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Curtis W. Johnson es socio director de Education Evolving, un think tank norteamericano centrado en política educativa y rediseño escolar; además de coautor, junto a Michael Horn y el profesor Clayton Christensen, del conocido libro Disrupting Class, que pone de manifiesto la actual crisis del modelo educativo y propone la innovación disruptiva en las aulas.

FEDERICO FERNÁNDEZ DE SANTOS: Pasaron cientos de años de la edad de bronce a la de hierro, decenas de la del hierro a la del acero...  En pocas décadas, la educación ha dejado de ser algo accesible a la élite para convertirse en una simple commodity. ¿Qué está pasando? ¿Avanza la sociedad mucho más deprisa que la educación?

CURTIS W. JOHNSON: En el último siglo, la industria de la educación era considerada como una industria de acceso. Si eras un educador profesional, tu trabajo consistía en asegurar que proveías de conocimiento, aunque nadie estuviese obligado a recibirlo. Durante casi un siglo, los alumnos que no terminaban, ya fuese porque encontraban un trabajo o por otras razones, no tenían ninguna obligación de ir a la escuela.

En estas dos últimos décadas, las expectativas han cambiado y ahora la educación es una industria de logros. Asumimos cada vez más que el joven que lo desee ha de estar preparado ante el tipo de economía que dominará el siglo y ante el tipo de sociedad que las naciones están intentando forjar. Nunca antes las naciones se habían planteado organizar la educación, es un nuevo reto. Por ello, siento cierta simpatía hacia las quejas de los educadores, quienes dicen que les hemos cambiado los objetivos, haciéndolos más complejos y difíciles de implementar.

Si ponemos esto en el contexto de los cambios macroeconómicos que están ocurriendo en el mundo, como puede ser la transformación que la tecnología está suponiendo en prácticamente todas las industrias y funciones de la sociedad, sólo se puede llegar a una conclusión: cómo preparemos las mentes de los jóvenes, es el punto crítico para la pervivencia de cada sociedad.

Da la impresión de que estamos en un proceso de selección donde las naciones cambian constantemente sus posiciones y, hasta que averiguemos qué camino tomar, viviremos con incertidumbre, pues cada sociedad va adoptando su propia forma de organización.

F.F.S.: Vivimos también una alteración de valores, donde viramos de un entorno de disciplina y esfuerzo a otro mucho más lúdico, multimedia, interactivo... ¿Cómo es posible motivar a una juventud con más alternativas y distracciones que las generaciones precedentes?

C.W.J.: Estamos en un entorno nuevo. En estos momentos está accediendo a la educación la primera generación de nativos digitales. Son los primeros que se encuentran cómodos y ven natural todo este mundo de gadgets tecnológicos que utilizamos para comunicarnos. Tan cómodos como lo estaba yo con un teléfono de baquelita negro.

No es razonable pedirles que vayan al colegio para ver a los profesores trabajar. Esto no va a ser efectivo, ya que todo lo que aprenden reside en la plataforma tecnológica. Podemos discutir sobre si es adecuado que accedan a contenidos para los que no tienen el juicio ni la madurez necesaria, pero, en cualquier caso, es en el medio ambiente donde aprenden. No es concebible un entorno donde, durante seis o siete horas, estén sentados en filas ordenadas de pupitres mientras un adulto cualificado les dice las cosas que deben saber. Con este modelo de industria escolar, la terrible realidad es que perdemos a la mitad de los chicos.

Como decimos en el libro Disrupting class, tenemos que ir a su encuentro y darles una oportunidad para que acepten mayor responsabilidad en su propio aprendizaje, y lo harán. La fundación McCarthy, de Chicago, llevó a cabo un gran estudio sobre el aprendizaje. Sus conclusiones eran claras: prácticamente todos los chicos, dadas las condiciones adecuadas, la guía y los apoyos necesarios, pasan de lo que ellos llaman “pasar el rato” en el mundo online a una fase donde comienzan a experimentar. Es en ese momento cuando la gran mayoría encuentra algo que le apasiona y realiza una inmersión profunda especializándose. ¿No es ese el tipo de viaje que desearíamos que cada joven tomase? Tienen que explorar el universo de posibilidades, buscando algo que les resulte interesante y en lo que intenten, con todas sus fuerzas, convertirse en expertos. Eso les aporta un amor hacia el aprendizaje que nunca podremos transmitirles diciéndoles que han de aprender esto o lo otro.

Estamos abocados a ampliar nuestro concepto de logro. Al menos en Estados Unidos, los logros están limitados, pues todo aquello que puede ser examinado en los colegios es, básicamente, lectura y matemáticas. Pero el mundo es mucho más amplio, y no creo que nadie haya perdido su trabajo por no saber calcular una ecuación compleja. Un trabajo se pierde cuando hay dificultades importantes en la capacidad de resolución, de enfrentarse a imprevistos, de colaboración, de trabajo en equipo... Ésos son los problemas a los que hay que buscar solución en el mundo real. Tenemos que ser capaces de permitir que los jóvenes sigan sus pasiones.

Lo que ha ocurrido es que, al haberse hecho tan sofisticada la plataforma tecnológica -y de forma repentina- los cambios han sido radicales. Hoy en día, hay compañías que crecen un 30-40% cada año ofreciendo nuevos productos y servicios en el mundo digital. Lo mismo ocurre con la educación: se ofrecen productos interactivos, con diferentes estilos de aprendizaje y diferentes velocidades, atractivos y conectados al mundo real… Son muchos los que argumentan que la química no es real si no vas al laboratorio y enciendes el mechero Bunsen. Pues bien, actualmente, se puede enviar ese mechero a casa, con las explicaciones para hacer los experimentos directamente allí.

F.F.S.: Y en este modelo, ¿dónde queda la transmisión de los valores éticos, esos valores tradicionales de las escuelas de entorno cristiano, tan generalizadas en Europa o Estados Unidos, que portaban sólidas bases morales para la vida?

C.W.J.: Uno de los puntos esenciales es la necesidad de repensar el rol del profesor. Su figura como mero depositario de un conocimiento relevante que debe impartir a los alumnos tiene que desaparecer, el profesor tiene que ser alguien que facilite, entrene y aporte la cantidad de sabiduría moral necesaria para que los alumnos sean capaces de ejercer el juicio ético en este vasto universo de información que, ahora, les resulta muy fácil de obtener. El profesor se transforma en una especie de guía y adquiere un rol muy diferente al de ser responsable de obtener y transmitir información.

Parece evidente que necesitaremos una preparación profundamente diferente de los educadores. Quienes enseñan en entorno tecnológico, en las llamadas escuelas online, migraron desde su posición de profesores tradicionales. Ellos también tuvieron que atravesar su periodo de aprendizaje. He tenido la oportunidad de entrevistar a muchos y, prácticamente, la absoluta mayoría se muestra sorprendido porque, tras haber aprendido a utilizar las diferentes formas electrónicas de comunicación, han podido establecer un contacto mucho más íntimo y próximo con sus alumnos, por encima del establecido en un aula tradicional. En estos entornos, los alumnos responden directamente al profesor, por lo que se crea una interacción directa entre ambos que les permite conocerse mucho mejor y conseguir resultados que antes no tenían.

Gracias a esa personalización del aprendizaje perdemos muchos menos alumnos, porque no todos aprenden de la misma manera; no a todos les interesa lo mismo y, desde luego, no van a pasarse la vida haciendo las mismas cosas.

F.F.S.: Estamos pasando de una sociedad consumista, que ha tenido los mayores niveles de vida de la historia, a un mundo más complejo y declinante. ¿Qué riesgos entraña este futuro para el modelo educacional?

C.W.J.: El peligro radica en que, si no reaccionamos a la crisis, terminaremos en una pendiente deslizante hacia la estandarización. Si ignoramos las grandes diferencias entre los estudiantes y seguimos abrazando las mismas prácticas, antes de que nos demos cuenta todos estarán haciendo lo mismo de la misma manera, y perderemos a la mitad de los jóvenes.

Ahora existe un camino para salir de esta situación, que no había existido antes. Es un camino que nos podemos permitir, más económico que el modelo tradicional. No tenemos que duplicar el esfuerzo en cada sitio. No tenemos que empezar desde cero y reinventar. Tenemos a personas, motivadas por los beneficios, que hacen el mejor sistema online del mundo.

F.F.S.: Sí, pero cuesta imaginar a los jóvenes estudiando en casa delante de un ordenador…

C.W.J.: Puede que no lo estén haciendo todo el día y que no lo hagan en casa. Por ejemplo, en un colegio de San Diego, en California, todo está organizado en torno a una plataforma tecnológica.

La tecnología es la herramienta, pero todos los niños van al colegio cada día, todos trabajan en proyectos y hasta tienen algunas patentes que ellos mismos han desarrollado. Otros han creado grupos de álgebra avanzada…, es decir, la mayoría asume una responsabilidad de aprendizaje basada en un plan que han negociado. No pierden la interacción social, ni están en casa frente al ordenador.

Lo que sí es cierto es que en entornos donde la educación no permite asistir al colegio, en casos de alumnos atrasados o donde, por otras circunstancias, no se pueda asistir a la escuela, las nuevas tecnologías permiten recuperar retrasos, educarse correctamente y solucionar problemas desde la distancia.

Uno de los puntos esenciales de nuestro libro es cómo las innovaciones interrumpen mercados enteros. Lo mismo está ocurriendo aquí, en educación. La interrupción, o alteración, que las plataformas tecnológicas están teniendo sobre la educación ofrece alternativas, y los cambios serán permanentes. No aparecerán modelos estandarizados, sino una variedad masiva.

Recuerdo una escuela de una zona rural donde todos los alumnos, de diferentes edades, están juntos en la misma sala. La primera impresión es que no hay nadie trabajando, pues los chicos están dando vueltas, hay pequeños grupos charlando...; pero, cuando comienzas a pasear entre ellos, descubres que la mayoría trabaja en proyectos, algunos individuales y otros en equipo. Los adultos les dan consejos, información, les guían y apoyan. Lo maravilloso de este colegio es que, a pesar de que la mitad de sus estudiantes habían sido calificados como problemáticos, el 98% consiguió graduarse. Su confianza personal, al hacer algo que les gusta, crece de manera exponencial. Ese entorno les prepara para enfrentarse al mundo real y en él practican la colaboración de forma opuesta a “copiarse” haciendo trampas. Hablamos de individuos competitivos y solitarios a los que se introduce en un entorno donde, si no son capaces de trabajar en equipo, tendrán problemas. Como en el mundo real.

F.F.S.: ¿Cuáles son las principales barreras para que la sociedad apruebe y abrace este nuevo tipo de educación?

C.W.J.: La mayor: la reticencia a un cambio de mentalidad. Necesitamos abrir nuestras mentes a la idea de que los estudiantes pueden tener una mayor responsabilidad en su propia educación y ayudar a sus compañeros para explorar las potencialidades que tienen, ellos mismos y los demás, en entornos digitales del futuro.

En segundo lugar, si conseguimos que las personas responsables del sistema, y que tienen la capacidad de cambiarlo, eliminen toda la burocracia que recae sobre los profesores, habremos dado un gran paso. Dicho de otra forma, ¿no ha llegado el momento de confiar en los profesores?

Los jóvenes no aprenden de las burocracias, no aprenden de una administración central; los únicos que realmente conocen a los alumnos y tienen un contacto diario con ellos son los profesores. Un movimiento silencioso y creciente de profesores empieza a adquirir la responsabilidad de dirigir escuelas. En Estados Unidos, y quizás también sea cierto en Europa, el liderazgo político presiona a los educadores para que sean más responsables de los resultados. Cada vez se presta más atención a las clasificaciones y los rankings. ¿Es razonable? ¿Es justo? ¿Si no se les otorga autoridad, se les puede hacer responsables de los resultados?

Esta concienciación se está extendiendo. Si, como grupo profesional, se les da a los profesores autonomía y autoridad real sobre los colegios para decidir quién da clases, cómo se gastan los fondos, cuál es la estrategia de aprendizaje, cuál es la mecánica diaria, etc., estoy convencido de que los resultados crecerán. No hace falta gastar tanto dinero, sino gastarlo bien.

Si hiciésemos un análisis económico honesto y viésemos cuánto se gasta en cada alumno, nos daríamos cuenta de que gran parte se queda por el camino. En muchos casos, el sistema funciona en beneficio de los adultos, y no de los niños.

F.F.S.: Además de esa pérdida de reconocimidento social y autoridad del profesor, vivimos el fenómeno de la globalización. Encontramos entornos con deseos y capacidades de aprendizaje superiores a los de los países clásicamente considerados como desarrollados, con unos diferenciales que hacen incluso que esos países tradicionalmente líderes tengan un futuro más oscuro. ¿Qué podemos hacer?

C.W.J.: La globalización ha hecho que países que no sean capaces de plantear su estrategia y comprometerse con ella vayan hacia el desastre.

La política, como los mercados de capitales, tiene cada vez menos perspectiva y visión de futuro. Sólo se preocupa de lo que pasó ayer y lo que puede pasar mañana por la mañana. Muchos líderes políticos siguen pensando que la única escuela real es la que ellos experimentaron. Creer que lo que a nosotros nos sirvió, les servirá también a las nuevas generaciones es un error. Es cierto que ese tipo de escolar tradicional sigue funcionando, pero sólo para el 30% de la población. La generación actual, más que ninguna otra en la historia (y en cualquier país o cultura), aprende si quiere hacerlo, si está motivada. De lo contrario, no hará nada.

El mundo es completamente diferente a lo que era. Las excusas para no proveer a los jóvenes de alternativas se acaban desvaneciendo. Lo dramático es que todas las naciones se lavan las manos frente a los jóvenes que se caen del sistema. Quizás porque, en la actualidad, las ofertas de educación en Internet son modulares, haciendo que la educación online sea más económica que los clásicos sistemas de educación.

F.F.S.: ¿Qué podemos hacer para cambiar las estrictas regulaciones de la educación que existen, al menos en Europa, sobre programas, contenidos, exámenes, etc.?

C.W.J.: Se puede argumentar la necesidad de realizar exámenes. De hecho, los alumnos de las escuelas que practican los métodos más innovadores de educación, a la hora de realizar exámenes, obtienen puntuaciones tan buenas o mejores que las clásicas. Eso sí, los profesores no se dedican a enseñar para el examen.

Creo que el error que hemos cometido en demasiados países es dar mucho énfasis al final del año, al gol final del trimestre. Según los profesores “locos”, los exámenes sirven para evaluar los logros de conocimiento, cuando tendrían más sentido como herramienta para juzgar el progreso que se va obteniendo lo largo del año. De esa manera, se sabría dónde se dan las dificultades y dónde se necesita ayuda. Es lo que algunos formadores llaman exámenes de comprobación formativa.

Podemos seguir teniendo exámenes, pero necesitamos una definición mucho más flexible sobre lo que constituye éxito y logro. Debemos ayudar a los jóvenes a que averiguen en qué quieren ser especialistas y que lleguen a ser realmente buenos en lo suyo, sin necesidad de saber mucho de otras cosas. Hoy en día, de manera sutil, estigmatizamos esas elecciones que permitirían que las personas desarrollasen profesiones especializadas con éxito.

F.F.S.: Los expertos coinciden en que, dentro de 50 años, países como la India o China serán las grandes potencias, y Europa dejará de ser dominante. Todos coinciden en que la salida, el futuro, de los países desarrollados radica en la innovación. La creatividad es esencial. ¿Cómo orientar la educación hacia este futuro?

C.W.J.: Si pensamos sobre ello, ésa es justamente la ventaja competitiva de las culturas en el mundo desarrollado. Es decir, pueden estar algo disminuidas y amenazadas por otras que avanzan rápidamente, pero los chinos están contratando gente de Silicon Valley para replicarla allí. ¿Por qué? Porque Silicon Valley sigue siendo un generador de innovación y creatividad, donde se crean cosas que antes no imaginábamos que pudiéramos necesitar. No hay ninguna necesidad para que el mundo desarrollado ceda esa ventaja.

Ahora bien, debemos preguntarnos que si esa ventaja competitiva se sostiene en sólo un 5- 10% de la población, qué pasa con los demás. Hay que recalibrar la sociedad de manera que siempre estemos pensando en “valor agregado”, en la manera en que cada uno puede añadir valor.

No son siempre los científicos quienes crean la innovación. Muchas veces son personas cuyas mentes están entrenadas para pensar sin restricciones, aceptando todo tipo de posibilidades de forma intuitiva. Estoy convencido de que, cuanto mayor sea el número de personas que crezca en entornos que permitan pensar de forma amplia y si, además, la educación que han recibido les estimula, experimentarán y regurgitarán resultados importantes.

Que las personas se pregunten cómo y por qué funcionan las cosas, y, si no funcionan adecuadamente, busquen soluciones, es algo que se puede estimular a través de la educación.

 


Entrevista publicada por Executive Excellence nº75 nov10.

 

 

 

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