Reactivar la curiosidad

Más allá de ser una simple inclinación a hacer preguntas, la curiosidad es el impulso natural que lleva a los humanos a explorar, aprender y resolver lo desconocido. La cara B de esta habilidad es que tiende a perderse con la edad o en contextos laborales que penalizan las preguntas incómodas. Por eso es imperativo reactivarla, pues no solo potencia el aprendizaje, sino que refuerza la adaptabilidad y la capacidad de ver oportunidades donde otros solo ven problemas.
En la era de la IA, el verdadero valor de la curiosidad radica en su poder para mantenernos humanos y creativos. Las máquinas tendrán siempre más información, pero nuestra es la capacidad de seguir preguntando y atreviéndonos a explorar lo desconocido.
La neurociencia define la curiosidad como un estado de motivación que nos impulsa a buscar información nueva o resolver incertidumbres. Cuando sentimos curiosidad, el cerebro activa circuitos similares a los de la recompensa.
La investigación de Francesca Gino, autora de Rebel Talent: Why it Pays to Break the Rules in Work and Life, y de otros académicos la considera el motor de la creatividad. “La curiosidad, en un nivel fundamental, es el deseo de recopilar información que satisfaga algo que queremos descubrir; es decir, tenemos un interés genuino detrás”. Según Gino, “si analizamos los datos y seguimos de cerca el desarrollo infantil, a los cinco o seis años, a veces incluso antes, empezamos a perder esa curiosidad. Parte de ello se debe a que nos volvemos más conscientes de nuestro entorno social y empezamos a cuestionarnos cómo nos juzgarán las personas por las preguntas que hacemos”. Lo mismo sucede cuando conseguimos un nuevo empleo o asumimos roles nuevos en nuestro trabajo. “Somos bastante curiosos; pero perdemos rápidamente la curiosidad. En cuestión de meses, empezamos a observar cómo se hacen las cosas en una organización o en un grupo, y dejamos de hacer preguntas; y no porque no consideremos su valor, sino por las barreras a sortear a la hora de hacerlas”.Empezamos a perder nuestra curiosidad cuando nos volvemos más conscientes de nuestro entorno social y empezamos a cuestionarnos cómo nos juzgarán las personas por las preguntas que hacemos
Los trabajos del profesor de Harvard Clayton Christensen calificaron la curiosidad como una habilidad clave para innovar, identificar problemas ocultos, evitar la obsolescencia personal y empresarial y mantenerse relevante en un mundo que cambia rápido. Tanto en The Innovator’s Dilemma como en The Innovator’s DNA (este último título coescrito con Jeff Dyer y Hal Gregersen), Christensen resaltaba que los innovadores exitosos comparten ciertos comportamientos clave: cuestionan todo, observan con atención, conectan ideas aparentemente no relacionadas, experimentan y construyen redes de aprendizaje. En el corazón de estos comportamientos, sobre todo en el hábito de hacer preguntas constantemente, está la curiosidad.
En palabras de una de sus discípulas, la académica Michelle Weise: “Sus teorías de la innovación disruptiva me han servido para analizar gran cantidad de innovaciones con una mirada constructiva. Incluso aquellas ante las que habría tenido el acto reflejo de desechar, porque simplemente parecen de baja calidad. Clay me enseñó que es en esos momentos en los estás dispuesto a descartar una cosa que no puedes entender, en los que debes detenerte para echar un vistazo más de cerca”. Tal y como Christensen defendía, la curiosidad genuina sobre el porqué de las cosas lleva a encontrar problemas reales a resolver, en lugar de inventar soluciones que nadie necesita. La curiosidad genuina sobre el porqué de las cosas lleva a encontrar problemas reales a resolver, en lugar de inventar soluciones que nadie necesita
En tiempos de IA, la relación entre curiosidad y tecnología es bidireccional. Por un lado, la curiosidad humana ha sido el motor detrás del desarrollo de la IA, impulsando la exploración y la innovación en este campo. Por otro, los investigadores están trabajando en dotar a las máquinas de una forma de "curiosidad artificial" para mejorar su aprendizaje autónomo. Un ejemplo de esto es un algoritmo desarrollado por el MIT que ajusta automáticamente el nivel de curiosidad de un agente de IA, permitiéndole explorar su entorno de manera eficiente sin desviarse de su tarea principal.
Diane Hamilton, autora de Cracking the Curiosity Code y miembro de Thinkers50 Radar Class de 2020, propone aprovechar la IA para hacer de la curiosidad una métrica profesional personal: “La curiosidad no es solo un rasgo de personalidad, sino una habilidad que puede impulsar tu carrera profesional. Establecer objetivos basados en la curiosidad, como hacer nuevas preguntas en las reuniones o buscar nuevas oportunidades de aprendizaje, te ayuda a medir tu crecimiento y a conectar tu curiosidad con resultados profesionales concretos. Es como hacer un seguimiento de cualquier otra habilidad: la dominas con la práctica y puedes ver el impacto con el tiempo. La IA puede ayudarte en este aspecto al rastrear tus contribuciones basadas en la curiosidad. El poder vincular directamente la curiosidad con el avance profesional añade una ventaja única a tus evaluaciones de desempeño”, afirma.
La IA puede ayudar a rastrear tus contribuciones basadas en la curiosidad. El poder vincular directamente la curiosidad con el avance profesional añade una ventaja única a tus evaluaciones de desempeño La investigación de Hamilton también ahonda en los factores que influyen en la curiosidad, como el miedo, las suposiciones, la tecnología y el entorno (FATE, por sus siglas en inglés). “La organización que puede estimular la curiosidad de sus trabajadores, argumenta, puede mejorar el compromiso de los empleados, la inteligencia emocional y otros factores críticos que influyen en la innovación”.
Conseguirlo no es sencillo, pero Francesca Gio insta a los líderes a dar un sencillo primer paso para sistematizar la curiosidad dentro de sus organizaciones, al enfocarse en objetivos de aprendizaje. “Muchas organizaciones tienen planes de desarrollo organizacional vinculados a unos objetivos de rendimiento a seis o nueve meses. Si añadiésemos objetivos de aprendizaje, no solo mantendríamos y cultivaríamos nuestra curiosidad, sino que nos desempeñaríamos a un nivel superior. Creo que es una intervención y una estrategia muy fáciles de adoptar. Como muestra, en Italia la compañía de alta costura Brunello Cucinelli cuenta con presupuestos culturales para ayudar a la gente a ampliar sus intereses. Pueden usarlos para inscribirse en clases, pero también para comprar libros, ir a museos, participar en actividades, etc.”.
En este mismo sentido se expresa Francisco Alcaide Hernández, coach en liderazgo y motivación y autor del bestseller Aprendiendo de los mejores: “Las personas más creativas son personas intelectualmente curiosas. Les interesa casi todo de todo y tienen siempre los ojos y los oídos bien abiertos. Les gusta viajar, leer, pasear, la gastronomía, la historia, el deporte... No se tiene creatividad por inspiración divina. La creatividad no surge de la nada sino que hay que darle inputs –a poder ser, muchos y variados– para que se manifieste. La creatividad es el resultado de la combinación o asociación de ideas que el cerebro produce con la información que tiene. Cuantos ‘más inputs’ suministremos al cerebro –las posibles combinaciones serán mayores– y ‘más variados’ –los resultados serán más originales– tanto mejor será nuestra creatividad”. Durante los momentos de adversidad, los humanos perdemos la paciencia para explorar, pero debemos esforzarnos por seguir haciendo preguntas. Esto nos va a energizar y ayudar en el largo plazo a superar las dificultades y los retos
Los beneficios de la curiosidad no son únicamente positivos en términos de creatividad, sino también de salud. Tal Ben-Shahar, especialista en Psicología Positiva y fundador de Happiness Studies Academy, nos dice que “la curiosidad es una de las cinco condiciones que podemos aplicar para incrementar la probabilidad de ser antifrágiles, de crecer después del trauma. La investigación reciente revela que las personas que son curiosas, que se hacen preguntas, que les gusta aprender, no solamente son más felices, creativas y exitosas, sino que también viven más tiempo. Durante los momentos de adversidad, los humanos perdemos la paciencia para explorar. Sin embargo, debemos esforzarnos por continuar haciendo preguntas, porque esto nos va a energizar y ayudar en el largo plazo a superar las dificultades y los retos. No importa cuáles, siempre y cuando el cerebro esté funcionando y estemos expuestos a nuevo contenido. Cuando hacemos esto, nos volvemos más resilientes, más antifrágiles, además de más sanos y exitosos”.
En un momento donde la obsolescencia no es solo tecnológica sino también de habilidades, la curiosidad se convierte en el mejor antídoto para sobrevivir y evitar quedarnos atrás. Quien sigue preguntando, sigue aprendiendo. Y quien sigue aprendiendo, sigue siendo relevante.
Artículo publicado en marzo de 2025.
Imágenes: © creativeart y gpointstudio en Freepik.
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