Confesor de directivos, por Javier Fernández Aguado

Cuando me preguntan sobre mi trabajo, respondo que parte de mi labor la desarrollo como confesor de directivos. Esbozaré en las siguientes líneas el porqué de esa metáfora.
La criatura humana es necesariamente relacional. Nadie puede vivir en completo aislamiento. No hay yo sin tú. Nadie se despliega con plenitud sin que alguien le exprese con pleno convencimiento: “El mundo sería diferente si tú no existieses”. Aplica a cualquiera, independientemente del nivel profesional o del entorno en el que se encarne. Quienes ascienden en la pirámide hacia posiciones de dirección sienten la necesidad de contar con quienes puedan ayudarles en su toma de decisiones tanto laborales como, en ocasiones, personales. Difícilmente podrán encontrar el soporte que precisan dentro de la propia organización. Entre otros, por motivos de prudencia, pues supondría una ligereza abordar determinadas materias con quienes de ellos dependen.Quienes ascienden en la pirámide hacia posiciones de dirección sienten la necesidad de contar con quienes puedan ayudarles en su toma de decisiones
El perfil anhelado no es andadero, porque debe acumular cicatrices suficientes, además de un bagaje conceptual que permita entender, trascender y abstraer para generar consejos pertinentes. Hay que desconfiar de quien saca del bolsillo una receta y la brinda indiscriminadamente. Esto sirve tanto para la costumbre habitualmente perversa de específicos protocolos médicos como para quienes no son capaces de empatizar cuando ejercen su labor como coach o, me gusta más la expresión, como acompañantes, frontones o asesores.El perfil anhelado no es andadero, porque debe acumular cicatrices suficientes, además de un bagaje conceptual que permita entender, trascender y abstraer para generar consejos pertinentes
Para brindar sendas fiables ante los obstáculos que continuamente se presentan en las trochas que ha de recorrer un directivo o un empresario es ineludible, por explicitarlo con una chanza, lucir canas o calvicie. Como bien enseñó Romano Guardini en su magnífica obra “Las etapas de la vida”, hay experiencias que no pueden ser meramente enunciadas. Quien no se ha curtido en el desamparo, el amor y el desamor, el triunfo y el fracaso, la lealtad incondicional y la traición…, solo por excepción contribuirá con sugerencias valiosas.
Es metódicamente inviable, por documentarlo con expresión musical, tocar de oído. Quien no ha luchado una cuenta de explotación, dificultosamente calará en la tensión que gestionan directivos y empresarios en su día a día.
Cantaba Jorge Cafrune, con expresión que me fascina, “pocos han rodado todo lo que rodé yo”. Repito que únicamente por excepción pueden aportarse procedimientos en ámbitos por los que uno no ha transitado.
A las lañas hay que sumar la preparación conceptual. A raíz de mi último libro, “Management Pontificio” (LID, 2025), propongo con frecuencia de paradigma la penosa reacción de Bartolomé Prignano cuando en 1378, tras el destierro de Aviñón, se convirtió en Urbano VI. Pasó de buen administrativo a lamentable papa. ¡Nunca debió acceder al solio pontificio!El confesor, además de ardides puntuales y visión estratégica, tiene la obligación, siempre que vea la oportunidad, de recordar al CEO o directivo en cuestión que no solo puede ser sustituido, sino que lo será indefectiblemente
Algunos no necesitan subir tanto, el más mínimo escabel les facilita perder el norte y la cabeza. Profesionales aceptables en un puesto subalterno pueden transformarse mediante un desaforado orgullo en penosos responsables, incluso en equipos de escasa categoría.
Me viene a la cabeza un mediocre docente universitario que, nombrado director de departamento por ausencia de otra opción, se sintió un nuevo Genghis Khan. En semanas convirtió aquel entorno en un infierno, más por torpeza que por maldad, de la que tampoco escaseaba.
El confesor, además de ardides puntuales y visión estratégica, tiene la obligación, siempre que vea la oportunidad, de recordar al CEO o directivo en cuestión que no solo es mortalis, sino morituris. Es decir, no solo puede ser sustituido, sino que lo será indefectiblemente. Muchas veces, antes de lo que piensa. Como explico con detalle en “2000 años liderando equipos” (Kolima, 2020), así se lo evocaba Bernardo de Claraval a Eugenio III. Y mucho bien le hizo para que mejorara sus habilidades comportamentales y directivas.
Cuando José Aguilar y yo escribimos hace 15 años “La soledad del directivo” (LID, 2010) acumulábamos mucho trato con altos directivos que se confiaban con nosotros. Tres lustros más confirman nuestra cavilación de entonces. Encontrar a quien escuche y nos susurre admoniciones convenientes es una fortuna. Algo semejante, valga la alusión, al famoso refrán: “Quien en el casar acierta, en nada yerra”. Encontrar al asesor correcto no es cuestión menor.
Javier Fernández Aguado, socio director de MindValue y director de Investigación de EUCIM.
Imágenes recurso: © mindandi y © katemangostar en Freepik.
Artículo publicado en abril de 2025.
Últimos artículos





