta. Es una sociedad donde cada día hay una tendencia más clara a fabricar rebaños: de la Play Station, del Barça o del Fashion Victim... No quiero ser catastrofista pero creo que caminamos, en el mejor de los casos, hacia Blade Runner.

F. A.: En cierta ocasión decía: “No hay ninguna solución que no pase por el cambio de la condición humana. La gran obra por hacer está en el alma del hombre”. ¿Qué soluciones propone para que eso ocurra?

P. R.: Empezar otra vez la evolución. Benavente decía una cosa a la que me apunto: “No hay más revolución que calor en los corazones y luz en las mentes”. Todo lo que no venga de ahí es codicia, torpeza, carencia, ambición, necesidad innecesaria... La depuración de la condición humana (y bajo mi punto de vista la condición humana no es más que un accidente que desaparecerá de la capa de la Tierra) pasaría por la autoridad de la sabiduría; y la sabiduría no está presente en los liderazgos mundiales. No digo que los líderes mundiales no sean buenos, pero hablo de un conocimiento superior al mero dato; una hondura que hoy ha desaparecido, aunque tampoco nunca ha brillado por su presencia excesiva, pero que cada vez se desvanece más.

F. A.: Respecto a décadas o siglos pasados, ¿el ser humano ha mejorado, empeorado o está igual?

P. R.: Recuerdo un pensamiento de mi madre hace 30 años que decía que cada vez veía la sociedad más sucia. Se refería al alma de las personas. A mí me da la impresión de que ésta es una sociedad que avanza mucho por fuera pero poco por dentro. Es más, creo que interiormente retrocede. Que se presuma del número de jóvenes que se reúnen a un botellón, que se presuma de la ingesta de estupefacientes, que se presuma de la posesión del número de aparatos electrónicos, en lugar de hablar de algo que está desapareciendo, el mérito, es un síntoma extraordinariamente preocupante. Creo que estamos padeciendo desde los medios de comunicación un diluvio de mierda irreciclable.

F. A.: Es curioso como en la condición humana conviven personas tan diferentes: Teresa de Calcuta y Hitler; Ghandi y Stalin; Luther King y Lenin... ¿Cómo se explica?

P. R.: Primero, un factor genético; segundo, el decorado, donde uno nace: África, una casa rica, una casa pobre...; y tercero, hay diferentes niveles de evolución en cada uno de los chimpancés que formamos la comunidad. El miedo nos mueve y nos paraliza. El miedo nos impulsa a buscar un trabajo y nos tapa la boca para decirle “no” al jefe. El miedo al hambre y el miedo a ser despedido. Por eso, se nos inyecta miedo para manejarnos: el miedo al cambio climático, a la gripe aviar, a la falta de petróleo... Desde el miedo se nos domina. Nos hemos escapado tanto de nosotros mismos que nos damos miedo. Creo que estamos al borde de un gran estallido de violencia. Me gustaría equivocarme.

F. A.: ¿Es optimista respecto al futuro?

P. R.: Si no hay una reflexión muy honda de lo que vale y no vale la pena de la vida, esto tiene un cariz, como decía antes, de Blade Runner.

F. A.: Ha dicho: “Cada día nos cuesta más caro vivir peor”. ¿Podemos asegurar que aunque muramos más tarde vivimos menos?

P. R.: Vivimos menos intensamente, y cuando existe intensidad, es una intensidad mentirosa; la intensidad del fin de semana: ir corriendo a todos los lados. La vida pegada a lo natural es mejor. Nos enseñan pocas cosas buenas, pero hay una que nos falta a todos: Sencillez. Sin ella lo que hacemos es pertrecharnos de cosas inútiles que arrastramos y que luego defendemos con violencia. Al lado de un olmo y un lago con poco que comer pero suficiente se está mucho mejor que en Nueva York o en Madrid perdiendo el día por aparcar. Nos hemos comprado un medio de vida absolutamente absurdo. Lo grande está en lo pequeño y lo pequeño está en lo grande.

F. A.: Su poema “La contradicción”, incluido en el libro “Mi noche abierta” (2003), que recogemos más adelante, es un reflejo de la realidad paradójica en que vivimos. ¿La vida es una gran mentira muy bien vendida?

P. R.: Sí. Suelo decir que la vida es una farsa que termina en fraude; por eso yo no he tenido hijos. Con 9 años me ponía en la plaza de mi barrio en Barcelona, veía a los hombres mayores con el pitillo, la boina y el sol en la cara, y empecé a pensar: no me gusta como termina esta película de la vida. Y entonces decidí no tener hijos, a pesar de lo mucho que me gustan. Tampoco pido que nadie siga mi consejo. Además, no quiero parecer un pesimista militante, pero la vida es un regalo envenenado porque termina mal; y con suerte, con muchísima suerte, termina con el afecto de unos hijos y amigos que te acompañan. Tampoco nos han contado para qué. Soy un pesimista vitalista. Hago mil cosas (compongo, pinto, canto...) pero si lo sé no nazco, a pesar de los buenos ratos que he pasado. No encuentro explicación a esta vida.

F. A.: Vd. es un defensor del ser humano como individuo único e irrepetible que no se deja adocenar por la masa. ¿Merece la pena ser uno mismo sabiendo el coste emocional que ello representa?

P. R.: El coste emocional es grandísimo y el precio es la soledad. Bajo mi punto de vista, el que profundiza y es capaz de quedarse al margen de los grupos está condenado a varias cosas: primero, a ser señalado; segundo, a tener muy poca conversación con otros; y tercero, a preguntarse si está haciendo bien. Es como hacer submarinismo. Si bajas a 2 metros de profundidad hay muchas personas buceando; si bajas a 50 metros, por allí hay menos gente. Si encima te atreves a poner eso como una convicción activa en práctica, entonces la situación es más delicada. El que mantiene un discurso singular está condenado a la soledad.

F. A.: En tono irónico decía Groucho Marx: “La felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna...”. Vd. ha escrito: “Estamos en la sociedad de comprar lo que no necesita y de necesitar lo que no se compra”. ¿El dinero es la raíz de la práctica totalidad de los males sociales?

P. R.: Alguien dijo que el mundo empezó a pudrirse cuando dijo: “esto es mío”. También Groucho Marx decía: “El secreto del éxito está en la honestidad. Si logras evitarla... está hecho”. El dinero es la libertad de los cobardes y un arma de destrucción masiva. El dinero está matando la capacidad de riesgo y atrevimiento de casi todos. El hecho de que el dinero sea una espada de Damocles que gravita sobre nuestras nucas lo convierte en un arma de destrucción masiva, porque está aniquilando los impulsos naturales que no se pueden llevar a cabo como consecuencia de la amenaza de la hipoteca, de la deuda o de cualquier otro aspecto. La democracia es la dictadura del dinero.

F. A.: Habitualmente se dice que la gente no es tonta, aunque en ocasiones da la sensación de que es fácilmente maleable. En su experiencia, ¿somos muy listos o muy tontos?

P. R.: No me referiría a la gente, porque “la gente somos todos”. Mi amigo Luis Cobos dice que la gente no existe, porque vas a un restaurante y en una mesa se dice: “La gente es muy mal educada... (pero no son ellos)”; en otra mesa: “Es que la gente chilla mucho... (pero no son ellos)”; en la mesa de al lado: “Es que la gente es muy grosera... (pero no son ellos)”.... con lo cual, al final, la gente no existe. Creo que la evolución ha dado tiempo para poco. Somos un paso muy precoz de la vida unicelular y no se sabe qué. Si nos ceñimos al chimpacé, al antropoide o a lo que queramos, llevamos 6.000 años de escritura y 1,5 millones de años de homo erectus. De esto podemos deducir que el instinto y el primate pueden más que la cultura. Por tanto, el conductismo que se puede hacer de las masas es sencillo, porque el instinto prima más que la razón. Hay unos resortes muy concretos que bien pulsados dan lugar a actos irreflexivos, y los que lo saben, los usan.

F. A.: Vd. ha dicho: “Hay que saber reunirse con uno mismo. A veces me cito conmigo mismo... y no voy”. ¿Por qué nos da tanto miedo la soledad?

P. R.: Porque nos han enseñado a hacerlo todo a la vez, en grupo y con ruido. Esta sociedad le tiene miedo a tres cosas fundamentales: la quietud, la soledad y el silencio. Sólo se puede tener una mediana noción de lo que pasa por dentro en esas condiciones. Estando sólo, quieto y en silencio. Esto nos llevaría a un pensamiento de Ortega y Gasset que dice: “Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa. Por eso, nos pasa lo que nos pasa”. El miedo del hombre a estar sólo le quita, por un lado, una porción de soledad, pero al mismo tiempo también, una porción de identidad.

F. A.: Cuentan que en cierta ocasión se encuentran dos amigos y le dice uno al otro: “¡Qué alegría verte! He oído hablar tan bien de ti que creía que estabas muerto”. ¿Cómo ha gestionado la envidia Pedro Ruiz a lo largo de su carrera?

P. R.: La envidia es el reconocimiento del propio fracaso. El zapatero que está contento haciendo lo que hace con sus zapatos, no le importa que un violinista gane más. ¿Cómo te defiendes de ella? Haciendo más cosas y no fijándote demasiado. La envidia sana no existe, sólo el afán de emulación.

 


Entrevista publicada por Executive Excellence nº46 dic07

 

 

 

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